La razón de incluir este
pensamiento, es la de hacer un pequeño homenaje a nuestros padres desde el
deseo de honrarlos y agradecerles su esfuerzo para criarnos y educarnos como
mejor han sabido. El quinto mandamiento dice: “Honra a tu padre y a tu madre”,
y añade una promesa de bendición: “para que tus días se prolonguen sobre la
tierra que Jehová tu Dios te da.” Me entristece ver que a las nuevas generaciones,
no solo no se les enseña a honrar a sus padres, ni a los padres de sus padres,
sino que además se les enseña con urgencia, la posibilidad de denunciarlos ante
la justicia, de exigirles tributo y sostenimiento de manera tiránica y de hacer
de la convivencia en la familia, un infierno, si esto le viene bien al capricho
del hijo consentido.
Gracias a Dios que este
comportamiento no es genérico, pero se repite más de lo que quisiéramos
precisamente como consecuencia de una educación permisiva, ausente de valores,
ausente de principios que ahora se consideran antiguos pero que estaban a
poyados en los consejos que el propio Dios nos da desde Su Palabra: “Escucha,
hijo mío, la disciplina de tu padre, y no abandones la instrucción de tu madre;
porque diadema de gracia será a tu cabeza y collares a tu cuello.” ¿Qué clase
de persona puede ser el padre que no desea lo mejor para su hijo? Ese padre es
el que clama: ¡Escucha hijo mío!



