miércoles, 2 de septiembre de 2020

Tormenta a la vista

Cuando vemos asomar esas nubes negras en el horizonte, los presagios no son nada buenos, vemos la

amenaza y nos encogemos instintivamente adivinando el frío que vamos a tener… Esa es la sensación del cuadro que vemos actualmente: pandemia, economía mundial tambaleándose, falta de recursos, necesidades básicas que no se cubren, “las colas del hambre”… Vulnerabilidad: “Cualidad de lo que es vulnerable.”, dice el diccionario. Vulnerable: “Que puede ser vulnerado o dañado física o moralmente.”, insiste. Dañados físicamente ya estamos y moralmente también, aunque sea solo por cansancio. Depresiones, tristeza, pesimismo, ansiedad, son muchos los síntomas de los que oigo hablar fruto de la inseguridad, el miedo y el descubrir que somos más vulnerables de lo que creíamos al sentirnos amenazados por un enemigo invisible, microscópico, que se ha revelado como un enemigo de proporciones gigantescas y letales.

Los creyentes buscamos en la Palabra de Dios referencias a las que agarrarnos, revelaciones que sólo podemos conocer porque Dios quiere que lo sepamos; y es así como en el Salmo 11 puedo leer en el verso 4: “Pero el Señor está en su santo templo; el Señor aún gobierna desde el cielo.” En la versión de la Reina Valera, dice en la segunda frase: “Jehová tiene en el cielo su trono”. ¿Sabes que significa esto para mí? Seguridad, firmeza, garantía, esperanza, consuelo, certeza de que el trono de Dios en los cielos es inquebrantable. Me trae al pensamiento la parábola de Jesús sobre los dos cimientos: el que construyó su casa sobre la arena y el que la hizo sobre la roca. Dijo Jesús: “Aunque llueva a cántaros y suban las aguas de la inundación y los vientos golpeen contra la casa, no se vendrá abajo porque está construida sobre un lecho de roca.” [NTV] La inundación y los vientos impresionan; nunca los he vivido en persona pero se ven muchos vídeos en los noticieros cuando hay algún desastre climatológico de esta envergadura y es impresionante ver la fuerza que pueden desarrollar los elementos cuando están alterados de esta manera. La inundación y los vientos descubren nuestra vulnerabilidad y en esta parábola Jesús los usa para representar a la depresión, la tristeza, el pesimismo, las malas noticias. No quiero decir con esto que un creyente no pueda sufrir alguno de estos ataques; evidentemente sí. Jesús nos avisó: “Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas” (Mateo 16:33). Pero dijo a continuación: “Pero anímense, porque yo he vencido al mundo.” ¿Y eso que significa si estoy pasando por una inundación de ese calibre? Que en medio de la tormenta, si confiamos en nuestro Dios y Salvador, él nos promete paz en medio de nuestras aflicciones. Así nos lo dice una y otra vez en Su Palabra: “Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque Él cuida de ustedes” (1 Pedro 5:7). Podríamos extendernos en el tema porque da mucho de sí; podríamos hablar de Job, de todo lo que le pasó y lo que sufrió, pero solamente me voy a detener en algunas de las cosas que dijo en medio de toda la tormenta que le asolaba: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo estaré cuando me vaya. El Señor me dio lo que tenía, y el Señor me lo ha quitado. ¡Alabado sea el Nombre del Señor!”; “¿Aceptaremos solo las cosas buenas que vienen de la mano de Dios y nunca lo malo? A pesar de todo, Job no dijo nada incorrecto”; “Pero en cuanto a mí, sé que mi Redentor vive y un día por fin estará sobre la tierra. Y después que mi cuerpo se haya descompuesto ¡todavía en mi cuerpo veré a Dios! Yo mismo lo veré con mis propios ojos. ¡Este pensamiento me llena de asombro!” (Job 1:21; 2:10; 19:25-27). Las palabras y la actitud de Job nos enseñan que aunque las cosas se vean imposibles y super difíciles, nos queda Dios, que siempre estará con nosotros como nos ha prometido. Amén.

domingo, 16 de agosto de 2020

Cierro paréntesis

Ha sido un paréntesis que no me había propuesto. Sí, desde junio no me he asomado a esta página. Se han juntado algunas cosas, especialmente las relacionadas con la Covid-19; el cambio de todo lo que me rodea ha afectado mi iniciativa, mi deseo de crear y luego el verano y las vacaciones: este año ha sido todo distinto, desde la programación hasta el disfrute, todo condicionado, empezando por el uso de las mascarillas hasta las medidas de distanciamiento, las precauciones al encontrarse con los familiares queridos, las precauciones para ir a la playa, las privaciones de las precauciones: no hay abrazos ni besos con los padres que no ves desde hace meses, no hay reuniones en los templos, no hay encuentros con hermanos en la fe queridos…

Las medidas sanitarias nos han obligado a socializar por las redes. Como ya comentaba en el anterior artículo, allá por junio, los cultos y las reuniones de la iglesia las estamos celebrando online y ¡gracias a Dios que nos da estos medios! Pero se nota el peso de la distancia…

Estamos a mediados de Agosto de este inolvidable año y vivimos en primera persona la realidad de los rebrotes ¡cuando teníamos la esperanza de que el calor veraniego menguara tanto daño! Pero la cruda realidad es que estamos de nuevo amenazados por un nuevo confinamiento. El contacto con personas amadas me va a obligar a pasar la prueba PCR esta semana que entra; me encuentro muy bien, no tengo síntomas de nada (¡gracias a Dios!), pero he estado en contacto con familiares que recibirán su resultado mañana y si es positivo (ellos sí tienen síntomas), no me queda otra alternativa. Lo que es evidente es que no hay buenas perspectivas para esa ‘nueva normalidad’ por lo que tenemos que volver al teclado y a la pantalla como un buen medio de comunicación casi obligado pero muy necesario, dadas las circunstancias. Por eso quiero cerrar este “paréntesis no propuesto” y retomar el blog casi como una terapia de desahogo, como una forma de soltar esa adrenalina contenida por un microorganismo que nos ha trastornado la vida sin contar con ello.

En las noticias de hoy, he escuchado el relato de dos asesinatos: el comentario que oí a continuación me llamó la atención: “La situación actual causada por el Coronavirus está haciendo mucho daño en las personas provocando estrés, depresión y reacciones de este tipo.” Puede que sí, pero los asesinatos ya se producían antes de que llegara este virus y se achacaba a otras cosas. Algunas veces he escrito aquí la razón que da la Biblia en palabras de Jesús: “Del corazón salen los malos pensamientos, el asesinato, el adulterio, toda inmoralidad sexual, el robo, la mentira y la calumnia. Estas cosas son las que contaminan.” (Mateo 15:19-20). Si se pudiese cambiar el corazón de las personas, desaparecerían este tipo de noticias. ¿Quién puede hacer ese cambio? Dios. ¿Te parece increíble? El mundo ha estado y está lleno de ejemplos vivientes de personas cambiadas al tener un encuentro personal con Dios. Tendríamos que escribir una trilogía con volúmenes bien gordos si quisiésemos recopilar las historias de aquellos que las quisiesen compartir y aún así nos faltaría espacio y tiempo para escribirlas. Ésta es la afirmación que encontramos en la segunda carta de Pablo a los corintios: “Todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado! Y todo esto es un regalo de Dios, quien nos trajo de vuelta a sí mismo por medio de Cristo. Y Dios nos ha dado la tarea de reconciliar a la gente con Él.” (2 Corintios 5:17-18). Estas palabras son la constatación de la maravillosa realidad que supone restablecer la relación con Dios, nuestro Creador, por medio de Su Hijo Jesucristo. El pecado que habita en cada uno de nosotros nos impide relacionarnos con Dios porque Dios no puede ver el pecado, no puede tener relación con él porque Dios es santo hasta lo sumo. Esa es la razón que Jesús quisiese morir en esa terrible cruz para pagar el precio de nuestros pecados, de manera que quién acepta esto, se arrepiente y cree que Jesús es nuestro Salvador, como dice la Biblia “nace de nuevo”, vuelve a relacionarse con Dios hasta el punto de que nos acepta como sus hijos y comenzamos una nueva vida, como hemos leído, siendo transformados de día en día por medio del Espíritu Santo que pasa a vivir en nuestro corazón. Éste es el medio, ésta es la solución que Dios nos ofrece, solo tienes que creerle ¿Cómo? Muy sencillo: pídeselo, habla con Dios, ruégale que te cambie, que cambie tu corazón, que entre a vivir en tu vida, que te muestre el amor de Jesús; pídele perdón por tus pecados y entrégale tu vida. Comprobarás por ti mismo que “la vida antigua ha pasado”. Luego lee la Biblia: “No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” La Palabra de Dios es el alimento que necesita el recién nacido: Ella te va a fortalecer y hacer crecer en el conocimiento de Dios y de Su Hijo Jesucristo.

¡Que Dios te bendiga!

viernes, 19 de junio de 2020

Intercesión

interceder, oración, sacerdotes ante Dios¿Cómo respondemos los creyentes ante la crisis del Covid-19? Hemos reaccionado bien ante el
impedimento de poder reunirnos en nuestros locales; hemos aprendido a tener reuniones por videoconferencia utilizando los medios que nos ofrece la tecnología, incluso hemos comprobado que es un buen sistema para seguir haciendo reuniones del tipo administrativo sin tener que desplazarse por lo que posiblemente las adoptemos para solventar reuniones de consejo de iglesia o similares (¡de algo ha servido el confinamiento!), y en esas reuniones se ha reforzado la seguridad de que nuestro Dios y Padre está detrás de todo lo que sucede por lo que una de las frases más repetidas entre nosotros en este tiempo ha sido: ¡Dios tiene el control!
Es verdad que no sabemos las razones que Dios nuestro Señor ha tenido para permitir esta pandemia, como contestó Jesús a sus discípulos cuando le preguntaron si iba a restaurar el reino: “…a ustedes no les corresponde saberlo”, de hecho los pensamientos del Señor no son nuestros pensamientos, a veces nos deja saber los motivos y muchas otras no. Sí hemos intuido algunas cosas que los mismos pensadores seculares comentan: hemos reconocido nuestra vulnerabilidad; hemos aprendido que no somos tan fuertes ni estamos tan preparados para lo desconocido como pensábamos; se ha avivado el temor a la muerte aunque también se ha disimulado bastante; y los creyentes hemos vuelto a recordar que mientras vivamos en este mundo caído, tenemos que sufrir como los demás las enfermedades, los dolores y la necesidad con la diferencia de que sabemos que nuestro Dios no nos va a desamparar porque Él es fiel y misericordioso.
Como creyentes ¿cuál es nuestra responsabilidad ante situaciones de crisis como ésta? Lo primero es que tenemos una labor sacerdotal de intercesión delante de Dios: podemos acercarnos al trono celestial confiadamente como leemos en Hebreos: “Acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios”, y allí pedir por la intervención divina igual que se ha hecho en otras ocasiones ante amenazas tan terribles como las guerras, inundaciones, terremotos o cualquier otro tipo de desastre natural. Los verdaderos creyentes han orado a Dios con fervor antes este tipo de situaciones y no solamente han orado, también han apoyado solidariamente con ayudas personales y materiales allí donde ha sido necesario.
¿Tenemos ejemplos en la Biblia? El primero que me viene a la mente es Moisés: una de las escenas más conocidas es cuando Moisés baja del monte Sinaí con las tablas de la Ley y se encuentra con el pueblo entregado a la idolatría ante la imagen de un becerro fundido en oro; ese día ya murieron 3.000 personas; la reacción de Moisés fue inmediata: “Al día siguiente, Moisés dijo a los israelitas: “Ustedes cometieron un terrible pecado, pero yo subiré de nuevo al monte a encontrarme con el Señor. Quizá pueda lograr que Él les perdone este pecado.” (Éx.32:30); Moisés intercedió por el pueblo con gran pesadumbre porque en este caso la mortandad fue producto de su pecado, desobediencia y provocación a Dios mismo.
Hubo más ocasiones en las que Moisés tuvo que intervenir en oración ante Dios: el libro de Números en su capítulo 14, registra otro momento en el que el pueblo escucha el informe de los espías que han ido a mirar cómo era la tierra prometida de Canaán; su reacción fue totalmente desproporcionada, demostrando una falta de fe total en Dios y deseando volver a su situación de esclavitud en Egipto: “Entonces conspiraron entre ellos: “¡Escojamos a un nuevo líder y regresemos a Egipto!”. (Núm.14:4). Inmediatamente Moisés y Aarón “cayeron rostro en tierra”, mientras que los sublevados querían apedrear a Josué y a Caleb; las palabras de Dios son impresionantes así como la nueva intercesión de Moisés apelando al “magnífico e inagotable amor” de Dios: “Y el Señor le dijo a Moisés: “¿Hasta cuándo me despreciará este pueblo?¿Nunca me creerán, aún después de todas las señales milagrosas que hice entre ellos? Negaré que son míos y los destruiré con una plaga. ¡Luego te convertiré en una nación grande y más poderosa que ellos!”… “En conformidad con tu magnífico e inagotable amor, por favor, perdona los pecados de este pueblo, así como lo has perdonado desde que salió de Egipto.” (Núm.14:11-12, 19).
El ejemplo de Moisés como modelo de intercesión por su pueblo, nos devuelve a la pregunta que he planteado antes: ¿cuál es nuestra responsabilidad ante situaciones de crisis como ésta? Lo primero es que tenemos una labor sacerdotal de intercesión delante de Dios: Podemos pedir a Dios que tenga misericordia de las personas ante esta terrible pandemia; para Él no hay nada imposible (Lucas 1:37) y, si estuviese en Su Voluntad, puede perfectamente detener este virus.
Podemos pedir para que las investigaciones para conseguir una vacuna o medicamentos que sean efectivos, llegue a buen puerto. Que las empresas dejen a un lado la competitividad y se centren en servir a la humanidad con resultados que busquen la salud de la gente y no el enriquecimiento. Podemos unirnos como Pueblo de Dios para interceder en oración para que el Señor obre, no solo en la salud de las personas sino también en sus mentes y en sus corazones para que reaccionen ante la realidad de nuestra debilidad, de nuestra vulnerabilidad y busquen a Dios en tanto puede ser hallado, ya que se encuentra más cerca de nosotros de lo que imaginamos (Isaías 55:6-8).

viernes, 5 de junio de 2020

De Él, por Él y para Él.

Varias veces he comentado que detrás de todo está Dios. No solo está detrás de todo, sino que también podemos afirmar que está encima de todo. Claro, no podría decir eso si Dios no lo hubiese dicho, pero lo ha dicho y por eso podemos afirmarlo (Romanos 11:36).
En tiempos como los que nos ha tocado vivir, afirmar que Dios está detrás de todo y por encima de todo da pie a muchos comentarios despectivos sobre el amor y el poder de Dios. No voy a entrar ahora en ese debate, porque ya lo he comentado anteriormente. Pero sí quiero afirmar y corroborar que Dios está por encima de todo en base al texto mencionado: “Pues todas las cosas provienen de Él y existen por Su poder y son para Su gloria. ¡A Él sea toda la gloria por siempre! Amén” (Romanos 11:36 NTV). Este versículo pone fin a los capítulos 9 al 11 de Romanos en donde se nos explica que Dios cumplirá perfectamente Su plan y Sus promesas. Esto para los creyentes es un soplo de vida, de esperanza, gozo y paz porque nos recuerda una vez más que si estamos de parte de Dios, Él está de parte nuestra y no tenemos nada que temer.
En la ‘Biblia del pescador’ comenta así este versículo: “Dios es el principio de todo y le da propósito a la creación, incluido al ser humano.” ¡Qué respuesta a tantas preguntas en una sola frase! Dios… principio… todo… propósito…
Volviendo al texto de Romanos, la versión de la Reina Valera lo traduce así: “ Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén.”  ¿A quién se está refiriendo? Por el contexto, vemos que se refiere a Dios: “Porque Dios…” (vs.32); “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ...” (vs.33); “Porque ¿quién entendió la mente del Señor? …” (vs.34). Hay otro texto muy parecido que se refiere al Señor Jesucristo; está en Colosenses 1:16: “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él.”  Jesucristo es Dios, la segunda persona de la Trinidad, así que no hay error en las cartas de Pablo, ya que es a Jesucristo, el Hijo de Dios, a quién se le atribuye la creación, su sustento y su destino, ya que todo le pertenece.
Volviendo a Romanos 11:36, la primera afirmación que encontramos es que todas las cosas son de Dios. Todo cuanto existe es creador por Él por tanto todo le pertenece. Todo el proceso se sujeta a un Plan divino que, según se desprende por el relato del libro de Génesis, incluía al hombre y a la mujer, Adán y Eva, para que en buena camaradería, disfrutasen, no solamente de la misma presencia de Dios como un amigo en quien confiar, sino de todo lo creado. Pero el hombre y la mujer quisieron más, no les bastó con todo lo que Dios les ofrecía, escucharon a la Serpiente Antigua (como se le denomina a Satanás en otra parte de la Biblia), cayeron en su mentira, desobedecieron a Dios y consiguieron su enemistad y alejamiento por el pecado que introdujeron en la tierra. Pero Dios es omnisciente, no le cogió por sorpresa, sabía que esto iba a pasar y tenía reservado a un Cordero, su propio Hijo, tal y como nos dice 1 Pedro 1:19-20: “…fue con la preciosa sangre de Cristo, el Cordero de Dios, que no tiene pecado ni mancha. Dios lo eligió como el rescate por ustedes mucho antes de que comenzara el mundo, …”.
Por reconciliarse con nosotros, sus criaturas rebeldes, Dios no escatimó a Su propio Hijo, como leemos en Romanos 8:32: “Dios no se guardó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, …”.
Aunque no lo podamos comprender, esa entrega, la más grande demostración de amor, estaba dentro del Plan preconcebido en esa Asamblea santa (Padre, Hijo, Espíritu Santo), antes de la creación del mundo. Dios conduce todas las cosas. Todas las cosas, como leemos, son por Él: “Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten” (Colosenses 1:17).
Y como también se afirma, todo es para Él. No puede ser de otro modo: si todo lo creado es de Él, y subsiste por Él, todo tiene que ser para Él, Dios Creador, Rey y Soberano. El plan divino se cumplió, se cumple y se cumplirá conforme a Su tiempo y Su divino propósito. Lo maravilloso es que dentro de ese Plan estamos nosotros, los que hemos creído que Jesús ha muerto por nosotros, para salvarnos, para darnos la vida eterna y la reconciliación con Él, grande en misericordia y en bondad, lento para Su justa ira, la que le provoca el pecado y sus consecuencias.
Gracias a ese Plan, “Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16), Dios puede ahora recibir nuestra adoración. De distantes a cercanos, de contaminados a limpios, irreconciliables a reconciliados, de extraños a hijos amados. Ese es el resultado del Plan divino. Y aún está todo por ver. Estos hombres y mujeres reconciliados formamos la Iglesia, la esposa de la que habla Apocalipsis, la Esposa del Cordero, Jesús, el Salvador de los pecadores será el Rey de Israel y reinará justamente en la tierra, de manera que todas las cosas le son sujetas hasta que Él mismo le entregue todo a Dios como profetiza 1 Corintios 15:28: “Entonces, cuando todas las cosas  estén bajo su autoridad, el Hijo se pondrá a sí mismo bajo la autoridad de Dios, para que Dios, quien le dio a su Hijo la autoridad sobre todas las cosas, sea completamente supremo sobre todas las cosas en todas partes.” Es un texto un tanto difícil de entender, aunque tampoco tenemos que ir mucho más allá de lo que el texto revela: el plan de Dios se va a cumplir en cada punto, al momento Jesucristo está haciendo digamos el trabajo de la restitución de todo bajo la autoridad que Dios Padre le ha concedido y lo que Pablo nos enseña aquí es que finalmente el Hijo entrega el reino en sujeción perfecta al Padre, restaurando todo en su plenitud, de manera que Dios sea todo en todos, todo el universo bajo la sujeción a Dios. Hasta que esa parte de la futura historia se complete, el camino a Dios es por medio de la fe en su Hijo Jesucristo, el único salvador y mediador, y así será hasta que se completa Su misión redentora y reconciliadora. En el Comentario Expositivo del Nuevo Testamento de Ernesto Trenchard se lee así a propósito de este final: “La sujeción del Hijo al Padre en el estado final de las cosas no supone que cesará de ser Mediador de toda la Creación – obra que le corresponde, como Verbo eterno, desde el principio de las obras de Dios- ni limita su función como Rey y Sacerdote según el orden de Melquisedec (Hebreos 7:21-25), ni quita un ápice del triunfo del Dios-Hombre (Filipenses 2:9-11). Solo se establece la debida jerarquía según el misterio de la Trinidad dentro de un orden en el que “Dios será todo en todos”, ya que el obstáculo del mal se habrá quitado para siempre.”

viernes, 8 de mayo de 2020

El reloj

Dios puso en la mente humana el sentido del tiempo
Mañana cumplo la octava semana de confinamiento a causa de la pandemia del coronavirus. Han pasado dos meses totalmente anormales, raros, tristes en noticias, diferentes en actividades, nulos en vida social, solo a distancia por medio de los adelantos que nos permiten tener una vídeo conferencia a través del móvil telefónico, algo impensable hace muy pocos años.
He tenido momentos muy apacibles en casa, cuando un libro y el silencio me ha permitido disfrutar del confinamiento obligado. Son momentos en los que se escucha el silencio: silencio en la casa, silencio en la calle. Esto ya no es posible: se ha terminado hace unos días, con el levantamiento de algunas de las restricciones; ahora ya hay más gente en la calle, más vehículos, más ruido. Pero todavía conservo en la memoria esos momentos de silencio en los que sólo se oye el pasar de una hoja del libro o el tic tac del reloj de mesa que tengo enfrente.
Ese reloj que avanza inexorable, entre el sonido del silencio se oye el sonido del reloj que me indica el tiempo que va pasando, el tiempo que transcurre casi a traición, casi no avisa, bueno, lo hace una vez al año, el 31 de diciembre, pero lo hace sin detenerse, apenas un suspiro y ya estamos en el año siguiente, el que nos hace un año más viejos, más mayores, más expertos, más resignados, más cerca del final… Sin embargo, aunque nosotros lleguemos al final, el tiempo no se detiene, tiene un caminar continuo, tic-tac-tic-tac…, impertérrito hacia su destino, un día deja paso a otro día: “Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin.” (Eclesiastés 3:11). Dios puso en la mente humana el sentido del tiempo: segundos, minutos, horas, días, meses, años. El tiempo está en nuestra mente y también se marca en nuestra piel: el espejo, cruelmente o no, nos señala con arrugas el paso infatigable del tiempo.
Curiosamente será un día (señal de tiempo), el tiempo se acabará: Dios es atemporal. Él no está sujeto a su creación, no existe desde que crea el universo. Él viene desde la eternidad y sigue en eternidad y todo lo ha hecho desde esa eternidad, por tanto el hecho de que Dios sea eterno lo hace atemporal hasta el punto de que todo el tiempo pasado, presente y por venir se encuentra a la vez delante de sus ojos “como el día de ayer”. La Biblia dice que para Dios mil años son como para nosotros un día. Por eso cuando la gente se desespera preguntando como es que después de más de dos mil años todavía no ha venido Jesús, podemos pensar que para Dios apenas han pasado dos días, por lo tanto no debemos perder la paciencia y la esperanza tan pronto de que, como dice la Palabra de Dios, Jesús vuelve en breve.
Pero he dicho que un día el tiempo se acabará. Aunque Dios es atemporal, tiene un reloj con las fechas determinadas por Él marcadas: el día en el que comenzó la creación, el día en que nació Jesús, el día en que resucitó, el día en que volverá con gran gloria y el día del punto final. O, según como lo queramos ver, el día del punto y seguido. El momento del punto puede ser este: “Pero el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche; en el cual los cielos desaparecerán con gran estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.” (2 Pedro 3:10). Y el momento del seguido, puede ser este: “Pero esperamos, según su promesa, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habita la justicia.” (2 Pedro 3:13).
Los maestros falsos dicen que nada de esto va a ocurrir, que posiblemente la tierra se autodestruirá por falta de recursos, por una guerra nuclear o de otra forma que el hombre mismo provocará en su ambición y orgullo. Esto ya se dice en la Biblia por eso también avisa que a causa de esta incredulidad, el plan divino ocurrirá cuando nadie este esperándolo.
Pero los cristianos esperamos el punto ‘y seguido’ creyendo a Sus promesas que anuncian cielos y tierra nuevos en los cuales mora la justicia. Esas promesas alimentan nuestra esperanza en un nuevo estadio de la creación. Un nuevo estadio en el que no habrá pecado con todo lo que eso supone: ausencia de dolor, sufrimiento, muerte y avance de la nueva relación de los hombres regenerados con Dios. Y esa nueva relación entrará en un nuevo tiempo en el que no habrá tiempo: vida eterna en la eternidad, gracias a Jesucristo que nos da esa vida por sus méritos, una vida que no nos podemos ni imaginar pero que Jesucristo ha prometido para todos aquellos que crean en Él y en Su Palabra: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, ya os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez, y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:1-3).
No os entristezcáis, dice Jesús, creéis en Dios, creed también en mí. De esta manera, el paso inexorable del tiempo es una cuenta atrás hasta ese momento del reencuentro con nuestro Salvador. Así que aprovechemos el tiempo que nos queda. El apóstol Pedro lo dice así: “Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡qué clase de personas debéis ser en vuestra conducta santa y en piedad,  aguardando y apresurando la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!” (2 Pedro 3:11-12). O dicho en otras palabras: “viendo lo que está por venir ¡actuemos con cordura!¡dejemos de estar tan pendientes de las cosas pasajeras y pongamos la vista en las cosas eternas!” El poner la vista en Jesús ampliará la visión futura, dejará a un lado la preocupación por el paso del tiempo, por el movimiento continuo del reloj, porque ese movimiento continuo nos acerca paso a paso a las puertas de la ciudad celestial y, mientras tanto, nos recomienda que vivamos ‘en santidad’, esto es de la manera que a Dios le agrada y que viene muy bien explicada en Su Palabra. Ya que somos hijos de Dios, ya que hemos sido adoptados de Él, debemos seguir el mandado que nos ha dejado: “Sed santos porque Yo soy santo”. De otra manera no podemos vivir en comunión con Él, ya que no puede tener relación con el pecado, por tanto nuestra obligación debemos mantener la santidad y la vida piadosa a causa de que tenemos la presencia de Dios en nuestra vida.
¡Que grande! ¡Tenemos la presencia de Dios en nuestra vida! ¡Sublime! ¿Estamos viviendo como a Él le agrada? ¿Muestra nuestra forma de vivir esta realidad? ¿Supone para nosotros que el paso del tiempo significa un cada vez más cercano encuentro con Él? Quiera Dios que así sea.