sábado, 16 de agosto de 2014

Las dos partes

¿Cómo es con los que ya, desde su primer día en este mundo, aún bien no han abierto sus ojos, descubren que solo hay más oscuridad, y que, si se crían, y si crecen y viven, descubren que han “caído” en el lado oscuro del planeta? Es como si hubiesen nacido en la luna donde una mitad recibe la luz del sol, casi siempre, y la otra permanece en tinieblas, como olvidada, fría, un punto misteriosa.
Del frío al calor, del viento a la calma, de la sonrisa al llanto, de la paz a la guerra, del amor al odio, de la alegría a la tristeza, del hablar al mutismo, del mirarse al evitarse, del saludo al desencuentro, del “buen rollo” al malo, del ánimo al desánimo, del optimismo al pesimismo, del éxito al fracaso, de la riqueza a la pobreza…
En un pequeño instante todo cambia. ¿Cómo mantener la entereza ante esto? ¿Cómo conservar la calma ante los cambios tan repentinos? Brotan tan abruptamente, no te dan tiempo a reaccionar; cierras un momento los ojos y al abrirlos de nuevo… ¿Y qué ha sido? ¿un segundo? Apenas… y todo ha cambiado. Es como si la vida se hubiera propuesto amargarte la fiesta. Es como si Satanás se hubiera presentado ante Dios para, señalándonos con el dedo, sugiriese que estamos demasiado bien y que por qué no le da permiso para cambiar la situación y en lugar de llevar el viento de popa, nos lo pone de costado o de proa, como sugirió malignamente, hace siglos, cuando la tomó con Job, una persona íntegra y recta.
Prefiero recordar la paz, la sonrisa, el amor, la amabilidad, el momento bueno ¿y quién no? Pero reconozco que el que taladra mi estómago y dificulta mi respiración es el momento doloroso, el triste, el enfermo, el oscuro, el silencioso, el que consigue agitar mi alma que, solo hace un momento, dormitaba plácidamente.
Pero… ¿qué digo? ¿seré egoísta? Estoy hablando desde la perspectiva de alguien que ha comprobado que existen estos cambios, alguien que ha tenido la oportunidad de estar en las dos partes, en la buena y en la mala. Cambiemos de perspectiva, miremos más allá, desentumezcamos nuestra percepción y preguntémonos: ¿Cómo es con los que ya, desde su primer día en este mundo, aún bien no han abierto sus ojos, descubren que solo hay más oscuridad, y que, si se crían, y si crecen y viven, descubren que han “caído” en el lado oscuro del planeta? Es como si hubiesen nacido en la luna donde una mitad recibe la luz del sol, casi siempre, y la otra permanece en tinieblas, como olvidada, fría, un punto misteriosa.
Creo que por más que me esfuerce, no voy a conseguir saber que siente ese niño, que piensa, con qué palabras lo consuela su madre, una madre anestesiada de dolor, de hambre real, de preguntas, de desesperación. Solo la parte oscura, sin luz, sin abrigo, sin cariño, sin protección ante ese mundo en el que han nacido y que parece un sin sentido, un teatro del horror, un calabozo mal sano del que solo se puede salir a través de la muerte. La muerte como liberación.
Esa parte la conocemos aunque no vivamos allí porque nos lo dicen todos los días, aunque nuestros oídos insensibles se nieguen a informarnos: cada día mueren cientos de niños, mujeres, personas que han nacido en el “tercer mundo”; mueren de hambre, de enfermedad, de tristeza porque han nacido en ese lado…
¿Qué pueden decirnos ellos de justicia, de política, de progreso, de industrialización, de bienestar social, de calidad de vida? Nada. Han nacido sin nada de eso, nadie les informa de que existen esas cosas, porque si alguna madre se entera de que en alguna parte, en alguna dirección desde ese pozo negro en el que han nacido, existe algo mejor que lo que ellas conocen, esa madre se lo va a decir a su hijo, para que, si consigue salir adelante, tome su mísera vida y se ponga en camino con la mirada puesta en la luz, en esa otra parte del planeta, en la que parece que hay (dicen), personas que reciben tanto dinero ¡cada día! que no tienen tiempo real de vida para gastárselo; que tienen tanta comida a su alcance para escoger que prefieren comer muy poco, apenas una pequeña muestra de lo que les han cocinado, y el resto, toda la ingente cantidad de comida que les sobra, (dicen), la tiran.
En sus chozas no entra ni una mosca a pesar de que las construyen enormes, no se sabe muy bien por qué, será para gastar tanto dinero como (dicen) tienen. Emplean a gente para que las mantenga limpias y, tal vez por esa limpieza es muy difícil que se enfermen; su agua les llega cristalina, no está contaminada ni sucia, ni escasa…, agua cristalina y abundante, la que quieran, más, mucha más de la que necesitan.
Y también tienen médicos y medicinas de todas clases y remedios que en el lado oscuro ni se adivina que existen porque allí no llegan; a veces envían unos pocos y se los van quedando por el camino, en manos de otras personas que también quieren tener más de lo que necesitan y que, inexplicablemente, no tienen remordimientos en quedarse con lo que no es suyo.
Esa madre le dirá todo eso a su hijo para que, si crece y con suerte llega a adulto, empiece su éxodo empujado por aquellas palabras, por aquellas visiones, por aquella luz que (dicen) hay en la otra parte. Saldrá a buscarla. Otra cosa es que llegue o que le dejen pasar.


jueves, 31 de julio de 2014

BARBARIE

Cada vez me produce más vértigo la diferencia entre el mundo que observamos impertérritos en la tv todos
gritamos ¡BASTA! en un intento desesperado de detener la maquinaria bélica que aplasta sin piedad todo lo que se le pone por delante sin ni siquiera mirar si lo que aplasta es una cucaracha o un niño
los días y el nuestro. Es como si nos hubiesen sentado delante de una pantalla panorámica similar a aquella que sufría el protagonista de “la Naranja Mecánica” en los años 70, para quien no la recuerde o no haya visto la película, es la escena en la que obligaban al protagonista a ver una especie de documental salvaje con escenas violentas…
Franja de Gaza, Ucrania, Nigeria y sus Boko Haram, Libia y otros Países de “menos actualidad”, desfilan ensangrentados, mutilados, arrasados, en paisajes lunares de películas futuristas…, desfilan ante nuestros ojos que, a fuerza de la costumbre, no es necesario obligar a mantener abiertos como al protagonista de “la Naranja”… tristemente nos hemos acostumbrado, endurecido, nuestras conciencias cauterizadas apenas se inmutan ante tanta barbarie.
Hoy amanecen los diarios con la noticia de que EEUU envía más armamento y munición a Israel… ¿es esta la ayuda? ¿es esta la solución? ¿No sería mejor enviar unas sillas, una mesa y unos vasos con agua y organizar las reuniones que fuesen necesarias para terminar con semejante barbarie? ¿Qué falta para que esto se haga ya?
Impotencia es lo que sentimos los que todavía no tenemos la conciencia dormida. Desde nuestra pobre posición desde la que no podemos influir, gritamos ¡BASTA! en un intento desesperado de detener la maquinaria bélica que aplasta sin piedad todo lo que se le pone por delante sin ni siquiera mirar si lo que aplasta es una cucaracha o un niño. Corazas de acero que envuelven el corazón de los que, en algún momento, supongo, tienen una familia a su alrededor, una niña sentada en sus rodillas en una escena familiar y candorosa, una padres ancianos sonrientes admirando a su hijo que ha desempeñado una gran carrera militar y que consigue tener a su familia en un lugar cómodo y acogedor… ¿Cómo es posible que esa misma persona se ponga una venda en sus ojos para descargar todo su letal cargamento contra personas por las que corre la misma sangre que en las venas de sus seres queridos, sangre que él va a desparramar sin la más mínima contemplación? ¿A qué hemos llegado? ¿No somos la civilización del siglo XXI, la civilización de los adelantos medicinales, de la sabiduría humana, de la democracia y la cultura que iba a cambiar el mundo? ¿Qué nos impide ser más sensibles ante la realidad sangrienta que nos rodea? Mientras menos de la mitad de la población mundial disfruta de comida, comodidades, incluso en algunos casos, de excesos, el resto sufre una vida que, a los que nos ha tocado vivir en la “parte buena”, nos resulta imposible de imaginar porque esa vida solo se puede comprender viviéndola.
Cuando Jesús estuvo en la Tierra, quiso estar en la “parte mala”, quiso congraciarse con los que les tocaba la peor parte en aquella época, los enfermos, los pobres, los leprosos, los ladrones y las prostitutas y los que vivían en la “parte buena” le señalaban como a un loco porque se hacía llamar Hijo de Dios y el Cristo (el Mesías) y se asociaba a los parias y a los proscritos. Ante ese desprecio, Jesús respondió con amor y con perdón demostrando que la forma de acabar con la miseria de muchos era ayudándoles. Y así lo hizo: sanó a los que se le acercaron, consoló a los que llegaban desesperados, animó a los que buscaban una salida, murió por todos… Sus palabras no dejaron a nadie indiferente: “ama a tus enemigos”… ¡Ahí está la solución! Si todos consiguiésemos amar a nuestros enemigos, se acabarían las guerras, las envidias, los odios, las rencillas entre vecinos, familias, compañeros de trabajo… ¡Ama al prójimo como a ti mismo! ¡Imposible, mientras no cambie nuestro corazón de piedra en uno de carne, en uno con sensibilidad, en uno con amor!
Solo Cristo puede hacer ese milagro. Es una realidad en muchas personas. Sé que no las suficientes para que pare ese caudal de muerte, pero algún día reinará la paz en el mundo… No cuando el hombre lo domine, sino cuando el Rey de reyes lo gobierne. Está profetizado: porque de cierto os digo que antes que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que todo se haya cumplido.
Amén.


domingo, 27 de julio de 2014

ENVIDIA

El corazón apacible es vida de la carne; más la envidia es carcoma de los huesos
Ayer he escuchado una meditación durante el Culto Dominical, sobre un tema poco corriente: la envidia. Se leyeron algunos textos que nos pusieron en evidencia lo peligroso que puede resultar este sentimiento en nuestra vida, testimonio y en la vida de la iglesia.
La envidia es el segundo pecado registrado en la Biblia después del de la desobediencia: En el capítulo 4 de Génesis asistimos a aquella escena en la que Abel y Caín presentan ofrendas a Dios. “Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.” Caín siente envidia de su hermano y la primera consecuencia se detecta en su cara. Es curioso pensar que, efectivamente, aquellas personas que sienten envidia se delatan por su “decaimiento de semblante”. El pecado tiene consecuencias corrosivas, no solo en nuestro aspecto, sino también en nuestra salud. Proverbios 14:30 dice: “El corazón apacible es vida de la carne; más la envidia es carcoma de los huesos.” Una vez más, utilizando el contraste, vemos el efecto negativo de la envidia en nuestra salud. Carcoma de los huesos, corrosión, corrupción, minado del armazón que sustenta al cuerpo, minado de la “base” humana, minado de su carácter, de su personalidad. La imagen contrasta con el que tiene el “corazón apacible” fruto de su relación confiada con el Señor, moldeado en amor, descansado en Sus promesas; un corazón apacible es “vida de la carne”, salud, vitalidad, energía, gozo de vivir.
La envidia genera obstáculos, oscuridad, desconfianza, mal trato con las personas. Una persona envidiosa no es alguien a apreciar, más bien produce cierto rechazo instintivo, como si ese pecado mostrase a los demás lo repulsivo del veneno que contiene.

El pasaje que inició la meditación fue el que se relata en Números 16 conocido como “la contradicción de Coré”. En esta historia, Moisés y Aarón tienen que hacer frente a una nueva rebelión encabezada por Coré y 250 personas más que quisieron establecer un orden sacerdotal aparte de la autoridad divina. Curiosamente, el motivo de esta rebelión fue la envidia según se revela en el Salmo 106, v.16.
Eclesiastés, el libro de las experiencias por excelencia, no deja este tema de lado: “He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu.” (Ecle.4:4) Desde la antigüedad, la envidia ha extendido sus tentáculos hasta el punto de que un trabajo bien hecho, una obra excelente produce celos, rivalidad, enfrentamiento. Y sin embargo, está ahí, como oculta, como que no fuese un pecado importante, como que no es necesario tenerla muy en cuenta. Pablo en sus carta a la iglesia de Corinto lo tenía muy presente: “Pues me temo que cuando llegue, no os halle tales como quiero, y yo sea hallado de vosotros cual no queréis; que haya entre vosotros contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias, desórdenes;” (2 Co.12:20). ¡Que lista más amarga! Pero es la lista que debemos tener en cuenta para que todas estas emociones nocivas estén alejadas de la vida de crecimiento espiritual de la Iglesia. En la comunidad de Cristo no puede haber un tipo de vida similar a la del mundo. Una iglesia que tenga esta lista de pecados en propiedad no es una iglesia cristiana. Y la envidia provoca el deseo en el hombre de querer lo que el otro tiene y lo que hace es preparar el terreno para lo que viene después: iras, enojos… Si la iglesia tiene que funcionar como un cuerpo bien coordenado y conjuntado, la mano no puede tener envidia del pie y así con cualquier otro miembro que queramos poner de ejemplo. Yo no puedo tener envidia del don de mi hermano porque el Señor lo ha puesto ahí para mi crecimiento espiritual. Si encuentro cosas o actitudes o sabiduría en mi hermano que me agradan, primero debería dar gracias al Señor que es quien pone en la iglesia a esos hermanos para nuestro crecimiento y después, iniciar yo el camino de esa sabiduría, ese conocimiento o esa actitud que va a favorecer mi crecimiento, el de la iglesia y como resultado y objetivo final siempre, el de darle la gloria a Dios.

La envidia también está presente en el simulacro de juicio que se hizo contra Jesucristo. Mateo y Marcos resaltan que Pilato “sabía que por envidia le habían entregado”. El versículo 1 del capítulo 27 menciona a los envidiosos: Todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo. Pilato conocía su posición delante del pueblo, conocía sus privilegios y posiblemente también se hiciese una idea del carácter dominador y egoísta que los caracterizaba, ese mismo carácter que Jesús había denunciado en muchas ocasiones: “hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas” (Mateo 23:5-6).

Esto nos demuestra hasta dónde llega lo pernicioso de este sentimiento. Esto nos ayuda también a posicionarnos, como cristianos, para evitar que este mal campe a sus anchas en nuestras iglesias porque “el amor no tiene envidia” (1 Co.13:4). Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. La envidia es maligna, Satanás la utiliza con su típica sutileza. No permitamos su efecto corrosivo y pernicioso en nuestras iglesias. Oremos por ayuda para luchar contra ella y sigamos las pisadas del Maestro con mansedumbre y humildad, aprendiendo de Él, siguiéndole, obedeciéndole.

martes, 8 de julio de 2014

Preguntas sin respuesta

Ayer estuve viendo la película “El último tren a Auschwitz” y, como siempre que veo algo
el mayor depredador del hombre es el hombre mismo
relacionado con las grandes masacres que ha habido en la historia del mundo, quedé conmocionado. Como se puede comprender, el argumento de esta película está relacionado con los trenes de mercancías que llevaron a miles de judíos a los campos de concentración nazis con el objetivo de diezmarlos y hacer desaparecer esa raza del planeta…
Lo que me sorprende es la asombrosa facilidad con la que el hombre se convierte en un depredador contra sí mismo sin reparar en detalles… Se transforma en una bestia ausente de compasión, humanidad, sensibilidad…
Mi pobre e insignificante mente se rebela y, partiendo de esas imágenes, empieza a volar hacia otras dimensiones lejanas, hacia esas preguntas sin respuesta… Es verdad que Dios nos ha dado algunas respuestas: las consecuencias del pecado, los resultados de la corrupción pecaminosa del alma humana, pero…
No puedo entrar en lo que Dios no nos ha querido revelar, “las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios” (Deut.29:29), pero es verdad que, dentro de nuestra mente finita podemos llegar a idear preguntas de las que tengo miedo por si pueden entrar en el terreno de la blasfemia…
Pero veamos que nos revela el Señor sobre esto y no nos dejemos llevar por las especulaciones que nos van a llevar a las dudas y a campos en los que no tenemos capacidad para discernir.
¿Dónde se origina todo lo relacionado con el mal? Nosotros solo tenemos noticia de lo que nos dicen algunos pasajes que nos ponen en la pista, por ejemplo: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio.” (1 Jn.3:8). En el Apocalipsis 12:9 encontramos otro “título” que se le da al diablo: “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero”.
¿Por qué llegó el diablo a esta situación? ¿Lo creó Dios así? Es en el libro de Ezequiel donde encontramos respuestas a estas difíciles preguntas: "Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura... toda piedra preciosa era tu vestidura... los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación... Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad" (Ezequiel 28:12-15). Como nos podíamos imaginar, es un ángel creado por Dios, perfecto, sabio, hermoso… "hasta que se halló en ti maldad". ¿Cómo surge esta maldad? Esta es una de las preguntas difíciles. Veamos que más encontramos: “A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector.” (Eze.28:16). Un querubín protector, un ángel con una responsabilidad específica, posiblemente con mucha autoridad. Pero surge “algo” que provoca en él un cambio, iniquidad, pecado… Delante de Dios no puede habitar el pecado porque él es Santo y aquel ángel fue expulsado. ¿Qué fue ese “algo”? “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor” (Eze.28:17) ¿Qué pasaría para que sucediera esto? No lo sabemos. La Biblia nos cuenta los cambios que experimentó aquel hermoso querubín, pero no nos es revelado el origen profundo de aquella maldad en un ser creado por Dios. Aquí tenemos que irnos a otro pasaje que habla sobre esto, concretamente en Isaías 14: “Descendió al Seol tu soberbia, y el sonido de tus arpas; gusanos serán tu cama, y gusanos te cubrirán.  ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones.” Esto nos lleva a la declaración de Jesús al respecto: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.” (Mt.11:18) Jesús-Dios parece como que recordase la escena con tristeza… ¿Qué pasaría en aquel momento de la historia? Será una de las respuestas que buscaremos anhelantemente cuando estemos con Él.
Según nos sigue contando Isaías, pasaron muchas cosas por la mente de Satanás: “Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.” Este “seré semejante al Altísimo” es la prueba definitiva de la inmensidad del pecado, una declaración que nos recuerda la tentación en el Edén (“seréis como Dios”) y que parece ser siempre la máxima aspiración de Satanás, aunque Él sabe que es una aspiración inalcanzable.

domingo, 29 de junio de 2014

Fe o miedo

Si Dios está conmigo a donde quiera que yo vaya ¿Cómo podría tener miedo?
Ya he escrito alguna vez sobre el cáncer del miedo que nos quiere dominar, pero a medida que sigo avanzando en edad y por tanto en experiencia, a medida que avanzo de la mano de Dios, aprendo cada día algo nuevo y esta vez he aprendido que el tener miedo es opuesto a llamarse cristiano ¿Por qué? Porque los cristianos vivimos por fe, creemos en nuestro Salvador por fe, le seguimos por fe y esperamos una salvación y una vida eterna por fe ¿Por fe en qué? En la palabra y las promesas de Dios. Y si Dios nos está prometiendo que pase lo que pase todo va a ir bien porque Dios tiene el control de nuestras vidas, el miedo está diciéndonos o queriéndonos convencer exactamente de lo contrario: “tengo miedo porque las cosas no van a ir bien”.
Por lo que llego a la conclusión de que el miedo también es una tentación de Satanás y para el cristiano una prueba de su fe en la fidelidad de Dios.
Yo creo que una de las frases que más se repite en la Biblia es la promesa de Dios de que “no te dejaré ni te desampararé” y la diferencia entre Dios y nosotros es que lo que él promete lo cumple siempre; el problema es que nosotros no parece que le queramos creer y ahí es cuando nos ataca el miedo, el temor a lo que va a pasar ante algo a lo que nos vamos a enfrentar solos… porque así lo hemos querido. ¿Cómo es que así lo hemos querido? Desde el momento en que hacemos frente a cualquier problema como cristianos sin contar con las promesas y la ayuda de Dios, es que, evidentemente, no le estamos creyendo y, además, estamos pecando de incredulidad porque Dios quiere que tengamos fe en Él y sin fe es imposible agradar a Dios (He.11:6).
Precisamente esa es una de las grandes diferencias entre los que verdaderamente han creído en Jesucristo y en su salvación y los que no. En esta vida todos tenemos problemas, dificultades, enfermedades, en fin, un sinfín de contratiempos fruto del distanciamiento y la enemistad entre el hombre y Dios. El hombre natural se enfrenta a todo eso solo, con sus principios, su capacidad, sus conocimientos y todos aquellos recursos humanos de los que pueda echar mano. El hombre espiritual, el verdadero cristiano, se enfrenta a los mismos problemas… pero no solo porque Dios nos ha prometido “no te dejaré”, o en palabras de Jesús cuando estuvo en la tierra: “no os dejaré solos” y su presencia más cercana y tangible se personó en la persona del Espíritu Santo morando en nuestro interior (2 Ti.1:14).
Como consecuencia de esto, hay algunos textos muy interesantes que nos recuerdan que el miedo no tiene justificación en nosotros y, tal vez el más claro, sea 2 Timoteo 1:7.- “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” Si el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu que nos incite al temor entonces en nuestra vida no debería haber temor… debería haber fe, fe en la seguridad y en la certeza de que las promesas de Dios se van a cumplir en nosotros y la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida nos va a proveer la ayuda y los recursos necesarios para hacer de nuestra vida un servicio prioritario a las cosas de Dios ¡sin temor!, sabiendo que esos recursos son divinos, producen hechos extraordinarios en el Nombre de Jesús a través y en nuestra vida y nos animan a vencer el miedo  y, por supuesto, a no avergonzarnos (como dice el texto siguiente), de dar testimonio de nuestro Señor, ya que el miedo es el obstáculo mayor para testificar a los demás de lo que ha hecho Cristo en nuestras vidas.
El apóstol Pablo insiste mucho en este asunto: “Si Dios está conmigo ¿quién contra mí?”, o, en otras palabras, “Si Dios está conmigo a donde quiera que yo vaya ¿Cómo podría tener miedo?” Es la respuesta lógica de aquellos que han comprendido que Dios no miente, no falla porque cada día se renueva su fidelidad y que, por tanto, podemos tener la plena certeza de que lo que Dios ha prometido que va a cumplir ¡ya está hecho!
Entiendo que es una lucha innata porque parece como que el miedo formase parte de nuestra naturaleza, como una emoción primaria igual que puede ser otra emoción cualquiera: tristeza, alegría, pena, angustia… Pero hay emociones que vienen lógicamente como consecuencia de las circunstancias que nos rodean como, por ejemplo, he mencionado en primer lugar la tristeza. Se nos va un ser al que queríamos mucho ¿Cómo reaccionamos? Con tristeza… hasta que nos hacemos a la idea y nos acostumbramos a su ausencia.
¿Alegría? Pues lo contario ¿no? Esa persona que estaba tan lejos que hacía tantos años que no veíamos y que, de repente, te dice que viene unos días a verte… ¡qué alegría! O la noticia de que nuestra hija, nuestro hijo va a ser madre-padre… ¡Qué alegría! Y así sucesivamente con todas nuestras emociones… pero ¿el miedo? El miedo en un hijo de Dios no tiene cabida porque es una equivocación pensar que Dios nos va a fallar, porque, en el caso de que pensemos eso, le estaremos haciendo a él mentiroso y “Dios no es hombre para que mienta”, ni para que actúe como si se tratase de un débil ancianito: “No permitirá que resbale tu pie, ni se adormecerá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni se dormirá…” (Sl.121:3-4).

Voy a terminar este comentario con otro hermoso pasaje: “Porque él mismo ha dicho: Nunca te abandonaré ni jamás te desampararé. De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi socorro y no temeré. ¿Qué me podrá hacer el hombre? (He.13:5-6). Las dos citas que da aquí la Carta a los Hebreos están sacadas del Antiguo Testamento y como promesas de Dios, se han venido repitiendo a lo largo de la historia de la humanidad, como Palabra de Dios, invariable, fiel. Estas palabras han ayudado a miles de cristianos a lo largo de los siglos y de las diferente edades y llegan incólumes, intachables, vivas, hasta nosotros. Son la fuerza, la roca en la que nos podemos sustentar, firmemente, más que firmemente, diría yo, porque Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos y al ser sin variación sus promesas también son invariables. Nuestra confianza y nuestro contentamiento se basan en las promesas de Dios. Si Dios nos ha librado del temor a la muerte ¿cómo entonces es que podemos temer a cosas menores? Los hombres pueden quitarnos nuestras posesiones materiales; pueden quitarnos incluso el cuerpo material que habitamos pero no nos pueden tocar la vida y la riqueza eterna que tenemos en Jesucristo, nuestro bendito Salvador. Amén.