jueves, 4 de septiembre de 2014

Los ojos del Señor

Hay una continua referencia en la Biblia a los ojos de Dios. Dios es espíritu y por eso
Los ojos de Jehová están sobre los justos
sabemos que cuando habla de los “ojos de Dios” lo está haciendo en lenguaje antropomórfico, una forma de lenguaje para hablar de Dios en términos humanos y así podamos entender.
Lo que la Biblia nos menciona referente a los “ojos de Dios” son auténticas revelaciones sobre la actividad diaria de Dios que nos sorprenden y, si creemos en Él, nos dan pie al agradecimiento y también, al temor reverente. Veamos por qué:
El libro de Proverbios afirma en, al menos, dos versículos que Dios lo ve todo porque lo observa todo: “Porque los caminos del hombre están ante los ojos de Jehová, y él considera todas sus veredas.” (Proverbios 5:21) y “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos.” (Proverbios 15:3) Una cosa queda clara en estas revelaciones: Dios nos observa, a todos, sin distinción; posiblemente el 90% del tiempo no somos conscientes de ello ni los mismos cristianos y, posiblemente, más del 90% de los habitantes del planeta nunca han pensado esto. Pero hay dos detalles interesantes añadidos respecto a este “trabajo” de Dios: el primer versículo dice que nos observa y considera “todas nuestras veredas”, o sea, por donde andamos, a donde vamos, que hacemos…, lo que en términos de nuestro Señor quiere decir que delante de sus ojos están “nuestros caminos” que incluyen obras, pensamientos, pecados, actitudes, obras… Por eso la Biblia también habla de caminos, camino de bien y camino de mal, camino de bien y camino de pecado, camino de salvación y camino de perdición. Eso abarca una visión mucho más amplia de lo que como humanos podemos imaginar.
Porque Proverbios 15:3 nos enseña dos cosas importantes sobre los atributos de Dios: Su omnisciencia y su omnipresencia: conocimiento absoluto de todo y presencia en todas partes: “en todo lugar”. Aunque no lo podamos entender desde nuestra mente finita, porque si lo entendiésemos seriamos como Dios, Dios no es ciego a la maldad que ocurre, e igualmente tampoco lo es a lo bueno que está ocurriendo. Ante esto, enseguida surge la pregunta: Si es verdad que está viendo todo lo terrible que ocurre en el mundo ¿cómo es que lo permite? Según sabemos por la Escritura, Dios permite lo que permite según Su Soberanía y Sus Propósitos. A veces llegamos a ver o entender porque han sucedido las cosas; muchas otras veces no. “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios” (Deut.29:29) ¿Un ejemplo? Los que se burlaban de Jesucristo cuando estaba clavado en la cruz decían despectivamente: “Si es Hijo de Dios como dice, que se baje de la cruz”. Hoy sabemos que si Jesús hubiese bajado de la cruz, porque podía hacerlo, nosotros seguiríamos en nuestros pecados y la puerta de acceso a la salvación estaría cerrada. Jesús tenía que morir en la cruz para pagar por nuestros pecados. Era el único que podía hacerlo. Pero si siguiese el criterio y el “entendimiento” del hombre, habría roto esa puerta.

Ante esta revelación, y realidad, de que Dios nos observa, la Palabra de Dios nos aconseja al respecto: “Haz lo recto y bueno ante los ojos de Jehová, para que te vaya bien” (Deuteronomio 6:18). Es lo que procede. Si Él nos está observando, condenará lo malo porque Dios es bueno por naturaleza y no puede convivir con el pecado. Pero además está la promesa: “para que te vaya bien”. La obediencia a las demandas del pacto era la condición necesaria para el éxito de Israel en la tierra prometida. El versículo lo hemos sacado de las exhortaciones que estaban siendo dirigidas al pueblo de Dios, por tanto llegan a nosotros de la misma manera como pueblo de Dios escogido en este tiempo que nos ha tocado vivir. La obediencia traería dos grandes bendiciones a Israel: ellos tomarían posesión de la tierra y tendrían la victoria sobre sus enemigos. ¿Qué tenían que hacer para ello? Obedecer y vivir conforme a los mandamientos de Dios: “Haz lo bueno y lo recto… porque yo te estoy observando.” El saber que Dios nos está observando en cada momento de nuestra vida nos impulsa a hacer lo bueno.
Como creyentes, seguidores de Cristo e imitadores de Él, debemos vivir siguiendo su ejemplo y, por tanto, haciendo el bien. Porque, además “Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal.” (1 Pedro 3:12) Dios tiene una preferencia: sus hijos, los salvos por medio de la fe en Jesucristo, aquellos que han decidido aceptar a Jesús como su Señor y Salvador personal. Dios presta especial atención a Sus siervos. Esa expresión: “los ojos del Señor están sobre los justos” es más que estar en estado de observación: Dios está velando por los Suyos, presta especial atención igual que lo contrario para aquellos que hacen el mal. El apóstol Pedro está transcribiendo lo que muy bien explica el Salmo 34: “¿Quién es el hombre que desea vida, que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela. Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos. La ira de Jehová contra los que hacen mal, para cortar de la tierra la memoria de ellos.” (Sl.34:12-16).
Pero las promesas y la fidelidad divinas dan un paso más a favor de los que le aman: “Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él.” (2 Crónicas 16:9). Es como si nos estuviese indicando que los ojos del Señor buscan a personas a las que bendecir ¡¿no es grande?! Esa es la expresión del amor de Dios, buscando a sus criaturas para que se vuelvan a Él, para restaurar la relación perdida, para bendecirlos y cuidarlos con Su Poder. La Biblia está llena de ejemplos prácticos de esta realidad al igual que la Iglesia de Cristo está llena de hermanos que pueden dar testimonio, hoy en día, de esta vivencia real de Dios a favor de sus redimidos: “Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová” (Génesis 6:8) ¿Te imaginas? Yo lo pienso cuando subo en un avión y a través de la ventanilla puedo ver la ciudad como si estuviese observándola desde la cámara de Google, con sus calles como rayitas minúsculas, y las personas invisibles a esa distancia… pero ahí está el Señor en su grandeza observando a las personas, y te ve, y hallas gracia ante sus ojos… ¡Qué gran desafío y que gran promesa! Hallar gracia ante Dios todopoderoso… “por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8)

Que así sea con cada uno. ¡Amén!

sábado, 16 de agosto de 2014

Las dos partes

¿Cómo es con los que ya, desde su primer día en este mundo, aún bien no han abierto sus ojos, descubren que solo hay más oscuridad, y que, si se crían, y si crecen y viven, descubren que han “caído” en el lado oscuro del planeta? Es como si hubiesen nacido en la luna donde una mitad recibe la luz del sol, casi siempre, y la otra permanece en tinieblas, como olvidada, fría, un punto misteriosa.
Del frío al calor, del viento a la calma, de la sonrisa al llanto, de la paz a la guerra, del amor al odio, de la alegría a la tristeza, del hablar al mutismo, del mirarse al evitarse, del saludo al desencuentro, del “buen rollo” al malo, del ánimo al desánimo, del optimismo al pesimismo, del éxito al fracaso, de la riqueza a la pobreza…
En un pequeño instante todo cambia. ¿Cómo mantener la entereza ante esto? ¿Cómo conservar la calma ante los cambios tan repentinos? Brotan tan abruptamente, no te dan tiempo a reaccionar; cierras un momento los ojos y al abrirlos de nuevo… ¿Y qué ha sido? ¿un segundo? Apenas… y todo ha cambiado. Es como si la vida se hubiera propuesto amargarte la fiesta. Es como si Satanás se hubiera presentado ante Dios para, señalándonos con el dedo, sugiriese que estamos demasiado bien y que por qué no le da permiso para cambiar la situación y en lugar de llevar el viento de popa, nos lo pone de costado o de proa, como sugirió malignamente, hace siglos, cuando la tomó con Job, una persona íntegra y recta.
Prefiero recordar la paz, la sonrisa, el amor, la amabilidad, el momento bueno ¿y quién no? Pero reconozco que el que taladra mi estómago y dificulta mi respiración es el momento doloroso, el triste, el enfermo, el oscuro, el silencioso, el que consigue agitar mi alma que, solo hace un momento, dormitaba plácidamente.
Pero… ¿qué digo? ¿seré egoísta? Estoy hablando desde la perspectiva de alguien que ha comprobado que existen estos cambios, alguien que ha tenido la oportunidad de estar en las dos partes, en la buena y en la mala. Cambiemos de perspectiva, miremos más allá, desentumezcamos nuestra percepción y preguntémonos: ¿Cómo es con los que ya, desde su primer día en este mundo, aún bien no han abierto sus ojos, descubren que solo hay más oscuridad, y que, si se crían, y si crecen y viven, descubren que han “caído” en el lado oscuro del planeta? Es como si hubiesen nacido en la luna donde una mitad recibe la luz del sol, casi siempre, y la otra permanece en tinieblas, como olvidada, fría, un punto misteriosa.
Creo que por más que me esfuerce, no voy a conseguir saber que siente ese niño, que piensa, con qué palabras lo consuela su madre, una madre anestesiada de dolor, de hambre real, de preguntas, de desesperación. Solo la parte oscura, sin luz, sin abrigo, sin cariño, sin protección ante ese mundo en el que han nacido y que parece un sin sentido, un teatro del horror, un calabozo mal sano del que solo se puede salir a través de la muerte. La muerte como liberación.
Esa parte la conocemos aunque no vivamos allí porque nos lo dicen todos los días, aunque nuestros oídos insensibles se nieguen a informarnos: cada día mueren cientos de niños, mujeres, personas que han nacido en el “tercer mundo”; mueren de hambre, de enfermedad, de tristeza porque han nacido en ese lado…
¿Qué pueden decirnos ellos de justicia, de política, de progreso, de industrialización, de bienestar social, de calidad de vida? Nada. Han nacido sin nada de eso, nadie les informa de que existen esas cosas, porque si alguna madre se entera de que en alguna parte, en alguna dirección desde ese pozo negro en el que han nacido, existe algo mejor que lo que ellas conocen, esa madre se lo va a decir a su hijo, para que, si consigue salir adelante, tome su mísera vida y se ponga en camino con la mirada puesta en la luz, en esa otra parte del planeta, en la que parece que hay (dicen), personas que reciben tanto dinero ¡cada día! que no tienen tiempo real de vida para gastárselo; que tienen tanta comida a su alcance para escoger que prefieren comer muy poco, apenas una pequeña muestra de lo que les han cocinado, y el resto, toda la ingente cantidad de comida que les sobra, (dicen), la tiran.
En sus chozas no entra ni una mosca a pesar de que las construyen enormes, no se sabe muy bien por qué, será para gastar tanto dinero como (dicen) tienen. Emplean a gente para que las mantenga limpias y, tal vez por esa limpieza es muy difícil que se enfermen; su agua les llega cristalina, no está contaminada ni sucia, ni escasa…, agua cristalina y abundante, la que quieran, más, mucha más de la que necesitan.
Y también tienen médicos y medicinas de todas clases y remedios que en el lado oscuro ni se adivina que existen porque allí no llegan; a veces envían unos pocos y se los van quedando por el camino, en manos de otras personas que también quieren tener más de lo que necesitan y que, inexplicablemente, no tienen remordimientos en quedarse con lo que no es suyo.
Esa madre le dirá todo eso a su hijo para que, si crece y con suerte llega a adulto, empiece su éxodo empujado por aquellas palabras, por aquellas visiones, por aquella luz que (dicen) hay en la otra parte. Saldrá a buscarla. Otra cosa es que llegue o que le dejen pasar.


jueves, 31 de julio de 2014

BARBARIE

Cada vez me produce más vértigo la diferencia entre el mundo que observamos impertérritos en la tv todos
gritamos ¡BASTA! en un intento desesperado de detener la maquinaria bélica que aplasta sin piedad todo lo que se le pone por delante sin ni siquiera mirar si lo que aplasta es una cucaracha o un niño
los días y el nuestro. Es como si nos hubiesen sentado delante de una pantalla panorámica similar a aquella que sufría el protagonista de “la Naranja Mecánica” en los años 70, para quien no la recuerde o no haya visto la película, es la escena en la que obligaban al protagonista a ver una especie de documental salvaje con escenas violentas…
Franja de Gaza, Ucrania, Nigeria y sus Boko Haram, Libia y otros Países de “menos actualidad”, desfilan ensangrentados, mutilados, arrasados, en paisajes lunares de películas futuristas…, desfilan ante nuestros ojos que, a fuerza de la costumbre, no es necesario obligar a mantener abiertos como al protagonista de “la Naranja”… tristemente nos hemos acostumbrado, endurecido, nuestras conciencias cauterizadas apenas se inmutan ante tanta barbarie.
Hoy amanecen los diarios con la noticia de que EEUU envía más armamento y munición a Israel… ¿es esta la ayuda? ¿es esta la solución? ¿No sería mejor enviar unas sillas, una mesa y unos vasos con agua y organizar las reuniones que fuesen necesarias para terminar con semejante barbarie? ¿Qué falta para que esto se haga ya?
Impotencia es lo que sentimos los que todavía no tenemos la conciencia dormida. Desde nuestra pobre posición desde la que no podemos influir, gritamos ¡BASTA! en un intento desesperado de detener la maquinaria bélica que aplasta sin piedad todo lo que se le pone por delante sin ni siquiera mirar si lo que aplasta es una cucaracha o un niño. Corazas de acero que envuelven el corazón de los que, en algún momento, supongo, tienen una familia a su alrededor, una niña sentada en sus rodillas en una escena familiar y candorosa, una padres ancianos sonrientes admirando a su hijo que ha desempeñado una gran carrera militar y que consigue tener a su familia en un lugar cómodo y acogedor… ¿Cómo es posible que esa misma persona se ponga una venda en sus ojos para descargar todo su letal cargamento contra personas por las que corre la misma sangre que en las venas de sus seres queridos, sangre que él va a desparramar sin la más mínima contemplación? ¿A qué hemos llegado? ¿No somos la civilización del siglo XXI, la civilización de los adelantos medicinales, de la sabiduría humana, de la democracia y la cultura que iba a cambiar el mundo? ¿Qué nos impide ser más sensibles ante la realidad sangrienta que nos rodea? Mientras menos de la mitad de la población mundial disfruta de comida, comodidades, incluso en algunos casos, de excesos, el resto sufre una vida que, a los que nos ha tocado vivir en la “parte buena”, nos resulta imposible de imaginar porque esa vida solo se puede comprender viviéndola.
Cuando Jesús estuvo en la Tierra, quiso estar en la “parte mala”, quiso congraciarse con los que les tocaba la peor parte en aquella época, los enfermos, los pobres, los leprosos, los ladrones y las prostitutas y los que vivían en la “parte buena” le señalaban como a un loco porque se hacía llamar Hijo de Dios y el Cristo (el Mesías) y se asociaba a los parias y a los proscritos. Ante ese desprecio, Jesús respondió con amor y con perdón demostrando que la forma de acabar con la miseria de muchos era ayudándoles. Y así lo hizo: sanó a los que se le acercaron, consoló a los que llegaban desesperados, animó a los que buscaban una salida, murió por todos… Sus palabras no dejaron a nadie indiferente: “ama a tus enemigos”… ¡Ahí está la solución! Si todos consiguiésemos amar a nuestros enemigos, se acabarían las guerras, las envidias, los odios, las rencillas entre vecinos, familias, compañeros de trabajo… ¡Ama al prójimo como a ti mismo! ¡Imposible, mientras no cambie nuestro corazón de piedra en uno de carne, en uno con sensibilidad, en uno con amor!
Solo Cristo puede hacer ese milagro. Es una realidad en muchas personas. Sé que no las suficientes para que pare ese caudal de muerte, pero algún día reinará la paz en el mundo… No cuando el hombre lo domine, sino cuando el Rey de reyes lo gobierne. Está profetizado: porque de cierto os digo que antes que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que todo se haya cumplido.
Amén.


domingo, 27 de julio de 2014

ENVIDIA

El corazón apacible es vida de la carne; más la envidia es carcoma de los huesos
Ayer he escuchado una meditación durante el Culto Dominical, sobre un tema poco corriente: la envidia. Se leyeron algunos textos que nos pusieron en evidencia lo peligroso que puede resultar este sentimiento en nuestra vida, testimonio y en la vida de la iglesia.
La envidia es el segundo pecado registrado en la Biblia después del de la desobediencia: En el capítulo 4 de Génesis asistimos a aquella escena en la que Abel y Caín presentan ofrendas a Dios. “Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.” Caín siente envidia de su hermano y la primera consecuencia se detecta en su cara. Es curioso pensar que, efectivamente, aquellas personas que sienten envidia se delatan por su “decaimiento de semblante”. El pecado tiene consecuencias corrosivas, no solo en nuestro aspecto, sino también en nuestra salud. Proverbios 14:30 dice: “El corazón apacible es vida de la carne; más la envidia es carcoma de los huesos.” Una vez más, utilizando el contraste, vemos el efecto negativo de la envidia en nuestra salud. Carcoma de los huesos, corrosión, corrupción, minado del armazón que sustenta al cuerpo, minado de la “base” humana, minado de su carácter, de su personalidad. La imagen contrasta con el que tiene el “corazón apacible” fruto de su relación confiada con el Señor, moldeado en amor, descansado en Sus promesas; un corazón apacible es “vida de la carne”, salud, vitalidad, energía, gozo de vivir.
La envidia genera obstáculos, oscuridad, desconfianza, mal trato con las personas. Una persona envidiosa no es alguien a apreciar, más bien produce cierto rechazo instintivo, como si ese pecado mostrase a los demás lo repulsivo del veneno que contiene.

El pasaje que inició la meditación fue el que se relata en Números 16 conocido como “la contradicción de Coré”. En esta historia, Moisés y Aarón tienen que hacer frente a una nueva rebelión encabezada por Coré y 250 personas más que quisieron establecer un orden sacerdotal aparte de la autoridad divina. Curiosamente, el motivo de esta rebelión fue la envidia según se revela en el Salmo 106, v.16.
Eclesiastés, el libro de las experiencias por excelencia, no deja este tema de lado: “He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu.” (Ecle.4:4) Desde la antigüedad, la envidia ha extendido sus tentáculos hasta el punto de que un trabajo bien hecho, una obra excelente produce celos, rivalidad, enfrentamiento. Y sin embargo, está ahí, como oculta, como que no fuese un pecado importante, como que no es necesario tenerla muy en cuenta. Pablo en sus carta a la iglesia de Corinto lo tenía muy presente: “Pues me temo que cuando llegue, no os halle tales como quiero, y yo sea hallado de vosotros cual no queréis; que haya entre vosotros contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias, desórdenes;” (2 Co.12:20). ¡Que lista más amarga! Pero es la lista que debemos tener en cuenta para que todas estas emociones nocivas estén alejadas de la vida de crecimiento espiritual de la Iglesia. En la comunidad de Cristo no puede haber un tipo de vida similar a la del mundo. Una iglesia que tenga esta lista de pecados en propiedad no es una iglesia cristiana. Y la envidia provoca el deseo en el hombre de querer lo que el otro tiene y lo que hace es preparar el terreno para lo que viene después: iras, enojos… Si la iglesia tiene que funcionar como un cuerpo bien coordenado y conjuntado, la mano no puede tener envidia del pie y así con cualquier otro miembro que queramos poner de ejemplo. Yo no puedo tener envidia del don de mi hermano porque el Señor lo ha puesto ahí para mi crecimiento espiritual. Si encuentro cosas o actitudes o sabiduría en mi hermano que me agradan, primero debería dar gracias al Señor que es quien pone en la iglesia a esos hermanos para nuestro crecimiento y después, iniciar yo el camino de esa sabiduría, ese conocimiento o esa actitud que va a favorecer mi crecimiento, el de la iglesia y como resultado y objetivo final siempre, el de darle la gloria a Dios.

La envidia también está presente en el simulacro de juicio que se hizo contra Jesucristo. Mateo y Marcos resaltan que Pilato “sabía que por envidia le habían entregado”. El versículo 1 del capítulo 27 menciona a los envidiosos: Todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo. Pilato conocía su posición delante del pueblo, conocía sus privilegios y posiblemente también se hiciese una idea del carácter dominador y egoísta que los caracterizaba, ese mismo carácter que Jesús había denunciado en muchas ocasiones: “hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas” (Mateo 23:5-6).

Esto nos demuestra hasta dónde llega lo pernicioso de este sentimiento. Esto nos ayuda también a posicionarnos, como cristianos, para evitar que este mal campe a sus anchas en nuestras iglesias porque “el amor no tiene envidia” (1 Co.13:4). Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. La envidia es maligna, Satanás la utiliza con su típica sutileza. No permitamos su efecto corrosivo y pernicioso en nuestras iglesias. Oremos por ayuda para luchar contra ella y sigamos las pisadas del Maestro con mansedumbre y humildad, aprendiendo de Él, siguiéndole, obedeciéndole.