Mostrando entradas con la etiqueta valores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta valores. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de marzo de 2019

¿Qué es lo que más necesitas?

lo que más necesitoNo sé lo que habrá venido a tú mente inmediatamente, pero lo que más necesitas no es un trabajo.
No, no es encontrar una casa más barata o ese coche que te vendría tan bien. No, no se trata de ese ascenso en el trabajo o esas vacaciones más soñadas. ¿? Tampoco se trata de sanidad de un padecimiento físico o de la restauración de tu familia distanciada. No se trata tampoco de ser liberado de alguna adicción, temor, depresión o preocupaciones. No se trata tampoco de aprobar los exámenes o de ese chico o esa chica que te viene al pensamiento. No, no es tampoco un círculo de amigos íntimos o una iglesia fuerte a la que asistir…
Todas estas cosas y todas las que quieras añadir, son importantes por sí solas, pero ninguna de ellas representan tú necesidad más grande. Hay una cosa que todos necesitamos desesperadamente, sea que estés consciente de ella o no, es algo para la que está diseñado nuestro corazón porque esa cosa llega a lo más profundo de nuestro ser; Dios, cuando nos diseñó y nos hizo, nos diseñó y nos hizo con esa necesidad, la más grande, la más urgente: Tu necesidad más grande (y la mía), es una relación completa y restaurada con Dios. De esa relación depende tu presente y tu futuro.

Cuando leemos el relato de la Creación de Dios vemos que Dios crea al hombre y a la mujer, y lo primero que hace es bendecirlos (Génesis 1:28) y luego hablar con ellos. Y esta relación era normal. Génesis 3:8 nos dice que Dios “se paseaba en el huerto” donde estaban Adán y Eva y hay algo que a Dios le extraña: ¡no los encuentra! Ya le habían fallado, habían desobedecido, y se esconden y esto ¡no era lo normal! La comunicación de Dios con el hombre y viceversa era perfecta, hablaban como puede hablar un padre con su hijo o como hablan dos amigos… hasta ese día porque fuimos creados para vivir en unión con Él.
Fuimos creados para vivir en unión con Él.
La comunión con Dios es una profunda necesidad de todo ser humano, aún si reconocemos esa necesidad o no. La comunión con Dios es la forma en que fuimos creados para funcionar, y es, en última instancia, acerca de una relación muy amorosa y muy presente con el Creador. Is.43:7 dice que fuimos creados para Su gloria, para que le glorificáramos y esto solamente puede conseguirse si nuestra relación con Él es muy cercana, personal… Fuimos creados para amarlo.
En Deuteronomio 6:4-5 se recoge el más grande mandamiento que se puede encontrar en la Biblia: "Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas." El pueblo de Israel sabía que sólo tenía dos opciones: obedecer este mandamiento y tener a Dios de su lado; desobedecerlo y atenerse a las consecuencias. Ese es el ciclo que vemos en el libro de Jueces: cuando estaban del lado de Dios, sentían su misericordia, su ayuda. Más cuando “se volvían atrás”, Dios se apartaba de ellos, eran vulnerables porque dependían solamente de sus fuerzas, Dios no estaba con ellos.
La realidad es que hemos sido diseñados para vivir para Su gloria y si aún vives en una relación rota con Él, estás fracasando en el propósito fundamental de tu existencia.
Dios, en su gracia no está conforme con esto, Él no quiere que nadie se pierda (2 Pedro 3:9), por eso ha creado una manera a través de la vida, de la muerte y de la resurrección de Su Hijo, para que esa relación ¡esencial para tu vida! (y la mía), fuera restaurada (Juan 3:16). Es a través de Jesucristo que nuestra relación con Dios puede ser restaurada. Qué hermoso restaurar esa relación y poder oír de su Hijo: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.” (Juan.15:14). ¡Ser como Abraham! ¿? al que la Biblia llama: “amigo de Dios”. Dios va más allá de la amistad: El anuncia que al que lo recibe, al que cree en su nombre, le da el derecho de ser hecho hijo de Dios. A través de Jesucristo somos adoptados como hijos en la familia de Dios.

domingo, 27 de mayo de 2018

Cuestión de valores

pérdida de valores en la sociedad actual
Hace unos día leí este comentario en la hoja del calendario de La Buena Semilla: “En el curso de una
entrevista, un editorialista declaró: “Hemos pasado a un período de incertidumbre en cuanto a nuestros valores”. Hablaba de nuestros valores morales, los que gobiernan nuestro comportamiento en la sociedad actual. En los países cristianizados estos valores se apoyaban en gran parte en la Biblia. Hoy todos esos valores son cuestionados porque Dios y su Palabra han sido dejados de lado o ignorados.”
Unos días más tarde, leyendo el libro “Verdad y transformación” de Vishal Mangalwadi, un destacado intelectual y conferenciante cristiano de la India, encontré un comentario muy similar: “La verdad se perdió por causa de la arrogancia intelectual que rechazó la revelación divina e intentó descubrir la verdad apoyándose exclusivamente en la mente humana… La Inglaterra del siglo XVIII estaba tan corrompida como mi país; fue transformada por el avivamiento religioso dirigido por John Wesley, fundador de la Iglesia Metodista.”
No es la primera vez que escribo sobre el tema de la “pérdida de valores en la sociedad actual”, pero es curioso que me lo encuentre continuamente, como si urgiera la necesidad de hablar de esta pérdida, básicamente por los inconvenientes que supone para esta sociedad postmoderna. Mires para donde mires, el comportamiento de las personas públicas que deberían ser un ejemplo para los demás, destaca una y otra vez por el escándalo, la corrupción, las malas maneras… y esto afecta a la sociedad en general que parecer amoldarse con demasiada velocidad, diría yo, a una forma de comportamiento que practica tanto el político más afamado como el niño en el patio del colegio o en el parque; las películas sobre el viejo oeste están de moda: “ciudad sin ley”. La repetición de conductas irresponsables sin tener en cuenta los principios más básicos de convivencia, están haciendo que la gente se acostumbre a que “eso” es normal y que la pérdida de valores en la sociedad sea un problema irremediable como el cambio climático, la contaminación de los mares o la desaparición de especies de animales. Lo que realmente alarma es que parece que nadie se da cuenta del alimento continuo que reciben nuestros jóvenes en la televisión y el cine para que desaparezca el gusto por la educación, el civismo, el respeto por los demás. Parece que es más interesante vivir al límite, buscar el enfrentamiento, conseguir las cosas que se desean sin esfuerzo, robando si llega el caso. Se oyen continuamente las formas de incumplir la ley sin que tenga consecuencias (“¡total no pasa nada!”). Se ufanan de “subir a la red” la última gamberrada, pelea entre jóvenes, etc.,  importándoles bien poco el hecho de que la misma policía pueda llegar a conocer la identidad de los infractores. Es como si la expresión “¡a donde vamos a llegar!” se le atribuyese a las personas mayores que “están pasadas” y no saben que los tiempos han cambiado y hoy está de moda romper con la rigidez de una sociedad caduca.
¿Se han perdido definitivamente los valores morales? No. Están a disposición de todo el que los quiera encontrar y ejercitar y todos estamos en disposición de potenciarlos si no queremos que este mundo se convierta en lo que pronostican las películas futuristas que auguran un mundo devastado y dominado por las armas, la violencia, la fuerza del más bruto, la corrupción desmedida y la injusticia.
“La Biblia fue la responsable de que el Occidente medieval fuera la primera civilización de la historia que no descansó sobre las espaldas de sudorosos esclavos.” escribe Mangalwadi. La Biblia sigue siendo desde hace miles de años, una guía segura. “Tu palabra es verdad”, dijo Jesús en su oración de Juan 17. “Si os mantenéis fieles a mis enseñanzas, seréis realmente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32). La vida cristiana ejercita y fomenta los valores morales de convivencia. El Señor nos pide que seamos luz y sal en este mundo; la luz despeja las tinieblas y el caos; la sal recobra el sabor de la vida sana y cívica. “Dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial”. Como seguidores de Jesucristo somos responsables de que esta sociedad no pierda “el sabor” de la vida abundante en el sentido de que la vida tiene un propósito y un valor que la apatía general y la desinformación está olvidando. Los creyentes tenemos un testimonio que habla de la esperanza que hay en Cristo y de la existencia real y inequívoca de Dios ante quien tendremos que rendir cuentas al final de nuestros días. No se trata de creer en temores y temblores para someter y paralizar a la gente, sino de todo lo contrario: ¡ser libres! ¿Por qué? Porque estando de parte de Dios estamos de parte del Creador, Soberano, Dueño y Señor de la creación, y no solo eso, también es nuestro Salvador y el que da  sentido a la vida, un propósito, una meta que afecta a nuestra manera de vivir de manera que nuestra conducta y testimonio ante los demás le da un sabor especial y agradable a la sociedad que nos rodea. El verdadero cristiano respeta las leyes vigentes y si detecta alguna injusticia o error en su aplicación, tiene valor y bases en las que afirmarse para protestar y exigir justicia en donde sea necesario. El verdadero cristiano procura el bien de sus conciudadanos, practica el civismo, su familia es ejemplo de amor y educación, es ejemplo de responsabilidad y profesionalidad en el trabajo… Sal, sabor en medio de una sociedad corrompida, mentirosa, avara, egoísta…

sábado, 21 de abril de 2012

Valores

¿Qué opinión nos merece esta lista? Fe, virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, devoción, afecto fraternal y amor. A primera vista, tres de ellos los asociamos con “vida religiosa”: Fe, virtud, devoción (o piedad). Otros tres podrían tener que ver con nuestro carácter: Dominio propio, paciencia, afecto fraternal. Por supuesto el amor lo corona todo: Amor de pareja, amor a los demás, amor para dar y tomar, amor de madre, ¿amor a Dios? Y finalmente, el último concepto es el que queremos todos: Conocimiento. Conocimiento de la verdad, de todas las cosas, del futuro, ¿del pasado?, el saber no ocupa lugar, tener mucho conocimiento, consultar con el que sabe… nos parece un concepto amable, que nos compromete a poco pero que nos da mucho… en principio, nadie lo rechaza, aunque hay veces que se oye decir: ¡prefiero no saberlo!
¿Por qué esta lista de valores concretamente?  Porque es la lista de valores cristianos que podemos encontrar en el primer capítulo de la segunda carta de Pedro para que nos ocupemos con diligencia del desarrollo de nuestro carácter, o lo que es lo mismo, una forma de invertir sabiamente en nuestro futuro espiritual. Después de confiar en Cristo como Salvador, el Señor nos propone acceder a la nueva “forma de vida”, la nueva naturaleza divina, que nos va a marcar con estos valores que desarrollarán nuestro carácter siguiendo el modelo de nuestro Maestro: Jesucristo.
En unos tiempos en los que oímos comentar que determinados valores se están perdiendo (respeto en las aulas, civismo en nuestra relación con los demás, educación básica, etc.), Dios se preocupa de que Sus hijos reciban todo lo necesario para la vida y la piedad, de manera que no se trata de un esfuerzo exclusivamente nuestro, ya que Él nos concede los medios y ayuda por medio de Su divino poder, con un objetivo: ser hechos participantes de la naturaleza divina.
(Es impresionante comprobar la nueva posición que Dios nos da dentro de Sus planes, por aceptar a Cristo como nuestro Salvador personal).
Así que tenemos los medio, tenemos la ayuda del poder de Dios, ¿Cuál es ahora nuestra parte? Poner todo nuestro empeño. Nuestra actitud es agradarle, obedecerle, que nuestra vida le de gloria, así que tenemos que esforzarnos en que realmente nuestra vida sea un fiel reflejo de Aquel a quien queremos seguir e imitar.
¿Y por donde empezamos? Pues siguiendo las indicaciones de 2 Pedro 1:5 y siguientes, donde primero dice que añadamos a nuestra fe, virtud. Para que una fe pueda mostrarse firme, necesita estar en crecimiento constante. Por tanto, añadamos a nuestra fe,  virtud que en esencia en esta ocasión de traduce por valor, valentía, coraje. Y luego sumémosle conocimiento, de manera que teniéndolo, teniendo la capacidad de discernir, conociendo el equilibrio, con coraje, evitaremos quedarnos encerrados, solos, simplemente con nuestro conocimiento. Saldremos a mostrarlo, lo transmitiremos, lo viviremos. Y luego, sumémosle al conocimiento, dominio propio, ¡ah, el control de la irritabilidad!, el no dejarse llevar por cualquier pasión, el saber reaccionar equilibrada y cristianamente (¡cuantas veces fallamos en esta asignatura!).
“Al dominio propio, paciencia (o perseverancia), porque la palabra original no se refiere a la paciencia que es el fruto del Espíritu, sino que se refiere más bien a la perseverancia, a la persistencia, resistencia; como decía Pablo, a terminar la carrera resistiendo el ritmo, como buen corredor, dosificando pero llegando a la meta, como un buen atleta cristiano. Y sumemos a la perseverancia, devoción (o piedad), en el sentido de tener a nuestro Dios como centro total de nuestra vida.
El sexto valor es el afecto fraternal, el amor entrañable que se respira en las reuniones con los hermanos cuando hay unidad, armonía, cariño fraternal.
Y finalmente, añadamos a todos estos valores, Amor: Amor con todo el mundo, amor al enemigo, amor sincero.
Nuestra actitud para crecer en la Fe tiene que ser la de buscar y añadir estos valores y poco a poco veremos cambiar nuestro carácter, notaremos ese crecimiento y esa madurez propia de los justos. Amén.