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lunes, 5 de febrero de 2018

Si existe Dios ¿por qué permite las guerras, el hambre, el sufrimiento de los niños, etc.?

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El sufrimiento y la existencia del mal son dos de las principales objeciones de las personas contra la existencia de Dios. Es normal que cuando se sufren catástrofes, especialmente generadas por las inclemencias del tiempo y muy especialmente cuando fruto de esas catástrofes hay miles de muertos, surja la misma pregunta: “¿Dónde estaba Dios en esos momentos?” Cuando se está en la piel de los que han vivido este tipo de situaciones se llega fácilmente a la conclusión de que una cosa es hablar del sufrimiento y otra es vivirlo. Hay que tener mucha sensibilidad y cautela para hablar de estas cosas con la persona que acaba de sufrir una pérdida; si esa pérdida es causada por una catástrofe natural, o por algo que consideramos una “injusticia” macabra de la vida (asesinato, accidente de tráfico contra un conductor suicida o con un alto grado de alcohol o drogas, derrumbamiento por una construcción deficiente, etc.), es fácil escuchar comentarios del tipo del publicado por el filósofo J. L. Mackie en su libro "The Miracle of Theism” (Oxford, 1982): “Si en verdad existe un Dios bueno y poderoso, no permitiría la existencia del mal absurdo, pero, a la vista de la existencia en el mundo de un mal sin sentido y sin justificación, está claro que el Dios bueno y poderoso de la tradición no existe. Puede que haya o no un Dios, pero desde luego no va a ser el Dios tradicional del cristianismo que siempre se nos ha presentado.” Ante argumentos de este tipo, Timothy Keller responde: “Si con la mente no nos es posible penetrar en las profundidades del universo para dar con buenas razones que nos lleven a entender el sufrimiento, será entonces ¡que no las hay! ¡Patente muestra de fe ciega donde las haya!”
Este tipo de tragedias que producen grandes pérdidas y en consecuencia grandes sufrimientos, sumadas a las injusticias, hambrunas, las que afectan a los niños y a las personas más débiles, son un gran problema para los que creemos en la Biblia pero son todavía un problema mayor para los que no creen. C. S. Lewis, el gran novelista y académico autor de “Las crónicas de Narnia”, escribió mucho sobre este tema hasta el punto de dejar constancia en su testimonio de que llegó a rechazar la idea de Dios por la crueldad de la existencia, pero esta decisión suya todavía le generó más dudas y preguntas sin resolver cuando abrazó el ateísmo llegando al final a darse cuenta de que el sufrimiento proporcionaba mejores argumentos para la existencia de Dios que lo contrario. En su libro “Mere Christianity” (Macmillan, 1960), escribe: “Mi argumento en contra de la existencia de Dios había sido que el universo parecía comportarse de forma cruel e injusta. Pero ¿de dónde procedía esa noción mía de “justo” e “injusto”?... y ¿en base a qué calificaba yo el universo de injusto”… Una posible salida era renunciar sin más a mi noción particular de lo justo. Pero, de así hacerlo, mi argumento en contra de la existencia de Dios se derrumbaba – y ello por depender mi argumentación de que el mundo fuera real y objetivamente injusto, y no tan solo una opinión mía… De lo que ineludiblemente se sigue que el ateísmo es una opción simplista.” 
Es evidente que las tragedias, injusticias y el sufrimiento de todo tipo nos afecta a todos por igual pero la realidad del sufrimiento no es una evidencia de la existencia o no existencia de Dios, porque, desde el punto de vista de los que sí creemos en Dios, el hecho de pensar en rechazar la existencia de Él hace todavía más grande el problema de la existencia del mal y la manera de resolverlo.
Es evidente que buena parte del sufrimiento es por culpa del propio ser humano: el cambio climático, la deforestación, la contaminación, el egoísmo incontrolado, etc. etc., nos señalan directamente como generadores de maldad, de corrupción y de generar sufrimiento a otros. Y si pensamos en Dios, se da la paradoja de que aunque el sufrimiento no es bueno, muchas veces Dios lo usa para bien y la Biblia está llena de ejemplos (José, Job, Jesús…) Añado unas palabras del filósofo Peter Kreeft: “El Dios del cristianismo experimentó por voluntad propia el sufrimiento y la acción del mal en el mundo en la persona de Jesucristo. Y aún cuando el cristianismo no da una respuesta directa e inmediata en cada caso particular de sufrimiento, pone a nuestra disposición recursos de hondo calado para poder hacer frente al sufrimiento de forma esperanzada y con valentía, en vez de dejarnos llevar por la amargura y desesperanza.”
Esto nos lleva a ver que Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento sino que todo lo contrario. Como escribió Kreeft, cuando Dios se hizo hombre experimentó en su propia carne el sufrimiento humano y es un claro ejemplo y modelo para que nosotros, los cristianos, nos identifiquemos con el dolor del que sufre. Es en “esos momentos” cuando el acompañamiento puede ser más importante que las palabras.
Pero por otro lado, el sufrimiento puede llevarnos a una comunión más íntima con Dios (no a un alejamiento). Porque es en esos duros momentos cuando experimentamos el consuelo de Dios: “Dios es nuestro Padre misericordioso y la fuente de todo consuelo” (2 Corintios 1:3). Hay una afirmación muy interesante en el libro de Lamentaciones de Jeremías: “El Señor no se complace en herir a la gente o en causarles dolor” (cap. 3:33). Por el contrario y como he dicho antes, en todo caso, usa el sufrimiento para el bien. Hay un texto muy conocido por los creyentes que dice: “Sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que Él tiene para ellos.” (Romanos 8:28). ¿Cuál es ese propósito? Lo dice en el verso siguiente: “Los eligió para que llegasen a ser como su Hijo”. Para los cristianos, seguidores de Cristo, creyentes en Dios, usa el sufrimiento para dar forma a nuestro carácter para que sea más semejante al de Cristo. Uno de los ejemplos que he mencionado es el de José en el Antiguo Testamento, y cuando leemos la historia, nos anima especialmente las palabras que tiene a la conclusión de la misma, cuando dice: “Ustedes se propusieron hacerme mal, pero Dios dispuso todo para bien. Él me puso en este cargo para que yo pudiera salvar la vida de muchas personas.” (Génesis 50:20). Esto podía llevarnos a otra conclusión: Dios sí quiere hacernos el bien a nosotros los que sufrimos pero aún más allá quiere hacer bien a mucha gente a través de ese sufrimiento.
Además, la Palabra de Dios nos da un mensaje de esperanza: el sufrimiento no durará para siempre. Cristo ha resucitado y esa es nuestra garantía como cristianos de que Jesucristo ha vencido a la muerte y al mal y un día ese triunfo será visible. Como dice Pedro en su carta, el sufrimiento es por un poco de tiempo, comparándolo con la eternidad, o como dice el apóstol Pablo, se trata de una tribulación leve y momentánea comparada con la gloria que durará para siempre y que es de mucho más peso que las dificultades (2 Corintios 5:17). La resurrección de Jesús nos permite relativizar el peso y la duración del sufrimiento, sabiendo además que cuando estemos pasando una prueba difícil, al final el Señor es bueno porque está lleno de ternura y misericordia.

viernes, 24 de julio de 2015

El carácter de Dios

Colaboración de Manuel José Díaz Vázquez
"Gloria y hermosura es su obra, y su justicia permanece para siempre. Ha hecho memorables sus maravillas; clemente y misericordioso es Jehová" (Salmo 111:3-4)
"Bienes y riquezas hay en su casa, y su justicia permanece para siempre. Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos; es clemente, misericordioso y justo." (Salmo 112:3-4)
gloria hermosura es su obra su justicia permanece para siempre

Se dice por los comentaristas bíblicos que estos dos salmos, el 111 y el 112, conforman una unidad. Y bien pudiera ser; baste observar alguna simetría: que ambos poseen diez versículos, que están escritos en acróstico como el salmo 119, esto es, que cada línea comienza con una letra del alfabeto (alefato) hebreo, así, por ejemplo, la línea gloria y hermosura es su obra, que es la quinta línea, correspondería, si contamos desde el principio del salmo, a la letra Hé, que es la quinta letra del alefato (lo mismo ocurre con el salmo 112). En nuestras Biblias habituales esta división no aparece, pero en otras se manifiesta (en este caso está recogido el apunte de una Biblia textual, en concreto de la Holman). 
Todo esto sirva de marco introductorio, ya que lo que realmente nos importa es el contenido. Y es notorio, sobre todo en estos versículos de la porción escogida, el paralelismo entre estos dos salmos. Fijémonos un poco más: leamos de nuevo el versículo 3 del 111: Gloria y hermosura es su obra, y su justicia permanece para siempre. Y ahora el 3 del 112: Bienes y riquezas hay en su casa, y su justicia permanece para siempre. 
Hagamos lo mismo con el versículo 4 de ambos salmos: Ha hecho memorables sus maravillas; clemente y misericordioso es  Jehová. Y Resplandeció en las tinieblas la luz a los rectos; es clemente, misericordioso y justo. 

Hemos subrayado la parte que es literal en ambos salmos y con ello vamos a resaltar algo que es de suma importancia, sino vital, en el verdadero creyente y que podríamos señalar de la siguiente manera: el cristiano participa del carácter, de las virtudes de su Padre celestial. Nuestro Padre es justo, clemente y misericordioso, como se nos indica en el salmo 111 (y en otras partes de la Escritura), ya que el salmo habla de cómo es Jehová y de lo que hace. Y en el salmo 112 se nos indican las características del hombre que teme a Jehová (indica relación, comunión), de cómo es y de lo que hace, en base al respeto y deleite que tiene en la Palabra de Dios y que es, a su vez, el fundamento de su prosperidad, primeramente espiritual y luego material.
Lo que queremos recalcar sobremanera es que si el Señor es clemente, misericordioso y justo, así deben de ser sus hijos. Dice nuestro Salvador y Señor Jesucristo en Juan 14:9 “… El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…”. ¿Está hablando del aspecto físico? No, se trata de conocimiento espiritual, de Su ser, de Su carácter, de Su modo de comportarse… Si nosotros estamos en Cristo, y Él vive en nosotros por medio del Espíritu Santo, tenemos que ser, pues, reflejo de esta personalidad, mostrar, en Él, el genuino carácter de Dios, ni más ni menos…
¿Cómo se produce esto? Vamos a utilizar una referencia que nos puede ayudar a aclararlo, una palabra que se encuentra en el salmo 112, versículo 4: Resplandecer, y leamos en Éxodo 34: 29-30, “Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después de que hubo hablado con Dios. Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él.”
¿De dónde surge el resplandor? ¿De Moisés mismo? No, surge de Dios, es el origen, ya que Dios es el resplandor mismo, la luz; al estar con Él, Moisés, se contagia, por decirlo de algún modo, de la esencia de Dios y la refleja. Así sucede con el cristiano. Es en la comunión íntima con su Padre, mediante la oración recogida, la lectura atenta de su palabra, donde va adquiriendo aspectos de Él, y observemos, como le pasó a Moisés, que no es consciente de lo que sucede (… no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía…), pero sí los demás (Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente…).

Si vivimos en comunión íntima con Nuestro Padre en el Señor Jesucristo, inconscientemente reflejaremos virtudes (pensemos en el fruto del Espíritu de Gál.5:22-23 por ejemplo), de su carácter y serán los demás los que vean que algo está pasando…
Para finalizar, recordemos otra porción, Hebreos 1: 2-3, donde se nos recuerda  la unidad del Padre y del Hijo, “… el Hijo… siendo (es) el resplandor de la gloria de Dios, y la imagen misma de su sustancia…”, así pues, reflejamos también el carácter del Hijo, porque ambos, Padre e Hijo tienen una misma sustancia. Y se demuestra, al mismo tiempo, que es imposible, reflejar a Dios sin Jesucristo, ya que éste es el resplandor de su gloria. No puede haber resplandor sin Cristo.
Demos gracias a nuestro Padre por su palabra, y miremos continuamente a su Hijo Jesucristo, para reflejar su carácter en nuestra vida diaria, porque Él es verdaderamente la luz del mundo.
Manuel José Díaz Vázquez

** Manuel es un siervo del Señor que se congrega en la Iglesia de la calle Sartaña en Ferrol (A Coruña). Es autor de las novelas "Queso fresco con membrillo", "A las vacas de la señora Elena no les gusta el pimiento picante" y "La calavera de Yorick" (Ediciones Atlantis).

domingo, 21 de julio de 2013

PENSAMIENTOS

“En cuanto a lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna, si hay algo que merece alabanza, en esto pensad.” (Filipenses 4:8)

pensar en todo lo que es verdadero, justo, puro, honorable, amable
¿Podemos controlar nuestros pensamientos? Cuando el apóstol Pablo escribió la carta a los filipenses, entre otras cosas, les envió este consejo acerca de la vida del pensamiento. ¡Qué contraste ¿verdad? para los tiempos en que vivimos! Lo honorable, lo que es de buen nombre… suena a tiempos  lejanos, suena a costumbres perdidas. Bueno, esta carta se cree que fue escrita entre los años 60 y 63 d. C., pero, como está escrita inspirada por el Espíritu Santo de Dios, podemos decir que es atemporal porque lo que está escrito en ella, aunque en principio iba dirigida a los cristianos filipenses, hoy va dirigida a todos los verdaderos cristianos, los que han creído en Cristo de verdad y quieren vivir como cristianos, esto es, seguidores de Jesús.
Pero, ¿podemos conseguir pensar solamente de la manera que nos aconseja este texto en el tiempo que nos ha tocado vivir? Muchas veces mi mente se llena de las cosas que no quiero y lucho para conseguir quitarlas de ella porque me llevan a otra época y a otras situaciones que he dejado atrás, con las que ya no quiero tener nada, pero, sin embargo, vienen a mi mente.
En otras ocasiones, consciente o inconscientemente, provoco que la mente se llene de cosas distantes u opuestas a las del consejo de Pablo. ¿Cómo? Pues con una película, un programa de tv, un debate en la radio, un artículo en la prensa. Hay mil “entradas” a nuestra mente que buscan exactamente lo contrario a “todo lo puro”. Los psicólogos están de acuerdo en los peligros que arrastran los ‘pensamientos negativos’ y en este consejo lo que vemos es una invitación a pensar positivamente.

jueves, 4 de octubre de 2012

CONDUCTAS

Es impresionante la cadena de noticias que generan los juicios que se están celebrando en este país a causa de la corrupción. Son tan numerosos que nos hemos acostumbrado, y lo peor, nos hemos insensibilizado y pasamos de puntillas por la noticia porque, nos hemos aburrido de hacer comentarios que, en nuestro pobre conocimiento popular, sospechamos acertados pero que, si los analizásemos fríamente, llegaríamos a la conclusión de que sí, la conciencia del hombre está cauterizada de tal forma que ya no se miden los riesgos, ni las consecuencias de robar, mentir, engañar, porque, finalmente “no pasa nada”.
Hoy he leído: “No te impacientes a causa de los malhechores, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad, porque como la hierba pronto se secan y se marchitan como el pasto verde.” (Salmo 37:1-2).
¿Envidia?, pensé. Claro, normalmente se tiene envidia de los que “viven bien” (aparentemente) porque tienen cosas, las lucen delante de los demás, a veces hasta son famosos del mundo (de la farándula o del mundo a secas). Producen envidia en la gente que lo pasa realmente mal. No solo porque tengan cosas, sino porque cuando los detienen y les acusan de haberse apropiado de lo ajeno, casi siempre de muchos miles de euros, usando esos euros robados u otros que ya tenían, se pagan unos abogados que cobran mucho dinero y que los sacan a los “dos días” de las manos que se suponen que les tienen que administrar justicia y se asoman a nuestras pantallas televisivas con una gran sonrisa asegurando que son totalmente inocentes mientras no se demuestre lo contrario. Producen también envidia porque, curiosamente, nunca devuelven lo presuntamente robado, aunque se trate de cantidades que no sabemos ni manejar, ni valorar, por lo excesivas.

Ante estas escenas que ya se están convirtiendo en cotidianas, el pueblo llano, asustado porque no comprende tamañas atrocidades, exclama resignado: “¡No existe justicia en el mundo!” El salmista vuelve a insistir al respecto: “No te alteres con motivo de los que prosperan en su camino, por el hombre que hace maldades. Deja la ira y abandona el enojo; de ninguna manera te apasiones por hacer lo malo.” ¿Por qué nos dice Dios esto? Es fácil que viendo lo que vemos, alguno pueda angustiarse ante lo duro de su situación y decida hacer algún “pequeño robo” (principio de “grandes”), viendo la prosperidad del que nosotros (y Dios), consideramos malvado. Si a ellos no les “pasa nada”, podemos argumentar, por qué me va a pasar a mí, si además “sólo” he robado para comer.

jueves, 9 de febrero de 2012

Que todo cambie

Hace unos meses tuve la oportunidad de visitar a los “indignados” en la Puerta del Sol en Madrid y, por motivos de trabajo, también conocí la acampada en la Plaza de España de Barcelona. Simpatizo con el manifiesto que publicaron porque está lleno de buenas intenciones. Por aquellas fechas, cuando el llamado “Movimiento 15-M” era ‘la novedad’, publicaron un reportaje en el periódico en el que se recogían frases y razones de personas implicadas en ese movimiento. Cosas como:
“Espero… que todo cambie.”
“Estamos cansados de tanta manipulación, engaño y robo…”
“Apoyo este movimiento para que el sistema cambie…”
“Estamos aquí (comentaba una pareja con sus dos hijos), para luchar por nuestros derechos y por un futuro para nosotros y nuestros hijos…”
Las dos acampadas estaban llenas de carteles a cual más ingeniosos. En Madrid leí uno muy simpático: “Si viene la policía, cojo una bolsa con uvas y disimulo…”

Esto no es nuevo. A lo largo de la historia ha habido miles de movimientos con el mismo objetivo: Que todo cambie. Muchas mejoras sociales se consiguieron para los trabajadores con este tipo de movimientos, mejoras que hoy nos parecen normales, como trabajar 8 horas diarias, tener Seguridad Social, librar (los que libran) los fines de semana, vacaciones, permisos, etc. etc., mejoras que para conseguirlas costaron muchas luchas y, a veces, hasta vidas.
Pero también a lo largo de la historia podemos comprobar que el mundo está lleno de injusticias, que hay gente que tiene tantas riquezas que despilfarra el dinero mientras que otros se mueren de hambre; que hay gente que roba millones y no visita ni una cárcel, mientras que otros por robar para comer, son inquilinos asiduos de los “hoteles con rejas”; que hay gente que los echan de sus casas por no poder pagarlas, aunque demuestren que no pueden, o que son ancianos, o enfermos, y tienen que cargar con sus humildes pertenencias en negras bolsas destinadas a la basura y “quedar en la calle” por orden de una ley dictada por los hombres…

El hombre siempre está intentando “que todo cambie” pero no lo consigue ¿por qué? Los que dicen “creer en el hombre” auguran que con el tiempo, la cultura (la ciencia), la civilización, el hombre conseguirá alcanzar una vida mejor y más justa. Según Dios, por lo que leemos en la Biblia, sólo hay una cosa que puede cambiar el corazón del hombre, porque, pensemos lo que pensemos, el hombre de hoy tiene un corazón exactamente igual que los que miró Dios hace 4 ó 5000 años cuando dice “que toda tendencia de los pensamientos de su corazón era de continuo solo al mal” (Génesis 6:5).
Enseguida surge el comentario: “Muy bien, si Dios nos ha creado y los pensamientos de nuestro corazón son de continuo al mal, ¡Dios nos ha hecho mal!” No es esto lo que podemos leer en el relato de la Creación donde afirma que Dios nos hizo buenos, inocentes, ¡libres! pero que usando nuestra libertad, preferimos ir solos, sin Dios y cuando le desobedecimos y le retamos orgullosamente “¡No te queremos con nosotros!”, el pecado entró en nuestros corazones y… hasta hoy.

Pero en ese mismo capítulo 6 de Génesis hay un atisbo para la esperanza: En medio de esa mirada de Dios a la humanidad descubriendo nuestra tendencia a preferir el mal, aparece un personaje, un hombre, Noé, del que dice que era “justo y cabal” y además “Noé caminaba con Dios” en el sentido antropomórfico de la expresión, Noé seguía y obedecía a Dios. ¿Cómo invita Jesús a la gente? “Niégate a ti mismo, toma tu cruz cada día y… ¡sígueme!” Y los discípulos seguían a Jesús, andaban con Él. Y a los ‘cristianos’ se les llama así porque siguen a Cristo.
Seguimos a Cristo porque es nuestro Señor por que Él ha cambiado nuestro corazón, cambio clave para “que todo cambie”. Jesús restaura la amistad que hemos perdido con Dios. Él envió a su Hijo para eso. Dios quiere ser nuestro Padre, hablarnos como nuestro Padre, cuidarnos y enseñarnos como tal. Jesús le dijo al erudito Nicodemo: “A menos que uno nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.” Y ese “nacer de nuevo” implica ser esa nueva persona igual a la que Dios creó al principio de esta Historia del Mundo, que “se paseaba con Dios por el huerto”, como después lo hizo Noé, como luego lo hicieron los que creyeron a Jesús, como ahora lo hacemos los que hemos decidido, con su ayuda, negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz diaria y seguirle. El fruto de ese corazón renovado por Cristo, son las buenas obras. ¡Ah si todos los hombres le pidieran a Dios que renovara su corazón! Pero, tristemente, todos no lo desean y, cuando llegue el final, Dios les dirá: “¿Queréis vivir sin mi? Pues muy bien, ya lo habéis conseguido.”