domingo, 7 de octubre de 2018

Opuestos a Dios

lo normal lo anormal malo bueno
Hace unos años leí la historia siguiente en la hoja del calendario de La Buena Semilla: “Un juez
jubilado, cuyos escritos modificaron las decisiones de la Corte Suprema de su país, hizo el siguiente comentario: Hoy, la mayoría de la gente quiere que “lo que es anormal sea normalizado” y “lo que es normal se vuelva anormal””.
La Biblia predijo esta situación en palabras del profeta Isaías de esta manera: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20).
“¡Ay de los que…!” Ya estamos viviendo es esa situación y la palabra de Dios pronuncia un ¡Ay! de aviso, una advertencia divina para aquellos que a lo malo llaman bueno y a lo bueno llaman malo. Es una forma clara y rotunda de ir contra lo que Dios creó o estableció en una oposición frontal contra todo lo que suene a divino, en una actitud egocéntrica y autosuficiente, en una posición que aboca al abismo del caos en el que se está cayendo la sociedad por darle la espalda al Dios santísimo. Por ejemplo, el matrimonio: “Así que Dios creó a los seres humanos a su propia imagen. A imagen de Dios los creó; hombre y mujer los creó. Luego Dios los bendijo con las siguientes palabras: Sean fructíferos y multiplíquense. Llenen la tierra y gobiernen sobre ella. Reinen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que corren por el suelo… Entonces Dios miró todo lo que había hecho, ¡y vio que era muy bueno!... El hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su esposa, y los dos se convierten en uno solo.” Muchos siglos después, Jesús corroboró esas palabras contestando a unos fariseos una pregunta relativa al divorcio: “Jesús respondió: ¿No han leído las Escrituras? Allí está escrito que, desde el principio, “Dios los hizo hombre y mujer”. Y agregó: Esto explica porque el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su esposa, y los dos se convierten en uno solo. Como ya no son dos sino uno, que nadie separe lo que Dios ha unido”. Es en ese marco del matrimonio instituido por Dios “en el principio” de todo, en donde se puede vivir la plenitud de la sexualidad sin embargo, la sociedad actual ha llegado a la conclusión de que la institución del matrimonio se ha convertido en una atadura sofocante y anticuada y por tanto, se inventa muchas posibilidades de matrimonios, diferentes al establecido por Dios, con el único y egoísta objetivo de que “lo importante es que UNO sea feliz”. De nuevo vuelvo a leer la profecía de Isaías, escrita unos 700 años antes de Cristo, por medio de la cual Dios advierte que nuestra sociedad enfermaría desde la cabeza hasta los pies. Alguien me puede reprochar que estas palabras van dirigidas al pueblo rebelde de Judá, y es verdad, pero pueden analizar las palabras de este mensaje y ver en qué se diferencia ese pueblo de la sociedad actual, y donde pone ‘pueblo de Judá’, pongan ‘sociedad actual’ y verán a quién van dirigidas: “¡Escuchen oh cielos! ¡Presta atención, oh tierra! Esto dice el SEÑOR: Los hijos que crié y cuidé se han rebelado contra mí. Hasta un buey conoce a su dueño, y un burro reconoce los cuidados de su amo, pero Israel no conoce a su amo. Mi pueblo no reconoce mis cuidados a su favor. ¡Qué nación tan pecadora, pueblo cargado con el peso de su culpa! Está lleno de gente malvada, hijos corruptos que han rechazado al SEÑOR. Han despreciado al Santo de Israel y le han dado la espalda. ¿Por qué buscar más castigo? ¿Se rebelarán para siempre? Tienen la cabeza herida y el corazón angustiado. Desde los pies hasta la cabeza, están llenos de golpes, cubiertos de moratones, contusiones y heridas infectadas, sin vendajes ni ungüentos que los alivien. Su país yace en ruinas y sus ciudades han sido incendiadas. Los extranjeros saquean sus campos frente a sus propios ojos y destruyen todo lo que ven a su paso. La hermosa Jerusalén está abandonada como el refugio del cuidador en un viñedo, como la choza en un campo de pepinos después de la cosecha, como una ciudad indefensa y sitiada. Si el Señor de los Ejércitos Celestiales no hubiera perdonado la vida a unos cuantos entre nosotros, habríamos sido exterminados como Sodoma y destruidos como Gomorra. Escuchen al Señor, líderes de “Sodoma”. Escuchen la ley de nuestro Dios, pueblo de “Gomorra””. (Isaías 1:2-10).
La sociedad con todas sus herramientas se ha encargado de orientar a todo el mundo hacia la perversión sexual, la violencia y la anarquía, de manera que las relaciones normales, el respeto a la ley y el valor de la vida son atacados por todas partes.
Vivir opuestos a Dios es una constante desde la entrada del pecado en el mundo (Génesis 3), sin tener en cuenta la soberanía, la sabiduría y la perfección del Dios de los cielos. Pero hay un pueblo diferente, apartado (santificado) por Dios mismo, “un pueblo elegido. Son sacerdotes del Rey, una nación santa, posesión exclusiva de Dios. Por eso pueden mostrara otros la bondad de Dios, pues él los ha llamado a salir de la oscuridad y entrar en su luz maravillosa. Antes no tenían identidad como pueblo, ahora son pueblo de Dios. Antes no recibieron misericordia, ahora han recibido la misericordia de Dios”. Los cristianos obedecen la palabra de Dios y deben separarse de todo lo que signifique desobedecer las leyes divinas. Cuando la palabra de Dios dice: “No amen a este mundo ni las cosas que les ofrece” (1 Juan 2:15), no está poniendo sobre aviso respecto a lo que haya en el mundo que nos pueda atraer y embaucar en sus redes porque en muchas ocasiones, estas cosas se oponen al amor, la paz y el gozo que hayamos junto a Dios, hoy y por toda la eternidad.

martes, 4 de septiembre de 2018

¿Por qué tengo que morir?

morir, vivir, preguntas, respuestas, sentido
Mi pregunta de hoy es un poco drástica pero realista como la muerte misma: ¿Por qué tengo que morir? ¿Por qué tenemos que morir?
La muerte es un hecho, es natural e inevitable en todos los seres vivos. Las células se van gastando con el tiempo y finalmente mueren, igual que los órganos, se van gastando, se debilitan o se enferman y con el tiempo y por el desgaste, a veces por el abuso, van apareciendo achaques que activan las alarmas que nos avisan de que nuestro cuerpo se va debilitando y que estamos más cerca de la muerte. Al filósofo alemán Martin Heidegger, se le atribuye una frase que todos hemos asimilado porque no queda otra: “Tan pronto como el hombre empieza a vivir, ya es lo bastante viejo como para morir”. La Biblia afirma que “cada persona está destinada a morir una sola vez”, pero hubo un momento en la historia en que esto no era así:
En la historia de la Creación en el libro del Génesis, la muerte era una posibilidad. Dios sólo puso una prueba a la obediencia del Hombre: “El Señor Dios puso al hombre en el jardín de Edén para que se ocupara de él y lo custodiara; pero el Señor Dios le advirtió: “Puedes comer libremente del fruto de cualquier árbol del huerto, excepto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Si comes de su fruto, sin duda morirás.” (Génesis 2:15-17). O sea, si el hombre y la mujer desobedecían esta única restricción, morirían, sino, no. La muerte no era el plan de Dios para ellos. Posiblemente habría desgaste físico por efecto del tiempo, pero si no habría muerte, Dios podría renovarlo de alguna manera, por ejemplo, en Génesis 2:9 se menciona “el árbol de la vida”.
Pero la primera pareja no quiso someterse a la soberanía de Dios y la posibilidad se cumplió tal y como habían sido advertidos: Instantáneamente murieron espiritualmente, perdieron aquella relación con Dios que tenían al principio, pasaron de tener relación con Él a tenerle miedo, de amigos a enemigos: “Con el sudor de tu frente obtendrás alimento para comer hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste formado. Pues fuiste hecho del polvo y al polvo volverás.” (Génesis 3:19). A partir de aquí la Biblia recuerda y sentencia: “Y de la manera que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después el juicio” (Hebreos 9:27). “Está establecido” ¿por quién? Por Dios soberano, creador, y así se lo comunicó al hombre cuando pecó, como hemos visto en Génesis 3:19 de lo cual había sido advertido previamente, como ya hemos visto. En Romanos 5:12 podemos ver la explicación de la universalidad del pecado: “Cuando Adán pecó, el pecado entró en el mundo. El pecado de Adán introdujo la muerte, de modo que la muerte se extendió a todos, porque todos pecaron.”
Esta es la respuesta a la pregunta inicial: La paga, el sueldo, la retribución del pecado es la muerte. Muerte espiritual primero, muerte física después. La Biblia afirma que todos hemos pecado y por tanto nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios. También afirma que no hay ni un solo justo. Todos pecamos, sea de pensamiento, sea de hecho. Si alguien dice que nunca ha pecado (un solo pecado ante la Ley de Dios ya nos hace culpables), “lo único que hacemos es engañarnos a nosotros mismos y no vivimos en la verdad” (1 Juan 1:8).
Sin embargo la Palabra de Dios nos dice que desde el principio Dios ha hecho todo lo necesario para que podamos recuperar nuestra relación con Él y de esa forma recuperar el sentido primero de la vida y la Creación. Cuando afirma que “la paga del pecado es muerte” hay una segunda parte en el texto: “Mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Dios nos da un regalo conseguido por medio de su Hijo, el regalo de la vida eterna que Él tenía programada cuando nos creó y que frustramos a causa de nuestra rebeldía. Aún hoy sigue siendo así: Dios nos regala la posibilidad de ser salvos, pero la inmensa mayoría lo rechaza. Prefiere su independencia antes de aceptar la soberanía y la dependencia del Creador. Seguimos prefiriendo la rebeldía que nos aboca a la muerte espiritual y física eternas. Pero Dios insiste en regalarnos la salvación por gracia, no por medio de nuestras obras, de lo que queramos aportar para conseguirla. No. El sacrificio de Jesús ha sido perfecto y completo, no se le puede añadir nada; sólo nos pide que creamos en Él y que, arrepintiéndonos, aceptemos que Él ha pagado el precio por nuestros pecados, lo que nos correspondía pagar a nosotros, lo ha pagado Él en nuestro lugar. Él es el único Mediador entre Dios y los hombres. Su muerte nos da la vida, vida terna, restauración, liberación, sentido y esperanza. Jesús Dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).
Como “está establecido” incluso los creyentes tendremos que morir. Cuando la Biblia habla del creyente que muere dice que “duerme”. José Mª Martínez escribió: “La muerte del cuerpo no es un salto de la existencia a la inexistencia. La muerte es el tránsito de lo esencial de la persona, su “yo” (alma o espíritu), a un modo diferente de existir, determinado por el tipo de relación mantenida con Dios a este lado de la tumba.” Pablo escribió: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21). Los creyentes, mientras vivamos en este planeta, Cristo es el objetivo de nuestra vida cristiana: queremos obedecerle, imitarle, seguirle, anunciarle… Jesucristo es nuestra razón de vivir. Para el creyente, “dormir en el Señor”, morir, significa el encuentro con Cristo, lo veremos como Él es, ya estaremos con Él para siempre, porque partir para estar con Cristo es mucho mejor.

sábado, 25 de agosto de 2018

Cantar de alegría

florJusto regresas de las vacaciones y aparece ese puntito de congoja, ¿depre postvacacional?, uno de los
clásicos en los noticieros, como lo de los gastos antes del colegio o lo de la cuesta de septiembre. Las vacaciones pueden tener algún momento malo por mil y una circunstancias, pero, en general, se disfruta en ellas y cuando hay disfrute, comodidad, desconexión de la rutina diaria, encuentros agradables, experiencias, etc., la verdad no apetece en absoluto que se terminen.
Pero se terminan y en algunos casos se agradece, aunque ello suponga volver al tajo rutinario, eso sí, con fuerzas renovadas.
Los creyentes tenemos un plus: Hoy me lo ha recordado la lectura del Salmo 33, un himno de alabanza que nos recuerda que nuestro Dios está ahí siempre, por encima de nuestros cortos espacios de tiempo, sean vacacionales o rutinarios, y eso supone una certeza y una esperanza que nos colma y que hace brotar de nuestro interior un canto de alabanza agradecido: “Alegraos, oh justos, en Jehová; a los rectos es hermosa la alabanza. Dad gracias a Jehová con lira; cantadle con arpa de diez cuerdas. Cantadle un cántico nuevo; hacedlo bien, tocando con júbilo.”
A mí me ha supuesto una especie de recriminación por ese puntito de congoja. Es verdad que somos humanos y que la “buena vida” está muy bien, pero como dice Eclesiastés, todo tiene su momento. El hecho de tener relación con Dios hace que cada día sea nuevo sabiendo que estamos dentro de Su Plan y que tengamos mil motivos para alabarle sean cuales sean las circunstancias, ya que “todas las cosas ayudan para bien a los que le aman” (Romanos 8 :28).
El salmista exhibe una buena razón para que cantemos con alegría, una razón muy clara y sencilla: se centra en lo que Dios es y en lo que hace: “Porque recta es la palabra de Jehová, y toda su obra ha sido hecha con verdad. El ama la justicia y el derecho; de la misericordia de Jehová está llena la tierra.” Hay una conjunción tan perfecta que el carácter de Dios y su obra no pueden separarse de su palabra y esto es algo que se puede vivir y palpar, manteniendo una buena sintonía y comunión con Dios. Es más que una experiencia, es una forma de vida, es la forma, la válida, la que produce fruto, la que da sentido a todo: “Nuestra alma espera en Jehová; El es nuestra ayuda y nuestro escudo. Por eso, nuestro corazón se alegra en él, porque en su santo Nombre hemos confiado. Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros, según lo esperamos de ti.”

miércoles, 18 de julio de 2018

¿Estamos solos en el universo?

solos en el universo
A punto de salir de vacaciones y por tanto entrar en ese exclusivo grupo de aquellos pocos y privilegiados que no tienen medios técnicos para escribir y publicar, afronto una pregunta más de lo que he dado en llamar la serie sobre las clásicas preguntas que todo el mundo se hace: “¿Estamos solos en el universo?”; “¿hay vida en otros planetas?”.
Teniendo en cuenta los miles de millones de planetas que se calcula que hay en el espacio se supone que sí, que debería haber vida en otros lugares, aunque hasta el momento no se haya encontrado. Por supuesto los evolucionistas aseguran que igual que en la Tierra se ha desarrollado la vida a través de un organismo microscópico, puede haber ese tipo de organismos latentes en otros planetas a la espera de otra hipotética evolución. Científicamente no hay nada probado, que yo sepa, por lo que la pregunta sigue ahí latente, más como una curiosidad ya que una respuesta negativa abriría las puertas a la imaginación y al suspense por saber cómo se desarrolla la vida en otros planetas por ahí perdidos.
Los astrónomos que se dedican a enviar y a rastrear señales procedentes del espacio exterior, cada vez están más desanimados y pesimistas en “contactar” con alguien ya que llevan más de 50 años haciéndolo y no hay respuesta; seguro que habrá optimistas que aún la esperen pero las distancias son tan grandes en esa “ventana silenciosa” a la que nos asomamos que, aunque le pongamos mucha ilusión, da la sensación de que recibir algún tipo de señal procedente de otra hipotética civilización, parece más que improbable.
Los cristianos buscamos respuestas en la Biblia: ¿hay algo sobre esto en la revelación dada por Dios a los hombres? No… ¿o sí? Con claridad, no, pero es evidente que la revelación divina va dirigida a nosotros, centro de la creación de Dios y que el plan de salvación elaborado desde antes del principio de los tiempos (2 Timoteo 1:9) es para nosotros a causa de que nos rebelamos contra el Creador queriendo ser independientes y autosuficientes. Si además pensamos que Jesucristo es el unigénito Hijo de Dios, Dios encarnado para habitar entre sus criaturas, ¿qué sucede en el resto de las civilizaciones? ¿ellos no se han rebelado? ¿se ha encarnado Dios en otro tipo de criaturas para vivir entre ellos? ¿no ha sido necesario? Temo entrar en algún tipo de blasfemia haciéndome este tipo de preguntas, así que me voy a centrar en la Escritura. ¿Qué dice? “En el principio, Dios creó los cielos y la tierra.” Aquí tenemos la primera pista. La tierra protagonista exclusiva de esta maravillosa creación. El resto… ¡los cielos! Y aquí entran los miles de millones de estrellas, planetas, galaxias, etc., una inmensa cantidad de materia en el universo de cuyas dimensiones nuestra mente es incapaz de plasmar en cifras. La sencillez del relato bíblico lo plasma así: “Dios hizo dos grandes luces: la más grande para que gobernara el día, y la más pequeña para que gobernara la noche. También hizo las estrellas.” (Génesis 1:16). Si nos fijamos, el relato está centrado en la tierra, en cómo iba a ser alumbrada, en cómo iban a entrar y salir las estaciones, en qué distancia exacta tendría que haber entre ella y el sol para que la creación fuese posible y las plantas y los animales no se abrasasen. Y lo más importante: “Dios creó a los seres humanos a su propia imagen…, hombre y mujer los creó” (Génesis 1:27). ¡Sublime! El Creador prepara el sitio, lo llena de plantas y animales y luego, como broche final, crea al hombre y a la mujer y luego, como Creador y Señor de toda la creación, los bendice y les da instrucciones: “Sean fructíferos y multiplíquense. Llenen la tierra y gobiernen sobre ella. Reinen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que corren por el suelo.” (Génesis 1:28). Esto es solo el inicio. Después la historia nos cuenta en que desencadenó el deseo del hombre y la mujer de ser “dioses” hasta el punto de que supimos que “Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:16). 
¡Dios amó al mundo! A mí no me cuadra que si hubiese otros mundos no lo supiésemos a través de la Biblia porque Dios desarrolla su inmenso plan de salvación por el mundo, este mundo que Él ha creado y al que ama tanto. No se atisban otros en estas palabras y menos pensando que el Hijo de Dios murió crucificado por los pecados de todo el mundo. Este mundo. El mundo en el que Dios nos ha puesto para que lo gobernemos. ¿Y qué hacemos, lo gobernamos o lo gastamos mal-usándolo? En nuestra soberbia, preferimos gastar miles de millones en buscar si hay agua en Marte o algún tipo de microbio que nos dé pie a pensar que la creación tal y como se relata en la Biblia es un mito, que realmente todo ha sido fruto del azar, mientras que en nuestro planeta hay millones de personas que se mueren de sed y de hambre ¿hay algo más sin sentido? Dicen que si encontramos agua en otro planeta por ahí fuera, tenemos más posibilidades de cambiarnos a él cuando la Tierra termine sus recursos. O sea, millones gastados en buscar una solución a un problema futuro que aún no se ha dado, solución que supongo sería para unos pocos escogidos, privilegiados y ricos, mientras aquí, ahora, se están ya muriendo por inanición.
A la luz de la Palabra de Dios, y dejando claro que en Ella no se dice nada al respecto, creo que sí estamos solos en el universo como civilización, como planeta habitado. Aunque hay un lugar en donde está Dios y miles de millones de criaturas suyas, ángeles, serafines, arcángeles, etc., que sí se mencionan en la Biblia, que en ocasiones están entre nosotros, y que más pronto que tarde conoceremos, cuando el fin de los tiempos se cumpla, según el reloj del Creador, Soberano, Rey y Señor.

viernes, 29 de junio de 2018

El Amor

que nuestro amor no quede solo en palabras
El amor es uno de los temas favoritos del apóstol Juan en sus cartas. Él lo lleva a la práctica; no habla en sentido poético, romántico… tampoco se refiere al amor “eros”, no, él habla del amor como aquello que tiene que fluir con naturalidad de un verdadero creyente, de un verdadero hijo de Dios, de alguien que tiene a Jesucristo como su Señor y Salvador, como su Modelo por excelencia, como su Maestro, aquel a quien quiere obedecer y seguir.
“Queridos hijos, que nuestro amor no quede solo en palabras; mostremos la verdad por medio de nuestras acciones”. Antes había escrito: “Si alguien tiene suficiente dinero para vivir bien y ve a un hermano en necesidad pero no le muestra compasión, ¿cómo puede estar el amor de Dios en esa persona?” Es fácil llenarse la boca de hermosas palabras; incluso auto engañarse con una supuesta piedad, fervorosa, devota. Pero el amor verdadero, no se puede expresar con palabras sino va acompañado de hechos. Jesús es un claro ejemplo de esto; el apóstol lo describe así: “Conocemos lo que es el amor verdadero, porque Jesús entregó su vida por nosotros”. Jesús habló mucho sobre el amor, y aconsejó sobre que incluso debemos amar a nuestros enemigos, pero evidentemente no se quedó solo con las palabras: lo expresó con hechos con la demostración más grande y sublime del amor divino, entregando su vida voluntariamente, en sustitución por la de los pecadores, muriendo por sus enemigos: “Casi nadie se ofrecería a morir por una persona honrada, aunque tal vez alguien podría estar dispuesto a dar su vida por una persona extraordinariamente buena; pero Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores… Pues, como nuestra amistad con Dios quedó restablecida por la muerte de su Hijo cuando todavía éramos sus enemigos, con toda seguridad seremos salvos por la vida de su Hijo.” (Romanos 5:7-8, 10).
Así que como Dios no sólo habla del amor sino que ama, igualmente sus hijos debemos amar con nuestros hechos: “Nuestras acciones demostrarán que pertenecemos a la verdad, entonces estaremos confiados cuando estemos delante de Dios.” “Pertenecer a la verdad” es, según la Biblia, ser ciudadanos del cielo, o lo que es lo mismo, pertenecer a Dios y obedecerle siguiendo a Cristo. Conocemos que “somos de la verdad” cuando en la práctica demostramos ese amor, primeramente a los hermanos en la fe y luego con nuestro prójimo en general: “Y su mandamiento es el siguiente: debemos creer en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y amarnos unos a otros, así como él nos lo ordenó.” Este mandamiento se repite en las cartas de Juan continuamente, prueba evidente de que al Juan discípulo se le habían grabado a fuego las instrucciones de Jesús: “Así que ahora les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros. El amor que tengan unos por otros será la prueba ante el mundo de que son mis discípulos.” (Juan 13:34-35). “Este es mi mandamiento: ámense unos a otros de la misma manera en que yo los he amado… Este es mi mandato: ámense unos a otros.” (Juan 15:12, 17).
Y en esa misma línea vemos como responden sus cartas: “Queridos amigos, sigamos amándonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama es un hijo de Dios y conoce a Dios; pero el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.” He ahí la clave, he ahí la evidencia sobre si la persona tiene comunión con Dios o no. El amor genuino tiene su origen en Dios; el amor forma parte de la naturaleza divina, no se trata de un atributo sino de lo que Dios es y el creyente recibe de ese amor en su corazón, según nos explica el apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “Sabemos con cuanta ternura nos ama Dios, porque nos ha dado el Espíritu Santo para llenar nuestro corazón con su amor.” De manera que los creyentes aman como impulsados por el sentimiento divino que Dios mismo produce en nosotros. “No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados.” Podría decir que esto es el broche de oro final. Aunque nosotros no éramos dignos de su amor, Él envió a su Hijo igualmente porque Él es Amor, tomó la iniciativa amándonos primero y proporcionándonos la manera de que pudiésemos tener relación con Él gracias a su Amor , Gracia y Misericordia. “Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento, para que podamos conocer al Dios verdadero. Y ahora vivimos en comunión con el Dios verdadero, porque vivimos en comunión con su Hijo, Jesucristo. Él es el único Dios verdadero y Él es la vida eterna.” (1 Juan 5:20).