viernes, 4 de mayo de 2018

Esperemos

Serenidad, paz, ideal para esperar algo grandioso
Hace unos días, leyendo este antiguo dicho: “Dios tiene su hora y su demora”, me vinieron a la mente algunos de los textos que más me gustan y que, al mismo tiempo, más me impresionan por lo que revelan de la soberanía y la sabiduría de Dios. Por ejemplo el Salmo 37:7: “Quédate quieto en la presencia del Señor, y espera con paciencia a que Él actúe”. ¡Con lo que a mí me cuesta esperar! Como ya he comentado en más ocasiones, mi lucha personal (una de ellas), es contra la ansiedad y el consejo que me viene del Altísimo es… ¡que espere! El Salmo 46:10 sigue en la misma línea: “¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios!”. El gran evangelista Charles Spurgeon comentaba algunas cosas a propósito de estas palabras: “¡Sentaos y esperad con paciencia, creyentes!... Como nadie puede proclamar dignamente su naturaleza, que “el silencio exprese su alabanza”.
El pastor Joseph Caryl comentó a propósito de ese versículo: “Como si el Señor hubiera dicho: “Ni una palabra, no intentéis replicar; veáis lo que veáis, quedaos quietos, callad; sabed que yo soy Dios y no doy cuenta de ninguno de mis actos.” Cuando llegamos a la presencia de Dios, todas nuestras energías, nuestros impulsos, nuestra iniciativa, se queda como congelada ante Su magnificencia y se requiere una actitud de calma, quietud y espera… Desde las primera palabras de la Biblia, se nos indica, se nos pide que midamos nuestros movimientos y bajemos el tono de nuestra voz: “Oh naciones del mundo, reconozcan al Señor; reconozcan que el Señor es fuerte y glorioso. ¡Denle al Señor la gloria que merece! Lleven ofrendas y entren en su presencia. Adoren al Señor en todo su santo esplendor; que toda la tierra tiemble delante de Él. El mundo permanece firme y no puede ser sacudido” (1 Crónicas 16:28-30).
Solo atisbamos un poco de Su majestad, de Su grandeza… pero lo poco que se nos revela es suficiente para que reconozcamos que si nuestra vida está en Sus manos, gran parte de esa vida nos toca esperar… porque Dios nunca está apurado. Y es en esos momentos, en esos tiempos de oración cuando creemos que podemos apurar un poco las circunstancias y nos ponemos ansiosos porque la respuesta no llega en nuestro tiempo y, cuando nos llega, oímos: “Espera un poco, y verás lo que hago”. ¡Es maravilloso! Pero hay que saber oír esa voz, en toda su potencia, en toda su calma, en toda su portentosa realidad soberana… “sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” (Santiago 1:3-4). Saber esperar es un arte y, además, ejercita la paciencia. Además esperar que Dios obre es una bendita espera porque Él va a obrar en nosotros y a nuestro favor. La versión popular traduce así estos textos de Santiago: “Porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. Así que dejen que crezca, pero una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada”. El hermano David H. Roper escribe a propósito de esto: “Desarrollamos constancia: la habilidad de confiar en el amor y la bondad del Señor, aunque las cosas no salgan como nosotros queremos”. Salmo 70:5.- “En cuanto a mi, pobre y necesitado, por favor, Dios, ven pronto a socorrerme. Tú eres mi ayudador y mi salvador; oh Señor, no te demores.” Es grande saber que Dios nos acompaña mientras esperamos. Esperar, paciencia, perseverancia. Y el que persevera hasta el fin recibirá la corona de la vida. “Corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Esto lo hacemos al fijar la mirada en Jesús, el campeón que inicia y perfecciona nuestra fe” (Hebreos 12:2). “Con paciencia esperé que el Señor me ayudara, y Él se fijó en mí y oyó mi clamor” (Salmo 40:1).
La perseverancia permite ver el fin del propósito divino. En esa perseverancia paciente, Dios va madurando nuestra vida y nuestra experiencia espiritual (“…para que seáis perfectos y cabales”). No que lleguemos a una perfección absoluta, algo imposible en esta vida, pero sí se nos va dotando de lo necesario para caminar hacia esa perfección.
La paciencia es un fruto del Espíritu: “La clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio” (Gálatas 5:22). El pastor y conferenciante D. Samuel Pérez Millos escribe sobre esto: “Las manifestaciones del fruto del Espíritu son cualidades sobrehumanas del carácter. Ninguna de ellas puede producirse por habilidad o recursos del hombre natural… La paciencia solo es posible para quien anda en el Espíritu”.
Esperemos. El hecho de que tengamos que esperar pacientemente no significa que tengamos que resignarnos. Podemos esperar en actitud gozosa en el Señor tal y como sugiere el versículo 4 del Salmo 70: “Pero que todos aquellos que te buscan estén llenos de alegría y de felicidad en ti. Que los que aman tu salvación griten una y otra vez: “¡Grande es Dios!””. 
Amén. ¡Que así sea!

miércoles, 11 de abril de 2018

Desconectar

puse la arena como límite del mar, por decreto eterno que no lo podrá traspasar?
Doy gracias a Dios por disponer de días de tranquilidad para “desconectar” del día a día. De todas
formas estoy muy apegado al día a día y al poco de estar desconectado, ya lo estoy echando de menos. Así me ha pasado otra vez en la pasada Semana Santa en la que junto con mi esposa pudimos disfrutar de ese descanso que deseamos de vez en cuando y que aprovechamos para visitar a la familia y a los hermanos de otras iglesias, cuando surge la oportunidad.
Es una desconexión no exenta de conexión ya que, como no puedo estar sin hacer nada, he aprovechado mucho el tiempo adelantando los apuntes para la Escuela Dominical de Adultos para cuando terminemos el libro que estamos estudiando actualmente. De paso que los preparo, estudio o repaso los temas que van saliendo y así disfruto con algo que realmente me gusta hacer. El libro sobre el que estudiaremos es uno de los recomendados del pastor Will Graham: “Doctrina Bíblica” de Grudem. Muy adecuado para una Escuela Dominical, creo yo.
Will Graham es uno de los pastores que he escuchado en la última PxE (Pasión por el Evangelio): os recomiendo su Blog. Ha sido un gran descubrimiento junto con Israel Sanz y Mark Dever, tres expositores de la Palabra que no conocía y que recomiendo escuchar ya que no es fácil encontrar conferenciantes fieles a La Palabra como lo son estos hermanos. Del pastor Israel Sanz hay muchas predicaciones en Internet ¡muy recomendables!
Lo que en ese tiempo no he podido hacer ha sido escribir para el Blog. Básicamente porque no disponíamos de Internet nada más que en el móvil, lo cual es una ventaja si se quiere uno desconectar. Pero claro, teniéndolo en el móvil, al final vas a ver los correos y las cosas en las que tienes interés en estar al día por lo que una desconexión total es un reto al que no he podido hacer frente. Me pesa la responsabilidad y creo que hago bien no perdiendo de vista los correos, por lo que pueda pasar.
Lo que sí he podido hacer es disfrutar de la Creación de Dios: cuando miras lo que te rodea con los ojos de un admirador del Creador, puedes recrearte en su belleza de una forma especial porque ¡todo lo hizo hermoso en gran manera! 
Contemplo la majestuosidad del mar y recuerdo el texto: “¿A mí no me temerán?, dice el SEÑOR. ¿No temblarán delante de mí, que puse la arena como límite del mar, por decreto eterno que no lo podrá traspasar? Se levantarán sus olas, pero no prevalecerán; rugirán, pero no lo pasarán’.” (Jeremías 5:22). Arena como límite del mar. Impresiona comprobarlo. Se levanta la ola, orgullosa, fuerte, potente y descarga su poder sobre la arena hasta llegar a ser una suave presencia que acaricia tus pies con un beso frío y amable, como juguetón, como recordándote que no debes temer, que no va a pasar de ese límite marcado por Su Hacedor.
Me resulta sencillo quedar embelesado por las maravillas de la creación: no solo el mar, también la fuerza que emanan los árboles, la armonía de un bosque, el despliegue de colores, la fortaleza del tronco de un gran árbol, el movimiento armonioso y poderoso de sus ramas… El gran sabio Salomón dedicaba tiempo a estas observaciones: “También disertó acerca de las plantas, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que crece en la pared.” (1 Reyes 4:33).
Suele quedar empañada tanta belleza por las huellas del paso del hombre; es como si en lugar de “cultivar y guardar el jardín” como nos encargó Dios en Génesis 2, nos ocupásemos de ensuciarlo y afearlo intencionadamente. No siempre es así, es verdad, pero donde es así “canta” bastante y pone un punto de tristeza en tanta alegría desbordante.
Es una bendición poder desconectar de esta manera. Con sencillez, con cosas fáciles y asequibles, no es necesario buscar la grandilocuencia como el que está harto de todo porque en realidad no ha aprendido a disfrutar de las cosas pequeñas; no es necesario eso. Simplemente es estar agradecido por las cosas que Dios nos da. De eso se trata: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús.” (1 Tesalonicenses 5:18).

sábado, 10 de marzo de 2018

¿Qué sentido tiene la vida?

Dándole un sentido a la vida
Dentro de la serie sobre las clásicas preguntas que todo el mundo se hace, afrontamos la de “¿Qué sentido tiene la vida?” Cuando pienso en buscar una respuesta me acuerdo del libro del Eclesiastés en donde su autor llega a decir: “Observé todo lo que ocurría bajo el sol, y a decir verdad, nada tiene sentido, es como perseguir el viento” (Ecl.1:14). Y esta afirmación se convierte en una constante a lo largo de todo el libro que hasta se conoce a nivel popular: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, que en una traducción a un lenguaje de hoy viene a decir: “Nada tiene sentido, dice el Maestro, ¡ningún sentido en absoluto!” (Ecl.1:2).
Asusta esta afirmación tan rotunda y pesimista, especialmente las palabras “nada” y “todo”: “Nada tiene sentido”, “Todo es vanidad”. Invita a la desesperación si lo dejamos ahí sin más, sin analizar qué nos está diciendo el Predicador o el Maestro como señalan otras traducciones. Así que analicemos para no quedarnos petrificados en tanta desolación y la primera pista que encontramos es que nos dice que estuvo observando todo lo que ocurría “bajo el sol”, ya desde el inicio del libro se explica así: “¿Qué obtiene la gente con trabajar tanto bajo el sol?” (Ecl.1:3, Versión NTV (Nueva Traducción Viviente)); “¿Qué provecho tiene el hombre de todo su duro trabajo con que se afana debajo del sol?” (Versión RVA (Reina Valera Actualizada)). Esta ‘pista’ de “bajo el sol” se repite unas treinta veces a lo largo del libro, dando a entender que su atenta y minuciosa observación está al alcance de cualquiera, es una observación hecha al nivel más elemental, podríamos traducirla como “lo que se hace en este mundo”; en otros texto dice “debajo del cielo”, por ejemplo en el cap. 1, verso 13.- “Me dediqué a buscar el entendimiento y a investigar con sabiduría todo lo que se hacía debajo del cielo”. Con estas expresiones, lo que el autor anota de su tremenda experiencia de probar, buscar, gustar, analizar… todo lo que hay, lo hace cortando cualquier vínculo directo con el Cielo, sin tener en cuenta en la visión y en el análisis a Dios, es una observación “a ras de tierra”, plana, sin más pretensión que buscarle sentido a la vida sin tener en cuenta a Dios y, buscarle sentido a la vida sin Dios, llega a la conclusión de que no tiene sentido, es vanidad, futilidad, es como “perseguir el viento”.
“¿Qué provecho…?” “¿Qué obtiene la gente con trabajar tanto…?” Haciéndonos la pregunta a este nivel plano viene a decir: “Te pasas la vida trabajando, esforzándote, y ¿qué es lo que queda al final de todo ello?” Bueno, siempre hay quién le busca sentido a su trabajo, intentamos dejar un mundo mejor o, al menos, dejar algo válido para nuestros hijos, para los que vienen detrás… El Maestro observa esto, observa el continuo hacer y deshacer de la humanidad (“Las generaciones van y vienen, pero la tierra nunca cambia… Todo es tan tedioso, imposible de describir. No importa cuánto veamos, nunca quedamos satisfechos… No importa cuánto oigamos, nada nos tiene contentos. La historia no hace más que repetirse; ya todo se hizo antes.” (Ecl.1:4, 8-9)). Parece como si el Maestro se encontrase envuelto en una espiral negativa, en una negrura sin respuestas, en un absurdo fruto del azar. Así es como lo ve el mundo incrédulo: un sinsentido. Las generaciones se van sucediendo, la historia se va desarrollando, a veces con logros, otras con fracasos, pero los protagonistas de esa historia que parece que se repite, aparecen y desaparecen en una cadena interminable de personas y nombres que se van perdiendo en el tiempo y en el olvido… ¿Cuál es, en realidad, el sentido y significado del hombre?
Podemos caer en la frustración en la que parece caer el Predicador, podemos pensar que nada tiene sentido, podemos pensar que no vale la pena luchar tanto. Este testigo lo ha vivido todo, todo lo ha experimentado, todo lo ha comprado… y desde su posición privilegiada ha llegado a la conclusión de que todo es efímero, pasajero, sin valor. Y encima, por si todo no fuese lo suficientemente complicado, a pesar del esfuerzo de las personas buenas que tratan de avanzar, aunque lo hagan por sus hijos, por sus descendientes, sigue habiendo guerras, hambrunas, injusticias, robos, necesidad, muerte.
El cuadro pintado podría ser una sombra de muerte sin esperanza, pero el cuadro no está terminado. En una de las esquinas asoma un rayo de luz, tiene fuerza, envía calor, se agita, trae esperanza. Al final del libro, el Predicador llega a una conclusión: “Mi conclusión final es la siguiente: teme a Dios y obedece sus mandatos, porque ese es el deber que tenemos todos. Dios nos juzgará por cada cosa que hagamos, incluso lo que hayamos hecho en secreto, sea bueno o sea malo.”
Hay calor, hay luz en la experiencia de la nueva vida en Cristo. El cristiano tiene un propósito para su vivir diario, busca una meta, le alumbra una esperanza real: Cristo ha estado en este mundo y lo ha anunciado a todos aquellos que le quieren escuchar: “¿Qué debemos hacer? Jesús les dijo: La única obra que Dios quiere que hagan es que crean en quien Él ha enviado” (Juan 6:28-29). Esa es la obra provechosa. Creer en Él y tener vida con sentido, con provecho. “¿Qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero pero pierdes tu propia alma? ¿Hay algo que valga más que tu alma? (dicho por Jesús, en Mateo 16:26).

jueves, 22 de febrero de 2018

El Llamado al Arrepentimiento y la Fe

Vídeo final en la serie de las 4 columnas presentados por Ontheredbox. 
Animado profesionalmente con audio de primera clase; este vídeo te mostrará en 3 minutos lo que significa apartarnos de nuestros pecados y volvernos hacia Dios.


lunes, 5 de febrero de 2018

Si existe Dios ¿por qué permite las guerras, el hambre, el sufrimiento de los niños, etc.?

belleza creación Dios existencia
El sufrimiento y la existencia del mal son dos de las principales objeciones de las personas contra la existencia de Dios. Es normal que cuando se sufren catástrofes, especialmente generadas por las inclemencias del tiempo y muy especialmente cuando fruto de esas catástrofes hay miles de muertos, surja la misma pregunta: “¿Dónde estaba Dios en esos momentos?” Cuando se está en la piel de los que han vivido este tipo de situaciones se llega fácilmente a la conclusión de que una cosa es hablar del sufrimiento y otra es vivirlo. Hay que tener mucha sensibilidad y cautela para hablar de estas cosas con la persona que acaba de sufrir una pérdida; si esa pérdida es causada por una catástrofe natural, o por algo que consideramos una “injusticia” macabra de la vida (asesinato, accidente de tráfico contra un conductor suicida o con un alto grado de alcohol o drogas, derrumbamiento por una construcción deficiente, etc.), es fácil escuchar comentarios del tipo del publicado por el filósofo J. L. Mackie en su libro "The Miracle of Theism” (Oxford, 1982): “Si en verdad existe un Dios bueno y poderoso, no permitiría la existencia del mal absurdo, pero, a la vista de la existencia en el mundo de un mal sin sentido y sin justificación, está claro que el Dios bueno y poderoso de la tradición no existe. Puede que haya o no un Dios, pero desde luego no va a ser el Dios tradicional del cristianismo que siempre se nos ha presentado.” Ante argumentos de este tipo, Timothy Keller responde: “Si con la mente no nos es posible penetrar en las profundidades del universo para dar con buenas razones que nos lleven a entender el sufrimiento, será entonces ¡que no las hay! ¡Patente muestra de fe ciega donde las haya!”
Este tipo de tragedias que producen grandes pérdidas y en consecuencia grandes sufrimientos, sumadas a las injusticias, hambrunas, las que afectan a los niños y a las personas más débiles, son un gran problema para los que creemos en la Biblia pero son todavía un problema mayor para los que no creen. C. S. Lewis, el gran novelista y académico autor de “Las crónicas de Narnia”, escribió mucho sobre este tema hasta el punto de dejar constancia en su testimonio de que llegó a rechazar la idea de Dios por la crueldad de la existencia, pero esta decisión suya todavía le generó más dudas y preguntas sin resolver cuando abrazó el ateísmo llegando al final a darse cuenta de que el sufrimiento proporcionaba mejores argumentos para la existencia de Dios que lo contrario. En su libro “Mere Christianity” (Macmillan, 1960), escribe: “Mi argumento en contra de la existencia de Dios había sido que el universo parecía comportarse de forma cruel e injusta. Pero ¿de dónde procedía esa noción mía de “justo” e “injusto”?... y ¿en base a qué calificaba yo el universo de injusto”… Una posible salida era renunciar sin más a mi noción particular de lo justo. Pero, de así hacerlo, mi argumento en contra de la existencia de Dios se derrumbaba – y ello por depender mi argumentación de que el mundo fuera real y objetivamente injusto, y no tan solo una opinión mía… De lo que ineludiblemente se sigue que el ateísmo es una opción simplista.” 
Es evidente que las tragedias, injusticias y el sufrimiento de todo tipo nos afecta a todos por igual pero la realidad del sufrimiento no es una evidencia de la existencia o no existencia de Dios, porque, desde el punto de vista de los que sí creemos en Dios, el hecho de pensar en rechazar la existencia de Él hace todavía más grande el problema de la existencia del mal y la manera de resolverlo.
Es evidente que buena parte del sufrimiento es por culpa del propio ser humano: el cambio climático, la deforestación, la contaminación, el egoísmo incontrolado, etc. etc., nos señalan directamente como generadores de maldad, de corrupción y de generar sufrimiento a otros. Y si pensamos en Dios, se da la paradoja de que aunque el sufrimiento no es bueno, muchas veces Dios lo usa para bien y la Biblia está llena de ejemplos (José, Job, Jesús…) Añado unas palabras del filósofo Peter Kreeft: “El Dios del cristianismo experimentó por voluntad propia el sufrimiento y la acción del mal en el mundo en la persona de Jesucristo. Y aún cuando el cristianismo no da una respuesta directa e inmediata en cada caso particular de sufrimiento, pone a nuestra disposición recursos de hondo calado para poder hacer frente al sufrimiento de forma esperanzada y con valentía, en vez de dejarnos llevar por la amargura y desesperanza.”
Esto nos lleva a ver que Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento sino que todo lo contrario. Como escribió Kreeft, cuando Dios se hizo hombre experimentó en su propia carne el sufrimiento humano y es un claro ejemplo y modelo para que nosotros, los cristianos, nos identifiquemos con el dolor del que sufre. Es en “esos momentos” cuando el acompañamiento puede ser más importante que las palabras.
Pero por otro lado, el sufrimiento puede llevarnos a una comunión más íntima con Dios (no a un alejamiento). Porque es en esos duros momentos cuando experimentamos el consuelo de Dios: “Dios es nuestro Padre misericordioso y la fuente de todo consuelo” (2 Corintios 1:3). Hay una afirmación muy interesante en el libro de Lamentaciones de Jeremías: “El Señor no se complace en herir a la gente o en causarles dolor” (cap. 3:33). Por el contrario y como he dicho antes, en todo caso, usa el sufrimiento para el bien. Hay un texto muy conocido por los creyentes que dice: “Sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que Él tiene para ellos.” (Romanos 8:28). ¿Cuál es ese propósito? Lo dice en el verso siguiente: “Los eligió para que llegasen a ser como su Hijo”. Para los cristianos, seguidores de Cristo, creyentes en Dios, usa el sufrimiento para dar forma a nuestro carácter para que sea más semejante al de Cristo. Uno de los ejemplos que he mencionado es el de José en el Antiguo Testamento, y cuando leemos la historia, nos anima especialmente las palabras que tiene a la conclusión de la misma, cuando dice: “Ustedes se propusieron hacerme mal, pero Dios dispuso todo para bien. Él me puso en este cargo para que yo pudiera salvar la vida de muchas personas.” (Génesis 50:20). Esto podía llevarnos a otra conclusión: Dios sí quiere hacernos el bien a nosotros los que sufrimos pero aún más allá quiere hacer bien a mucha gente a través de ese sufrimiento.
Además, la Palabra de Dios nos da un mensaje de esperanza: el sufrimiento no durará para siempre. Cristo ha resucitado y esa es nuestra garantía como cristianos de que Jesucristo ha vencido a la muerte y al mal y un día ese triunfo será visible. Como dice Pedro en su carta, el sufrimiento es por un poco de tiempo, comparándolo con la eternidad, o como dice el apóstol Pablo, se trata de una tribulación leve y momentánea comparada con la gloria que durará para siempre y que es de mucho más peso que las dificultades (2 Corintios 5:17). La resurrección de Jesús nos permite relativizar el peso y la duración del sufrimiento, sabiendo además que cuando estemos pasando una prueba difícil, al final el Señor es bueno porque está lleno de ternura y misericordia.