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lunes, 3 de julio de 2017

Distancias generacionales

“Oíd hijos, la enseñanza de un padre; estad atentos para adquirir entendimiento” (Proverbios 4:1)
El escritor de Proverbios entendía que el atender el consejo de un padre era un buen método para adquirir entendimiento, de hecho según aclara Malbim, la expresión de “un padre”, en contraste con 1:8 (“tu padre”), “insinúa que está impartiéndoles una instrucción paternal que él mismo había recibido de su padre”, lo que le da más fuerza a la idea pero, ¡qué poco valor se le da, en general, hoy en día a lo que un padre nos pueda aconsejar! Normalmente nos damos cuenta de lo que vale esta sentencia cuando ya tenemos la edad que nuestro padre tenía cuando nos quería aconsejar y de ahí que el escritor recuerde que “también fui hijo de mi padre” y “él me enseñaba y me decía: “Retenga tu corazón mis palabras; guarda mis mandamientos y vivirás.” (Pr.4:3-4).
Distancia generacional; nuestra vida es muy corta pero cuando queremos marcar distancias generacionales, parece que vivamos una eternidad, que los padres se han quedado a años luz de sus hijos, que ya no entienden nada, que están obsoletos, pasados, anticuados…
Es verdad que los avances tecnológicos van tan rápido que a determinada edad ya no asimilamos todo lo que llega, una porque no todo nos interesa y menos nos absorbe como lo hace con las nuevas generaciones, y otra porque nos faltan reflejos para captar tanto avance, pero la vida lleva una línea “clásica” en la que los valores, las verdades y las realidades son siempre parecidas, sino igual, a lo que hemos vivido los más mayores y los padres de ellos igualmente. Como dice el Predicador del Eclesiastés “Nada hay nuevo debajo del sol.” Y los consejos de un padre van por esa senda en donde abunda la sabiduría, el entendimiento, los dichos sabios de los antiguos, la disciplina, la rectitud…
“¡Adquiere sabiduría! ¡Adquiere entendimiento!... No la abandones y ella te guardará” (Pr.4:5) La sabiduría de la que se habla aquí es la sabiduría verdadera, la que nos recomienda a Dios, la que obra de manera tal que nos capacita para vivir una vida de acuerdo con las instrucciones del sabio Dios, da un sentido único a nuestra vida y nos embellece el alma de forma que nuestro rostro refleja esa belleza… Salomón sabe por su experiencia que todas las demás cosas del mundo son secundarias, apenas valen nada comparadas con la sabiduría que Dios nos puede regalar, porque Dios la da a quienes se la piden: “Y si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos con liberalidad y sin reprochar; y le será dada” (Santiago 1:5).
“No entres en el sendero de los impíos, ni pongas tu pie en el camino de los malos.” (Pr.4:14). Dos caminos: el de los justos y el de los impíos. ¿Qué extraño suena esto hoy, verdad? Salomón usa esta alegoría de los dos caminos en más ocasiones. En este capítulo 4 de Proverbios sobre el que estoy escribiendo, ya lo inicia en el verso 11 donde menciona el camino de la sabiduría, camino en el que el padre ha instruido a su hijo, camino que desea que no abandone; ese sería el de los justos. El de los impíos se asocia a la oscuridad y por tanto es un camino en el que se tropieza, porque no se ve en él; evidentemente, para un padre, es poco recomendable para su hijo. “Pero la senda de los justos es como la luz de la aurora que va en aumento hasta que es pleno día.” “Sobre tus caminos resplandecerá la luz”, se lee en Job. La luz se asocia con Dios, las tinieblas con el mal y sus secuaces. El padre amoroso anhela que sus hijos anden en luz, la luz que resplandece desde las Escrituras, la luz que también es Cristo nuestro Señor: “Jesús les habló otra vez: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue nunca andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Juan 8:12): ¡Que palabras más sublimes! ¡Qué hombre podía aseverar esto sino el Hijo del Hombre como le gustaba llamarse a sí mismo a Jesús! El Hijo de Dios, que provenía de Dios, quien a su vez afirma ser luz (1 Juan 1:5): “Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas.” El buen padre aconseja a su hijo el camino de los justos, el camino de la luz; ellos caminan guiados por la Palabra de Dios, la cual es luz para el camino, guía para saber dónde poner los pies: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sl.119:105).
“Hijo mío, pon atención a mis palabras; inclina tu oído a mis dichos” (Pr.4:20). Consejos, luz, justos, guiados por la Palabra… No deja de ser un contraste con lo que cualquier joven esté pensando hoy en día, guiado por lo que se ve en el cine, los video juegos, las modas, el avance de lo prohibido, la necesidad de vivir la rebeldía de la edad, los desafíos de los compañeros, ¿dónde cabe ahí la exhortación que puede sacarse de una Biblia? Solamente en un corazón cambiado por Cristo entran las palabras divinas como bálsamo, fuerza, guía, empuje. Conozco jóvenes criados en familias cristianas que conocen perfectamente la guía de la Palabra de Dios, como también he conocido jóvenes criados en ese tipo de familias que han decidido pasarse “al lado oscuro” por experimentar lo vetado, lo desconocido, el riesgo… Hay jóvenes que se encuentran con Jesús sin saber nada de Él anteriormente; los hay que ya lo conocían y prefieren dejarlo a un lado para vivir y saborear un poco “la oscuridad”.
La Biblia contiene la Palabra de Dios que es eterna: siempre ha sido, es y será. Y Ella envía el mensaje: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra… En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti” (Sl.119:9 y 11). Los consejos de un padre cristiano van en esa línea; por eso tiembla ante la otra perspectiva y se ve obligado a decírselo a su hijo: “Aparta tu pie del mal.” Los consejos están dichos. Ahora se trata del juicio del chico para que escoja los deseados.

lunes, 19 de mayo de 2014

Aceptando la sabiduría


La sabiduría divina no aplasta al espíritu humano, más bien participa en un desarrollo superior
He abierto el libro de Proverbios por el capítulo 2 y me he quedado ligeramente sobrecogido al oír ese “Hijo mío, si aceptas mis palabras…”, casi como implorando, rogando, urgiendo a la necesidad de que ese hijo escuche y absorba el consejo.
Si porque el párrafo anterior informa de los resultados de rechazar la sabiduría y en éste, en contraste, como hace muchas veces Proverbios, nos dice los resultados de aceptar la sabiduría.
Por eso el Padre anhela que su hijo escuche, asimile, acepte, atesore en su corazón y en su mente porque desea lo mejor para su hijo. Es un buen Padre y en su forma de hablar se nota el amor que tiene por su hijo.

Hijo mío, si aceptas mis palabras y atesoras mis mandamientos dentro de ti, si prestas oído a la sabiduría e inclinas tu corazón al entendimiento, si invocas a la inteligencia y al entendimiento llamas a gritos, si como a la plata la buscas y la rebuscas como a tesoros escondidos, entonces entenderás el temor de Jehová y hallarás el conocimiento de Dios.
¿Qué sabiduría no tendrá ese Padre para que considere Sus mandamientos como un tesoro? Mandamientos que esconden entendimiento, inteligencia… aglutinando esos conocimientos se llega, según este Padre, a un conocimiento mayor: El temor de Jehová, que en el capítulo uno se reconoce como el principio del conocimiento, la línea de partida, la base sobre la que construir.
¿Quién busca un propósito en la vida? Aquí lo ha hallado. “El temor de Jehovah es el camino que nos lleva a la felicidad, porque nos da la serenidad para vivir con propósito” leo en un comentario. ¿Qué padre no desea la felicidad para su hijo? Por eso el esfuerzo, por eso el consejo para tomar ese camino que está basado en el eterno conocimiento divino, no en el limitado conocimiento humano. Jehová da la sabiduría, y de su boca proviene el conocimiento y el entendimiento. Pablo escribe más adelante: “en Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Colosenses 2:3). Podemos quedarnos expectantes, temblorosos ante esta puerta al conocimiento y la sabiduría… ¿Te atreverás a entrar? No es necesario el atrevimiento porque acabamos de leer que Jehová da la sabiduría, y, si todavía tenemos dudas de que esto puede no ser interpretado así, Santiago nos anima: “Si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios… pero pida con fe, no dudando nada” (Stg. 1:5, 6).

Veo en Dios a mi Padre hablándome de esa manera tan cariñosa, tiernamente, preocupado por mí y por mis influencias: “¿De qué te estás llenando hijo mío? ¿De la televisión, del mundo, del pequeño conocimiento del hombre que a él le parece tan grande? Quiero que recuerdes esto: Jehová da la sabiduría. Ten cuidado con los cantos de sirena que escuches. Te asegurarán que ésa no es la sabiduría. Desearán que sigas la corriente de la mayoría y, observa, ¿a dónde conduce esa corriente? Porque Yo voy a insistir para que te salgas de esa corriente y busques el camino de la integridad, la senda del juicio, el camino de los piadosos.”
Entonces entenderás la justicia, el derecho y la equidad: todo buen camino.
Es demasiado bueno porque… es cierto. La cercanía con el Creador, el conocimiento de Él, sus palabras, sus promesas, todo lo que encuentro en Su Palabra, no sólo me llena de conocimiento de Él y me permite una relación sublime, sino que, además, me hace vivir en el perfecto equilibrio: el tan denostado buen camino. ¿Por qué denostado? Bueno, forma parte de nuestra naturaleza contaminada el desear ser buenos y el desear ser malos también ¡sino no tiene gracia! ¿Solamente piadosos? ¡Vaya aburrimiento! Ese es el comentario alentado por el Príncipe de este mundo y que nos predispone a sonreír un poco, así como maliciosamente, como demostrando que estamos “en la onda”, que sabemos también poner ese puntito de malicia para que el resultado sea picante y sabroso…
¡Cuánto se aparta esto de Dios y que fácilmente caemos en la trampa del mundo! El escritor de proverbios se da cuenta de nuestras dudas y le da otra vuelta a la tuerca para ver si entramos en razón: Cuando la sabiduría entre en tu corazón y el conocimiento sea agradable a tu alma, te guardará la sana iniciativa, y te preservará el entendimiento. ¡Resultados de aceptar la sabiduría! Esa sabiduría que proviene del Padre, que emana de Sus mandamientos, que nos dá Él desde Su infinita capacidad de discernir, de conocer, de prever…, esa sabiduría tiene que entrar en el corazón y en el alma, tiene que ser aceptada con el reconocimiento de la fe y la certeza de que todo lo que proviene de Él es bueno, está adobado con todo el amor y no puede fallar porque es de Dios, infinito, eterno, Creador, sabio, omnipotente. ¡Es para quedarse anonadado! Es Él el que nos ofrece llegar a esas cumbres, a ese ideal, a ese camino perfecto y… lo rechazamos con burla, con desprecio… ¡Ay hijo mío, si aceptas mis palabras…!
Si aceptas mis palabras entenderás al salmista cuando lleno de ese conocimiento que le estaba inspirando y guiando escribía: ¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra… ¡Cuánto amo tu ley!… Lámpara a mis pies es tu palabra y lumbrera a mi camino… Yo me gozo en tu palabra… ¡Lo estaba experimentando! ¡Algo real no efímero! ¿Cómo podré hacerte ver, hijo mío?
Me quedo con esta expresión del comentarista: “La sabiduría divina no aplasta al espíritu humano, más bien participa en un desarrollo superior.”

sábado, 2 de marzo de 2013

AGNÓSTICO

“¿Es usted creyente o ateo? – Ni una cosa ni la otra, soy agnóstico”

creación prueba existencia de Dios

Es bastante corriente oír este comentario. ¿Qué significa ser agnóstico? En términos muy genéricos y sencillos una persona se denomina agnóstica porque cree que no puede opinar nada sobre temas de religión, no se declara creyente pero tampoco puede afirmar que sea ateo aunque en el fondo, nieguen la existencia de Dios basándose en que todo lo que pertenece al ámbito espiritual es inaccesible al entendimiento humano pues va más allá de los resultados de los experimentos, más allá de la ciencia.
Según leo en la Wikipedia, el agnosticismo designa corrientemente la actitud que considera fútil toda manifestación metafísica y, en sentido estricto, se aplica a todas las doctrinas filosóficas que, aparte de sus diferencias, admiten la existencia de una realidad absoluta y trascendente, incognoscible por naturaleza: el positivismo, el evolucionismo, el relativismo y, en cierto sentido, el criticismo kantiano.

La palabra viene del griego α-, a-, ‘sin’; y γνώσις, gnōsis, ‘conocimiento’. Es importante que no debe confundirse con gnosticismo, un movimiento religioso que tuvo su apogeo a mediados del siglo II siendo una auténtica amenaza para el cristianismo, dándoles mucho trabajo al apóstol Pablo y muy especialmente al apóstol Juan quien combate este movimiento en sus cartas.