viernes, 8 de mayo de 2020

El reloj

Dios puso en la mente humana el sentido del tiempo
Mañana cumplo la octava semana de confinamiento a causa de la pandemia del coronavirus. Han pasado dos meses totalmente anormales, raros, tristes en noticias, diferentes en actividades, nulos en vida social, solo a distancia por medio de los adelantos que nos permiten tener una vídeo conferencia a través del móvil telefónico, algo impensable hace muy pocos años.
He tenido momentos muy apacibles en casa, cuando un libro y el silencio me ha permitido disfrutar del confinamiento obligado. Son momentos en los que se escucha el silencio: silencio en la casa, silencio en la calle. Esto ya no es posible: se ha terminado hace unos días, con el levantamiento de algunas de las restricciones; ahora ya hay más gente en la calle, más vehículos, más ruido. Pero todavía conservo en la memoria esos momentos de silencio en los que sólo se oye el pasar de una hoja del libro o el tic tac del reloj de mesa que tengo enfrente.
Ese reloj que avanza inexorable, entre el sonido del silencio se oye el sonido del reloj que me indica el tiempo que va pasando, el tiempo que transcurre casi a traición, casi no avisa, bueno, lo hace una vez al año, el 31 de diciembre, pero lo hace sin detenerse, apenas un suspiro y ya estamos en el año siguiente, el que nos hace un año más viejos, más mayores, más expertos, más resignados, más cerca del final… Sin embargo, aunque nosotros lleguemos al final, el tiempo no se detiene, tiene un caminar continuo, tic-tac-tic-tac…, impertérrito hacia su destino, un día deja paso a otro día: “Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin.” (Eclesiastés 3:11). Dios puso en la mente humana el sentido del tiempo: segundos, minutos, horas, días, meses, años. El tiempo está en nuestra mente y también se marca en nuestra piel: el espejo, cruelmente o no, nos señala con arrugas el paso infatigable del tiempo.
Curiosamente será un día (señal de tiempo), el tiempo se acabará: Dios es atemporal. Él no está sujeto a su creación, no existe desde que crea el universo. Él viene desde la eternidad y sigue en eternidad y todo lo ha hecho desde esa eternidad, por tanto el hecho de que Dios sea eterno lo hace atemporal hasta el punto de que todo el tiempo pasado, presente y por venir se encuentra a la vez delante de sus ojos “como el día de ayer”. La Biblia dice que para Dios mil años son como para nosotros un día. Por eso cuando la gente se desespera preguntando como es que después de más de dos mil años todavía no ha venido Jesús, podemos pensar que para Dios apenas han pasado dos días, por lo tanto no debemos perder la paciencia y la esperanza tan pronto de que, como dice la Palabra de Dios, Jesús vuelve en breve.
Pero he dicho que un día el tiempo se acabará. Aunque Dios es atemporal, tiene un reloj con las fechas determinadas por Él marcadas: el día en el que comenzó la creación, el día en que nació Jesús, el día en que resucitó, el día en que volverá con gran gloria y el día del punto final. O, según como lo queramos ver, el día del punto y seguido. El momento del punto puede ser este: “Pero el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche; en el cual los cielos desaparecerán con gran estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.” (2 Pedro 3:10). Y el momento del seguido, puede ser este: “Pero esperamos, según su promesa, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habita la justicia.” (2 Pedro 3:13).
Los maestros falsos dicen que nada de esto va a ocurrir, que posiblemente la tierra se autodestruirá por falta de recursos, por una guerra nuclear o de otra forma que el hombre mismo provocará en su ambición y orgullo. Esto ya se dice en la Biblia por eso también avisa que a causa de esta incredulidad, el plan divino ocurrirá cuando nadie este esperándolo.
Pero los cristianos esperamos el punto ‘y seguido’ creyendo a Sus promesas que anuncian cielos y tierra nuevos en los cuales mora la justicia. Esas promesas alimentan nuestra esperanza en un nuevo estadio de la creación. Un nuevo estadio en el que no habrá pecado con todo lo que eso supone: ausencia de dolor, sufrimiento, muerte y avance de la nueva relación de los hombres regenerados con Dios. Y esa nueva relación entrará en un nuevo tiempo en el que no habrá tiempo: vida eterna en la eternidad, gracias a Jesucristo que nos da esa vida por sus méritos, una vida que no nos podemos ni imaginar pero que Jesucristo ha prometido para todos aquellos que crean en Él y en Su Palabra: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, ya os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez, y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:1-3).
No os entristezcáis, dice Jesús, creéis en Dios, creed también en mí. De esta manera, el paso inexorable del tiempo es una cuenta atrás hasta ese momento del reencuentro con nuestro Salvador. Así que aprovechemos el tiempo que nos queda. El apóstol Pedro lo dice así: “Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡qué clase de personas debéis ser en vuestra conducta santa y en piedad,  aguardando y apresurando la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!” (2 Pedro 3:11-12). O dicho en otras palabras: “viendo lo que está por venir ¡actuemos con cordura!¡dejemos de estar tan pendientes de las cosas pasajeras y pongamos la vista en las cosas eternas!” El poner la vista en Jesús ampliará la visión futura, dejará a un lado la preocupación por el paso del tiempo, por el movimiento continuo del reloj, porque ese movimiento continuo nos acerca paso a paso a las puertas de la ciudad celestial y, mientras tanto, nos recomienda que vivamos ‘en santidad’, esto es de la manera que a Dios le agrada y que viene muy bien explicada en Su Palabra. Ya que somos hijos de Dios, ya que hemos sido adoptados de Él, debemos seguir el mandado que nos ha dejado: “Sed santos porque Yo soy santo”. De otra manera no podemos vivir en comunión con Él, ya que no puede tener relación con el pecado, por tanto nuestra obligación debemos mantener la santidad y la vida piadosa a causa de que tenemos la presencia de Dios en nuestra vida.
¡Que grande! ¡Tenemos la presencia de Dios en nuestra vida! ¡Sublime! ¿Estamos viviendo como a Él le agrada? ¿Muestra nuestra forma de vivir esta realidad? ¿Supone para nosotros que el paso del tiempo significa un cada vez más cercano encuentro con Él? Quiera Dios que así sea.