lunes, 11 de junio de 2018

El prójimo

Colaboración de Manuel José Díaz Vázquez

Porción de la Escritura: Lucas 10:25-37
¿quien es mi prójimo?
Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?  Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? 
Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo. 

Cuando el intérprete del la ley le preguntó al Señor: “¿Y quién es mi prójimo?”, se encontraba lejos de sospechar que él mismo iba a contestar su pregunta, tan centrado estaba en su propia justificación cuando la hizo. 
No vamos a detenernos a estudiar toda la porción, sino, solamente, a extraer dos puntos esenciales acerca del término “prójimo”, que vienen a ser como las dos caras de una misma moneda. 
Cuando el Señor contesta al intérprete de la ley con esta parábola, a medida que la vamos leyendo tenemos la impresión de que el herido representa al prójimo y las personas que pasan a su lado expresan diferentes actitudes con respecto a él. Luego, vamos reflexionando acerca de los detalles: el sacerdote, el levita, el samaritano y lo que hacen cada uno de ellos, reparando en el hecho de que los dos primeros son judíos… Pero da la impresión de que la pregunta pasa a un segundo plano. Y sin embargo, ya está contestada. Mi prójimo es cualquiera: cualquier hombre. Haríamos mal en restringir el ámbito del término a los más próximos como se puede derivar de su etimología griega: familia, amigos, vecinos, conciudadanos, camaradas, compañeros, hermanos… El concepto incluye a cualquier hombre que nos encontremos en nuestro camino existencial, por decirlo así. Depende de mis movimientos. Si yo estoy en el local de la iglesia, mis prójimos son mis hermanos, pero si salgo de ella, mis prójimos son los transeúntes anónimos que me voy encontrando por el camino sean o no de mi raza o religión, y si estuviese en un país remoto que no tuviese que ver con las costumbres y la cultura del mío, la percepción es la misma. Es, en este sentido, un concepto universal… 
Pero es solo una cara de la misma moneda como dijimos anteriormente.  El Señor no se detiene aquí y hace una pregunta en el versículo 36 que vuelca la percepción anterior, o mejor dicho, la complementa. Sorprendentemente, el prójimo ya no es el herido, que no deja de serlo al mismo tiempo. El prójimo es el samaritano. ¿Cómo puede ser esto? Y es aquí cuando el intérprete de la ley da la respuesta definitiva a su propia pregunta, nos da una definición perfecta, llevado por el Señor, de quién es el prójimo: “El que usa de misericordia con los demás”. Ese es el verdadero prójimo. O sea, que ser prójimo viene definido por el interior, por el corazón, de si tenemos o no misericordia para con los otros. Misericordia práctica, se entiende. Es decir, una ternura entrañable hacia los demás que lleva a aliviar el sufrimiento ajeno. Prójimo es el que da y el que recibe. Y cada uno de nosotros puede estar en ambos puntos, aunque mejor es dar que recibir… Es un principio de identidad que nos iguala a todos.
Recordemos, para finalizar, otra porción en Mt 9:27, cuando dos ciegos le gritaban: “¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!”. El Señor fue el Prójimo de ellos, es el Prójimo de toda la Humanidad. 
Que Él nos ayude a tener misericordia de los demás. 

** Manuel es autor de las novelas "Queso fresco con membrillo", "A las vacas de la señora Elena no les gusta el pimiento picante", "La calavera de Yorick" (Ediciones Atlantis) y "Apuntes y memorias del peor estudiante del mundo" (Liber Factory).

domingo, 27 de mayo de 2018

Cuestión de valores

pérdida de valores en la sociedad actual
Hace unos día leí este comentario en la hoja del calendario de La Buena Semilla: “En el curso de una
entrevista, un editorialista declaró: “Hemos pasado a un período de incertidumbre en cuanto a nuestros valores”. Hablaba de nuestros valores morales, los que gobiernan nuestro comportamiento en la sociedad actual. En los países cristianizados estos valores se apoyaban en gran parte en la Biblia. Hoy todos esos valores son cuestionados porque Dios y su Palabra han sido dejados de lado o ignorados.”
Unos días más tarde, leyendo el libro “Verdad y transformación” de Vishal Mangalwadi, un destacado intelectual y conferenciante cristiano de la India, encontré un comentario muy similar: “La verdad se perdió por causa de la arrogancia intelectual que rechazó la revelación divina e intentó descubrir la verdad apoyándose exclusivamente en la mente humana… La Inglaterra del siglo XVIII estaba tan corrompida como mi país; fue transformada por el avivamiento religioso dirigido por John Wesley, fundador de la Iglesia Metodista.”
No es la primera vez que escribo sobre el tema de la “pérdida de valores en la sociedad actual”, pero es curioso que me lo encuentre continuamente, como si urgiera la necesidad de hablar de esta pérdida, básicamente por los inconvenientes que supone para esta sociedad postmoderna. Mires para donde mires, el comportamiento de las personas públicas que deberían ser un ejemplo para los demás, destaca una y otra vez por el escándalo, la corrupción, las malas maneras… y esto afecta a la sociedad en general que parecer amoldarse con demasiada velocidad, diría yo, a una forma de comportamiento que practica tanto el político más afamado como el niño en el patio del colegio o en el parque; las películas sobre el viejo oeste están de moda: “ciudad sin ley”. La repetición de conductas irresponsables sin tener en cuenta los principios más básicos de convivencia, están haciendo que la gente se acostumbre a que “eso” es normal y que la pérdida de valores en la sociedad sea un problema irremediable como el cambio climático, la contaminación de los mares o la desaparición de especies de animales. Lo que realmente alarma es que parece que nadie se da cuenta del alimento continuo que reciben nuestros jóvenes en la televisión y el cine para que desaparezca el gusto por la educación, el civismo, el respeto por los demás. Parece que es más interesante vivir al límite, buscar el enfrentamiento, conseguir las cosas que se desean sin esfuerzo, robando si llega el caso. Se oyen continuamente las formas de incumplir la ley sin que tenga consecuencias (“¡total no pasa nada!”). Se ufanan de “subir a la red” la última gamberrada, pelea entre jóvenes, etc.,  importándoles bien poco el hecho de que la misma policía pueda llegar a conocer la identidad de los infractores. Es como si la expresión “¡a donde vamos a llegar!” se le atribuyese a las personas mayores que “están pasadas” y no saben que los tiempos han cambiado y hoy está de moda romper con la rigidez de una sociedad caduca.
¿Se han perdido definitivamente los valores morales? No. Están a disposición de todo el que los quiera encontrar y ejercitar y todos estamos en disposición de potenciarlos si no queremos que este mundo se convierta en lo que pronostican las películas futuristas que auguran un mundo devastado y dominado por las armas, la violencia, la fuerza del más bruto, la corrupción desmedida y la injusticia.
“La Biblia fue la responsable de que el Occidente medieval fuera la primera civilización de la historia que no descansó sobre las espaldas de sudorosos esclavos.” escribe Mangalwadi. La Biblia sigue siendo desde hace miles de años, una guía segura. “Tu palabra es verdad”, dijo Jesús en su oración de Juan 17. “Si os mantenéis fieles a mis enseñanzas, seréis realmente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32). La vida cristiana ejercita y fomenta los valores morales de convivencia. El Señor nos pide que seamos luz y sal en este mundo; la luz despeja las tinieblas y el caos; la sal recobra el sabor de la vida sana y cívica. “Dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial”. Como seguidores de Jesucristo somos responsables de que esta sociedad no pierda “el sabor” de la vida abundante en el sentido de que la vida tiene un propósito y un valor que la apatía general y la desinformación está olvidando. Los creyentes tenemos un testimonio que habla de la esperanza que hay en Cristo y de la existencia real y inequívoca de Dios ante quien tendremos que rendir cuentas al final de nuestros días. No se trata de creer en temores y temblores para someter y paralizar a la gente, sino de todo lo contrario: ¡ser libres! ¿Por qué? Porque estando de parte de Dios estamos de parte del Creador, Soberano, Dueño y Señor de la creación, y no solo eso, también es nuestro Salvador y el que da  sentido a la vida, un propósito, una meta que afecta a nuestra manera de vivir de manera que nuestra conducta y testimonio ante los demás le da un sabor especial y agradable a la sociedad que nos rodea. El verdadero cristiano respeta las leyes vigentes y si detecta alguna injusticia o error en su aplicación, tiene valor y bases en las que afirmarse para protestar y exigir justicia en donde sea necesario. El verdadero cristiano procura el bien de sus conciudadanos, practica el civismo, su familia es ejemplo de amor y educación, es ejemplo de responsabilidad y profesionalidad en el trabajo… Sal, sabor en medio de una sociedad corrompida, mentirosa, avara, egoísta…

viernes, 4 de mayo de 2018

Esperemos

Serenidad, paz, ideal para esperar algo grandioso
Hace unos días, leyendo este antiguo dicho: “Dios tiene su hora y su demora”, me vinieron a la mente algunos de los textos que más me gustan y que, al mismo tiempo, más me impresionan por lo que revelan de la soberanía y la sabiduría de Dios. Por ejemplo el Salmo 37:7: “Quédate quieto en la presencia del Señor, y espera con paciencia a que Él actúe”. ¡Con lo que a mí me cuesta esperar! Como ya he comentado en más ocasiones, mi lucha personal (una de ellas), es contra la ansiedad y el consejo que me viene del Altísimo es… ¡que espere! El Salmo 46:10 sigue en la misma línea: “¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios!”. El gran evangelista Charles Spurgeon comentaba algunas cosas a propósito de estas palabras: “¡Sentaos y esperad con paciencia, creyentes!... Como nadie puede proclamar dignamente su naturaleza, que “el silencio exprese su alabanza”.
El pastor Joseph Caryl comentó a propósito de ese versículo: “Como si el Señor hubiera dicho: “Ni una palabra, no intentéis replicar; veáis lo que veáis, quedaos quietos, callad; sabed que yo soy Dios y no doy cuenta de ninguno de mis actos.” Cuando llegamos a la presencia de Dios, todas nuestras energías, nuestros impulsos, nuestra iniciativa, se queda como congelada ante Su magnificencia y se requiere una actitud de calma, quietud y espera… Desde las primera palabras de la Biblia, se nos indica, se nos pide que midamos nuestros movimientos y bajemos el tono de nuestra voz: “Oh naciones del mundo, reconozcan al Señor; reconozcan que el Señor es fuerte y glorioso. ¡Denle al Señor la gloria que merece! Lleven ofrendas y entren en su presencia. Adoren al Señor en todo su santo esplendor; que toda la tierra tiemble delante de Él. El mundo permanece firme y no puede ser sacudido” (1 Crónicas 16:28-30).
Solo atisbamos un poco de Su majestad, de Su grandeza… pero lo poco que se nos revela es suficiente para que reconozcamos que si nuestra vida está en Sus manos, gran parte de esa vida nos toca esperar… porque Dios nunca está apurado. Y es en esos momentos, en esos tiempos de oración cuando creemos que podemos apurar un poco las circunstancias y nos ponemos ansiosos porque la respuesta no llega en nuestro tiempo y, cuando nos llega, oímos: “Espera un poco, y verás lo que hago”. ¡Es maravilloso! Pero hay que saber oír esa voz, en toda su potencia, en toda su calma, en toda su portentosa realidad soberana… “sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” (Santiago 1:3-4). Saber esperar es un arte y, además, ejercita la paciencia. Además esperar que Dios obre es una bendita espera porque Él va a obrar en nosotros y a nuestro favor. La versión popular traduce así estos textos de Santiago: “Porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. Así que dejen que crezca, pero una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada”. El hermano David H. Roper escribe a propósito de esto: “Desarrollamos constancia: la habilidad de confiar en el amor y la bondad del Señor, aunque las cosas no salgan como nosotros queremos”. Salmo 70:5.- “En cuanto a mi, pobre y necesitado, por favor, Dios, ven pronto a socorrerme. Tú eres mi ayudador y mi salvador; oh Señor, no te demores.” Es grande saber que Dios nos acompaña mientras esperamos. Esperar, paciencia, perseverancia. Y el que persevera hasta el fin recibirá la corona de la vida. “Corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Esto lo hacemos al fijar la mirada en Jesús, el campeón que inicia y perfecciona nuestra fe” (Hebreos 12:2). “Con paciencia esperé que el Señor me ayudara, y Él se fijó en mí y oyó mi clamor” (Salmo 40:1).
La perseverancia permite ver el fin del propósito divino. En esa perseverancia paciente, Dios va madurando nuestra vida y nuestra experiencia espiritual (“…para que seáis perfectos y cabales”). No que lleguemos a una perfección absoluta, algo imposible en esta vida, pero sí se nos va dotando de lo necesario para caminar hacia esa perfección.
La paciencia es un fruto del Espíritu: “La clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio” (Gálatas 5:22). El pastor y conferenciante D. Samuel Pérez Millos escribe sobre esto: “Las manifestaciones del fruto del Espíritu son cualidades sobrehumanas del carácter. Ninguna de ellas puede producirse por habilidad o recursos del hombre natural… La paciencia solo es posible para quien anda en el Espíritu”.
Esperemos. El hecho de que tengamos que esperar pacientemente no significa que tengamos que resignarnos. Podemos esperar en actitud gozosa en el Señor tal y como sugiere el versículo 4 del Salmo 70: “Pero que todos aquellos que te buscan estén llenos de alegría y de felicidad en ti. Que los que aman tu salvación griten una y otra vez: “¡Grande es Dios!””. 
Amén. ¡Que así sea!

miércoles, 11 de abril de 2018

Desconectar

puse la arena como límite del mar, por decreto eterno que no lo podrá traspasar?
Doy gracias a Dios por disponer de días de tranquilidad para “desconectar” del día a día. De todas
formas estoy muy apegado al día a día y al poco de estar desconectado, ya lo estoy echando de menos. Así me ha pasado otra vez en la pasada Semana Santa en la que junto con mi esposa pudimos disfrutar de ese descanso que deseamos de vez en cuando y que aprovechamos para visitar a la familia y a los hermanos de otras iglesias, cuando surge la oportunidad.
Es una desconexión no exenta de conexión ya que, como no puedo estar sin hacer nada, he aprovechado mucho el tiempo adelantando los apuntes para la Escuela Dominical de Adultos para cuando terminemos el libro que estamos estudiando actualmente. De paso que los preparo, estudio o repaso los temas que van saliendo y así disfruto con algo que realmente me gusta hacer. El libro sobre el que estudiaremos es uno de los recomendados del pastor Will Graham: “Doctrina Bíblica” de Grudem. Muy adecuado para una Escuela Dominical, creo yo.
Will Graham es uno de los pastores que he escuchado en la última PxE (Pasión por el Evangelio): os recomiendo su Blog. Ha sido un gran descubrimiento junto con Israel Sanz y Mark Dever, tres expositores de la Palabra que no conocía y que recomiendo escuchar ya que no es fácil encontrar conferenciantes fieles a La Palabra como lo son estos hermanos. Del pastor Israel Sanz hay muchas predicaciones en Internet ¡muy recomendables!
Lo que en ese tiempo no he podido hacer ha sido escribir para el Blog. Básicamente porque no disponíamos de Internet nada más que en el móvil, lo cual es una ventaja si se quiere uno desconectar. Pero claro, teniéndolo en el móvil, al final vas a ver los correos y las cosas en las que tienes interés en estar al día por lo que una desconexión total es un reto al que no he podido hacer frente. Me pesa la responsabilidad y creo que hago bien no perdiendo de vista los correos, por lo que pueda pasar.
Lo que sí he podido hacer es disfrutar de la Creación de Dios: cuando miras lo que te rodea con los ojos de un admirador del Creador, puedes recrearte en su belleza de una forma especial porque ¡todo lo hizo hermoso en gran manera! 
Contemplo la majestuosidad del mar y recuerdo el texto: “¿A mí no me temerán?, dice el SEÑOR. ¿No temblarán delante de mí, que puse la arena como límite del mar, por decreto eterno que no lo podrá traspasar? Se levantarán sus olas, pero no prevalecerán; rugirán, pero no lo pasarán’.” (Jeremías 5:22). Arena como límite del mar. Impresiona comprobarlo. Se levanta la ola, orgullosa, fuerte, potente y descarga su poder sobre la arena hasta llegar a ser una suave presencia que acaricia tus pies con un beso frío y amable, como juguetón, como recordándote que no debes temer, que no va a pasar de ese límite marcado por Su Hacedor.
Me resulta sencillo quedar embelesado por las maravillas de la creación: no solo el mar, también la fuerza que emanan los árboles, la armonía de un bosque, el despliegue de colores, la fortaleza del tronco de un gran árbol, el movimiento armonioso y poderoso de sus ramas… El gran sabio Salomón dedicaba tiempo a estas observaciones: “También disertó acerca de las plantas, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que crece en la pared.” (1 Reyes 4:33).
Suele quedar empañada tanta belleza por las huellas del paso del hombre; es como si en lugar de “cultivar y guardar el jardín” como nos encargó Dios en Génesis 2, nos ocupásemos de ensuciarlo y afearlo intencionadamente. No siempre es así, es verdad, pero donde es así “canta” bastante y pone un punto de tristeza en tanta alegría desbordante.
Es una bendición poder desconectar de esta manera. Con sencillez, con cosas fáciles y asequibles, no es necesario buscar la grandilocuencia como el que está harto de todo porque en realidad no ha aprendido a disfrutar de las cosas pequeñas; no es necesario eso. Simplemente es estar agradecido por las cosas que Dios nos da. De eso se trata: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús.” (1 Tesalonicenses 5:18).

sábado, 10 de marzo de 2018

¿Qué sentido tiene la vida?

Dándole un sentido a la vida
Dentro de la serie sobre las clásicas preguntas que todo el mundo se hace, afrontamos la de “¿Qué sentido tiene la vida?” Cuando pienso en buscar una respuesta me acuerdo del libro del Eclesiastés en donde su autor llega a decir: “Observé todo lo que ocurría bajo el sol, y a decir verdad, nada tiene sentido, es como perseguir el viento” (Ecl.1:14). Y esta afirmación se convierte en una constante a lo largo de todo el libro que hasta se conoce a nivel popular: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, que en una traducción a un lenguaje de hoy viene a decir: “Nada tiene sentido, dice el Maestro, ¡ningún sentido en absoluto!” (Ecl.1:2).
Asusta esta afirmación tan rotunda y pesimista, especialmente las palabras “nada” y “todo”: “Nada tiene sentido”, “Todo es vanidad”. Invita a la desesperación si lo dejamos ahí sin más, sin analizar qué nos está diciendo el Predicador o el Maestro como señalan otras traducciones. Así que analicemos para no quedarnos petrificados en tanta desolación y la primera pista que encontramos es que nos dice que estuvo observando todo lo que ocurría “bajo el sol”, ya desde el inicio del libro se explica así: “¿Qué obtiene la gente con trabajar tanto bajo el sol?” (Ecl.1:3, Versión NTV (Nueva Traducción Viviente)); “¿Qué provecho tiene el hombre de todo su duro trabajo con que se afana debajo del sol?” (Versión RVA (Reina Valera Actualizada)). Esta ‘pista’ de “bajo el sol” se repite unas treinta veces a lo largo del libro, dando a entender que su atenta y minuciosa observación está al alcance de cualquiera, es una observación hecha al nivel más elemental, podríamos traducirla como “lo que se hace en este mundo”; en otros texto dice “debajo del cielo”, por ejemplo en el cap. 1, verso 13.- “Me dediqué a buscar el entendimiento y a investigar con sabiduría todo lo que se hacía debajo del cielo”. Con estas expresiones, lo que el autor anota de su tremenda experiencia de probar, buscar, gustar, analizar… todo lo que hay, lo hace cortando cualquier vínculo directo con el Cielo, sin tener en cuenta en la visión y en el análisis a Dios, es una observación “a ras de tierra”, plana, sin más pretensión que buscarle sentido a la vida sin tener en cuenta a Dios y, buscarle sentido a la vida sin Dios, llega a la conclusión de que no tiene sentido, es vanidad, futilidad, es como “perseguir el viento”.
“¿Qué provecho…?” “¿Qué obtiene la gente con trabajar tanto…?” Haciéndonos la pregunta a este nivel plano viene a decir: “Te pasas la vida trabajando, esforzándote, y ¿qué es lo que queda al final de todo ello?” Bueno, siempre hay quién le busca sentido a su trabajo, intentamos dejar un mundo mejor o, al menos, dejar algo válido para nuestros hijos, para los que vienen detrás… El Maestro observa esto, observa el continuo hacer y deshacer de la humanidad (“Las generaciones van y vienen, pero la tierra nunca cambia… Todo es tan tedioso, imposible de describir. No importa cuánto veamos, nunca quedamos satisfechos… No importa cuánto oigamos, nada nos tiene contentos. La historia no hace más que repetirse; ya todo se hizo antes.” (Ecl.1:4, 8-9)). Parece como si el Maestro se encontrase envuelto en una espiral negativa, en una negrura sin respuestas, en un absurdo fruto del azar. Así es como lo ve el mundo incrédulo: un sinsentido. Las generaciones se van sucediendo, la historia se va desarrollando, a veces con logros, otras con fracasos, pero los protagonistas de esa historia que parece que se repite, aparecen y desaparecen en una cadena interminable de personas y nombres que se van perdiendo en el tiempo y en el olvido… ¿Cuál es, en realidad, el sentido y significado del hombre?
Podemos caer en la frustración en la que parece caer el Predicador, podemos pensar que nada tiene sentido, podemos pensar que no vale la pena luchar tanto. Este testigo lo ha vivido todo, todo lo ha experimentado, todo lo ha comprado… y desde su posición privilegiada ha llegado a la conclusión de que todo es efímero, pasajero, sin valor. Y encima, por si todo no fuese lo suficientemente complicado, a pesar del esfuerzo de las personas buenas que tratan de avanzar, aunque lo hagan por sus hijos, por sus descendientes, sigue habiendo guerras, hambrunas, injusticias, robos, necesidad, muerte.
El cuadro pintado podría ser una sombra de muerte sin esperanza, pero el cuadro no está terminado. En una de las esquinas asoma un rayo de luz, tiene fuerza, envía calor, se agita, trae esperanza. Al final del libro, el Predicador llega a una conclusión: “Mi conclusión final es la siguiente: teme a Dios y obedece sus mandatos, porque ese es el deber que tenemos todos. Dios nos juzgará por cada cosa que hagamos, incluso lo que hayamos hecho en secreto, sea bueno o sea malo.”
Hay calor, hay luz en la experiencia de la nueva vida en Cristo. El cristiano tiene un propósito para su vivir diario, busca una meta, le alumbra una esperanza real: Cristo ha estado en este mundo y lo ha anunciado a todos aquellos que le quieren escuchar: “¿Qué debemos hacer? Jesús les dijo: La única obra que Dios quiere que hagan es que crean en quien Él ha enviado” (Juan 6:28-29). Esa es la obra provechosa. Creer en Él y tener vida con sentido, con provecho. “¿Qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero pero pierdes tu propia alma? ¿Hay algo que valga más que tu alma? (dicho por Jesús, en Mateo 16:26).