lunes, 19 de agosto de 2019

Un regalo de Dios

fe
Ya he escrito otras veces sobre la fe; esto no dice nada porque la fe es un tema que llena miles de páginas según cómo se quiera enfocar, afrontar, estudiar, analizar.
Como ya he hecho en otras ocasiones, empiezo con la mejor definición sobre la fe que conozco que es la que se encuentra en la carta a los Hebreos en la Biblia, en el capítulo 11 llamado de “los héroes de la fe”: “La fe es la constancia de las cosas que se esperan, la comprobación de los hechos que no se ven.” La versión de la Biblia Reina Valera de 1960 la define así: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” El escritor define la fe como una conclusión de lo que ha hablado en los capítulos anteriores sobre Jesucristo, su revelación, como Autor de la salvación, como superior a Moisés representante de la Ley; como sumo sacerdote superior a todos los sumos sacerdotes que le precedieron y como valedor de un pacto superior a todos los pactos registrados; como Autor y víctima del sacrificio perfecto, completo, final y útil para poder tener acceso a Dios. Todas estas cosas sobre Jesucristo nos revelan una Obra suprema de Salvación que invitan al Autor de esta carta y a nosotros, lectores, a llegar a la puerta de las conclusiones y las decisiones sobre todo lo revelado y, en sus palabras, nos invita: “Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Retengamos firme la confesión de la esperanza sin vacilación, porque fiel es el que lo ha prometido.” En otras palabras, creamos lo que Dios ha hecho por nosotros en la persona del Señor Jesucristo porque, Dice Dios: “Mi justo vivirá por fe”, o sea, la fe es necesaria para creer en lo que Dios ha hecho y ha prometido, de manera que podamos perseverar y seguir adelante confiando en Él hasta el final, como dice al final del capítulo 10: “Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma.”
¿Somos así? ¿Tenemos la certidumbre de las promesas de Dios? ¿Tenemos confianza en el poder de Dios? Por eso el escritor dice a continuación: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera…”, porque el que tiene fe cree en todas las cosas de las que en la Biblia se habla sobre Dios, Jesucristo y la obra del Espíritu Santo en los corazones de las personas.
Pero, ¿es todo esto normal, fácil de asimilar o es que mi capacidad de comprensión es tan pequeña que no puedo por menos que poner en duda todas estas cosas y tener dolor de cabeza si trato de asimilarlas y digerirlas? Efectivamente, la fe no es normal para ti, para mí, para ninguno, por eso la fe es un regalo de Dios: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no es de vosotros, pues es don de Dios;” (Efesios 2:8). Tiene que ser un regalo de Dios porque la fe no es algo normal que tengamos dentro de nuestras capacidades, es algo antinatural tener fe en Dios a quien no vemos ni oímos ¿cómo vamos a creer encima, en sus promesas que, desde nuestro pobre punto de vista, parecen increíbles? Hay muchas cosas que consideramos ‘normales’ porque las tenemos ahí, convivimos con ellas todos los días, como el miedo, nuestros pensamientos, deseos, anhelos, dudas, envidias manipulaciones… Es normal buscar trabajo y tenerlo, comprar, conseguir comida, sufrir, la enfermedad, la desmoralización, el optimismo y el pesimismo y todas las cosas con las que vivimos y luchamos diariamente que consideramos ‘normales’, pero ¿la fe en Dios? Es Dios mismo en su gracia y misericordia el que no da la fe y el poder para creer y no solo eso, Él actúa de manera que en nuestra relación con Él, vamos siendo transformados y moldeados de manera que podemos llegar a considerar totalmente normal que es Él un Dios activo, vivo, cercano y, encima, galardonador de los que le buscan, porque sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6).
Es verdad que nuestra fe es a veces muy pequeña, débil y frágil, no obstante, a través de la historia hemos conocido grandes hombre y héroes de la fe, ahí tenemos la relación de Hebreos 11, pero también Jesús reconoció que “si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este momento: “Pásate de aquí, allá; y se pasará. Nada os será imposible.” (Mateo 17:20). Por eso en los momentos más difíciles de nuestra vida, la fe nos ayuda a recordar que Dios siempre está a nuestro lado, aunque, por las circunstancias, lleguemos a dudar y a pensar que nos ha olvidado; en muchas ocasiones obra de esta manera para que aprendamos a depender de Él y no de nuestras fuerzas, conocimiento, experiencia y recursos. Él nos va a ir transformando en personas de fe, pero una fe radical en Dios, el Todopoderoso creador para quien no hay nada imposible o difícil de hacer, sabiendo que por Su bendita Gracia, nosotros somos su barro en manos del Alfarero (Romanos 9:20 ss.), de manera que no va a sacarnos de Su taller de alfarería hasta que nos haya transformado en personas que creen sin dudar.

lunes, 8 de julio de 2019

¿Existe el infierno?

juicio justo de Dios
Básicamente hay dos respuestas a esta pregunta: Los que dicen que no, que en el siglo en que estamos eso ya no cabe nada más que en la imaginación calenturienta de algunos que se han quedado estancados en la Edad Media, época en la que la poderosa Iglesia se lo inventó para aterrorizar a las gentes y así, por miedo, asistiesen a las misas y aportasen dinero para salvar sus almas de tan terrible lugar, y los que dicen que si porque creen en quien más hablado de él: Jesús, como así se puede comprobar en los Evangelios que encontramos en la Biblia. ¿Por qué Jesús ha hablado tanto del infierno? Porque Jesús hablaba sin rodeos, directamente, y cuando explicaba el destino final de las personas no salvas, sus palabras eran contundentes: “Luego el Rey se dirigirá a los que estaban situados a su izquierda y dirá: “¡Fuera de aquí, ustedes los malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus demonios!... Y ellos irán al castigo eterno, pero los justos entrarán en la vida eterna.” (Mateo 25:41 y 46). Para que los que escuchaban se hicieran una idea gráfica de cómo sería ese lugar destino de los condenados, Jesús hacía referencia a “la gehenna” (en griego géenna), un lugar que se situaba al sur de Jerusalén, en el valle de Hinnom, lo que hoy llamaríamos un basurero, donde ardía permanentemente la basura de la ciudad y los residuos de animales muertos, un lugar de muy mala fama porque en tiempos del Antiguo Testamento en ese valle se habían hecho sacrificios humanos en los templos de ídolos como Molok o Baal, por lo que estaba considerado como un lugar maldito, de manera que era un lugar al que se hacía referencia en la literatura apocalíptica para describir al lugar de tormento al que irán a parar los condenados en el Juicio Final. Jesús, que como digo era muy claro y directo hablando, declaró que era preferible perder un pie o una mano o un ojo a ser arrojado a la gehena: “¡Qué aflicción le espera al mundo, porque tienta a la gente a pecar! Las tentaciones son inevitables, ¡pero qué aflicción le espera al que provoca la tentación! Por lo tanto, si tu mano o tu pie te hace pecar, córtatelo y tíralo. Es preferible entrar en la vida eterna con una sola mano o un solo pie que ser arrojado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te hace pecar, sácatelo y tíralo. Es preferible entrar en la vida eterna con un solo ojo que tener los dos y ser arrojado al fuego del infierno.” (Mateo 18:7-9).
Por la información que encontramos en la Biblia, concretamente en el Nuevo Testamento, podemos decir que el infierno es un lugar y un estado de sufrimiento, de tinieblas y, obviamente, excluido del reino. Las imágenes que nos llegan de la imaginación medieval, son obra de la imaginación de su autor; las figuras relativas al infierno deben interpretarse en sentido figurado aunque todas nos dan a entender que se trata de un lugar temible principalmente porque allí Dios no estará por lo que las fuerzas del mal podrán desahogarse sin nadie que les frene.
No tenemos detalles, como los pintores medievales imaginaron, de cómo serán los sufrimientos infernales; sí nos podemos hacer una idea de que los psicológicos serán muy dolorosos: Remordimiento de conciencia, pesadumbre y tristeza por reconocer que Dios existe, que la salvación de Jesucristo es real y que tanto una cosa como la otra han sido rechazadas, a lo mejor, en algunos casos, muy claramente; tortura de tener que vivir en un lugar tan desapacible, tan oscuro, tan triste y tan lleno de pecado en su pura esencia; vivir siempre sin esperanza de nada mejor, sin opción de arrepentirse... Solo Dios sabe cómo será el infierno, pero, desde luego, su deseo de amor es que nadie sea condenado: “No es que el Señor sea lento para cumplir su promesa, como algunos piensan. Al contrario, es paciente por amor a ustedes. No quiere que nadie sea destruido; quiere que todos se arrepientan.” (2 Pedro 3:9). “No quiere que nadie sea destruido”, da que pensar, se puede interpretar de muchas maneras, otras traducciones dicen: “no queriendo que ninguno perezca”, lo que nos revela el deseo profundo de Dios es que la mayoría se salven, pero los rebeldes desprecian su paciencia, rechazan su salvación y además lo hacen intencionadamente, muchos vanagloriándose de su elección: “Saben bien que la justicia de Dios exige que los que hacen esas cosas merecen morir; pero ellos igual las hacen. Peor aún, incitan a otros a que también las hagan.” (Romanos 1:32).
Ante esta revelación bíblica de la realidad de la existencia del infierno, algunos han inventado teorías que niegan rotundamente la doctrina del infierno; no voy a mencionar todas, pero sí haré referencia de las dos más conocidas: el universalismo y la aniquilación final. La teoría del universalismo es quizá la más conocida, especialmente por lo de bueno que tiene para aquellos que no quieren rendir cuentas ante Dios. Básicamente defiende la idea de que finalmente todo el mundo se salvará: Dios es bueno y misericordioso y, en un acto final de misericordia, salvará a todos los seres humanos que han vivido en este mundo. Esta creencia ya era defendida en el siglo III por Orígenes ampliándola hasta el punto de que incluyó en esa salvación universal al diablo y sus ángeles, después de pasar por un período de castigo proporcional a lo reprobable de sus hechos. Esta doctrina fue condenada en el concilio de Constantinopla (543 d. C.), aunque resurgió en la Edad Media, también en tiempos de la Reforma y desde mediados del s. XVIII ha ido siempre en aumento. Algunos de los argumentos razonados, por supuesto, con nuestra pequeña mente humana, dicen que si Dios es justo, no es moralmente creíble que los pecados cometidos a lo largo de algunos años en esta vida acarreen un horrible castigo que no tenga fin. Y por otro lado, nosotros, los creyentes, no podremos ser felices sabiendo que millones de semejantes están sometidos a sufrimiento perpetuo. No deja de ser verdad que estos razonamientos nos producen desasosiego, no cuesta imaginar un tormento continuo y eterno. Los universalistas buscan también textos bíblicos en los que apoyar su teoría; unos de los preferidos es Hechos 3:21.- “Él [Jesucristo] debe permanecer en el cielo hasta el tiempo de la restauración final de todas las cosas…” Se dice que “la restauración final de todas las cosas” incluye a los seres humanos condenados en el juicio final, aunque obviamente no es eso de lo que está hablando este texto en su contexto ya que dicha restauración no dice nada de la reconciliación de los condenados con Dios y su salvación final; ningún pasaje de la Biblia menciona eso.

sábado, 22 de junio de 2019

Tiempo de nacer

“Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo
admiré su tremenda vitalidad incipiente
para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para intentar, y un tiempo para desistir;…”
Las palabras del escritor del libro de Eclesiastés, dan siempre pie para meditar, para ponerse las gafas de filósofo y observar y rumiar con parsimonia los pensamientos que fluyen como si quisiesen ser plasmados en alguna hoja en blanco. El escritor de Eclesiastés, “el Predicador” como también se le llama, era un observador; cuando vas cumpliendo años, te vuelves observador; debe ser eso lo que me pasa porque cuando fluyen algunas pobres reflexiones fruto de esas sencillas observaciones,  más bien poco profundas, me digo: esto tengo que escribirlo. Y en esas estamos porque ayer me tocó ir a buscar a mi nieta a su colegio; como hacemos cuando hace buen tiempo, nos dirigimos andando hacia un parque cercano y, en ese breve paseo admiré su tremenda vitalidad incipiente en contraste con mi renqueante parsimonia abuelil: ¡qué fuerza en un cuerpo tan diminuto! ¡qué derroche de energía! ¡cuánta vida! Y entonces me acordé: todo tiene su momento oportuno y ¡qué rápido se pasa!
No sé cuánto tiempo de admiración me queda, pero cuando observo esa fuerza, esa vitalidad, esas ganas de conocer todo con esos ojos cargados de inocencia y de curiosidad, esa dependencia de la mano del abuelo, ese orgullo infantil de las cosas que ya se saben e incluso reciben la aprobación de los ‘mayores’, cuando observo, digo, todo ese germinar vital, me emociono pensando en el Creador de tanta belleza. El Predicador lo escribe así: “Sin embargo, Dios lo hizo todo hermoso para el momento apropiado. Él sembró la eternidad en el corazón humano, pero aún así el ser humano no puede comprender todo el alcance de lo que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin” (Eclesiastés 3:11). Dios lo hizo todo hermoso y nosotros, por nuestra inútil rebeldía, nos hemos encargado de estropearlo. Pero han quedado cosas que hay que buscar y que brotan, llenas de color, cuando tienes un corazón dispuesto a admirar y alabar Su Obra. No encuentro palabras para describir tanta belleza surgiendo de la nada, al azar, sin un diseño inteligente, porque los que niegan a Dios se amparan en esas teorías llenas de vacíos, nieblas, interrogantes y, sin más, generan evidencias que no existen para respaldar esas huecas teorías. A pesar de todo, ese texto de Eclesiastés 3:11, nos revela que Dios ha puesto en el corazón de cada persona la necesidad de conocerlo y la esperanza de vida eterna: “Él sembró la eternidad en el corazón humano…” Sin embargo, el ser humano en su empecinamiento, rehúsa escuchar la voz del corazón, y lo que hace es erróneo porque el vacío que hay en cada corazón, solo puede llenarlo Dios mismo. Él quiere tener una relación personal, íntima, sin barreras, con cada persona. Por eso vino Jesucristo, para que pudiéramos disfrutar de esa relación pura con Dios y de la vida eterna que nos ofrece: “Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento, para que podamos conocer al Dios verdadero” (1 Juan 5:20). Por tanto, hay una decisión sensata que tomar porque un día toda persona será juzgada, sea creyente o no y los que hayan rechazado a Dios porque han preferido interesarse solo por el mundo físico, por lo que el mundo nos da, esas personas serán condenadas por tomar la decisión equivocada. Sin embargo, el que responde a la invitación de salvación del Señor, tendrá vida eterna. “No se dejen engañar; nadie puede burlarse de la justicia de Dios. Siempre se cosecha lo que se siembra. Los que viven solo para satisfacer los deseos de su propia naturaleza pecaminosa, cosecharán, de esa naturaleza, destrucción y muerte; pero los que viven para agradar al Espíritu, cosecharán vida eterna.” (Gálatas 6:7-8). Hoy es el día de tomar esa decisión.

domingo, 2 de junio de 2019

¿Para qué sirve mi vida?

Delante de cada persona hay un camino que parece correcto, pero termina en muerte
Esta meditación es producto del intento de contestar aquellas preguntas trascendentales que casi todo el mundo se hace en algún momento de su vida. Dentro de esta serie, ya hemos hablado de unas cuantas que puedes encontrar en este Blog. Recordemos: “¿Existe Dios?”, “¿Qué hay después de la muerte?”, “¿De dónde venimos?”, “¿A dónde vamos?”, “Si existe Dios ¿por qué permite las guerras, el hambre, el sufrimiento de los niños, etc.?”, “¿Qué sentido tiene la vida?”, “¿Estamos solos en el universo?” y “¿Por qué tengo que morir?”.
Algún día llegamos a una encrucijada: es un cruce de esos que tienen un indicador indicando a donde nos lleva cada dirección; tres de los indicadores tienen una dirección confusa; no sé si es que no la han escrito con claridad o si el que ha escrito la dirección, no lo tenía muy claro, pero son indicaciones que nos hacen dudar porque sus referencias y aclaraciones no acaban de cumplir su función: aclarar. Hay una cuarta indicación que es un poco larga pero se lee bien, ha sido escrita muy claramente y aparece firmada por Jesús. Dice así: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo esclavos, porque el amo no confía sus asuntos a los esclavos. Ustedes ahora son mis amigos porque les he contado todo lo que el Padre me dijo. Ustedes no me eligieron a mí, yo los elegí a ustedes. Les encargué que vayan y produzcan frutos duraderos, así el Padre les dará todo lo que pidan en mi nombre” (Jesús en Juan 15:14-16). Vaya, es un indicador misterioso que se resume en tres palabras: Dios te ama. Viene a decir que si le hacemos caso a Dios, le seguimos y le obedecemos, Él, el Creador del mundo, del universo, de todo lo visible e invisible, el Dios todopoderoso que vino a esta tierra encarnándose en la persona de Jesucristo por amor a nosotros, el único Dios nos acepta, nos llama amigos y nos escoge para bendecir la vida de otros. En otras palabras, el escoger esa dirección significa elegir el camino que nos lleva a seguir las pisadas del Maestro por excelencia, Jesucristo y, a aquellos que deciden seguir a Cristo, se les llama cristianos. Seguir el camino en pos de Cristo es tomar la dirección más adecuada para darle un nuevo significado a la vida, un propósito, una meta: la meta que Dios quiere y desea para todas las personas. Pero para eso, hay que elegir seguirle. En esa encrucijada que he mencionado al principio hay otras direcciones; no tienen mala pinta, parecen atractivas: “Delante de cada persona hay un camino que parece correcto, pero termina en muerte” (Proverbios 14:12). Hay un camino que solo tienen el propósito de andarse sin más objetivo, sin hacerse preguntas, con la sola idea de disfrutarlos sin más hasta que se acabe la salud o la vida: no hay propósito, la meta es la muerte, “vanidad de vanidades” dijo el Predicador de Eclesiastés, “todo es vanidad”.
El otro camino afirma tener una ruta super atractiva y estimulante, llena de emociones extremas, sorpresas y alegrías, pero nada de lo que ofrecen estos caminos llena el vacío espiritual que solo Dios puede llenar. Al final solo tenemos decepción; nada nos ha satisfecho del todo, deseamos buscar más y más en una búsqueda insaciable pero nula, porque nada que no sea Dios puede satisfacer ese vacío que es producto de no tener una relación fiable y estable con en Padre de la vida: Dios mismo. El camino que le parece derecho al hombre, según nos dice Proverbios 14:12, es el de la salvación por medio de las obras o de la buena conducta. Hay más personas yendo al infierno bajo este concepto que bajo cualquier otro. En un sentido más amplio, el camino que al hombre le parece derecho es siempre su propio camino, el camino de la voluntad propia que menosprecia la dirección divina o el consejo humano. Esto tan solo puede tener un fin desastroso y la muerte espiritual.
Jesús hizo grandes afirmaciones y una de ellas fue: “Yo soy el Camino” (Juan 14:6). Y en las palabras que hemos leído en Juan 15, Jesús está diciendo a los suyos, a los verdaderamente cristianos, que si le aman, guardarán, en el sentido de aceptarán y obedecerán, todo lo que Él nos manda: “Si me aman, obedezcan todos mis mandamientos” (Juan 14:15). La fidelidad a Él y el mantenimiento de una relación de amistad con Él, descansa en la obediencia. Los amigos de Jesús son aquellos que le obedecen.
Después Jesús habla de una nueva posición en nuestra relación con Él: la de amigos. Entre amigos no hay secretos, sino una perfecta de relación de camaradería dentro del amor que Dios derrama en el corazón de cada uno de sus hijos. En la comparación que hace con los siervos, el siervo tiene que hacer trabajo, muchas veces duro y difícil. Al amigo se le demanda obediencia al Maestro, Él es nuestro Señor; pero la carga de la responsabilidad que tenemos delante de Él, es ligera porque llevamos el yugo de Cristo, estamos compartiendo con Él el peso de esa obediencia: “Vengan a mi todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso. Pónganse mi yugo. Déjenme enseñarles, porque yo soy humilde y tierno de corazón, y encontrarán descanso para el alma” (Mateo 11: 28-29). “Descanso para el alma”; lo que no encontramos en las otras direcciones. El restablecimiento de nuestra relación con Dios da descanso a nuestra alma, paz, sentido, propósito a la vida: ¿Si Dios es por nosotros, quién contra nosotros? (Romanos 8:31).
Jesús nos escoge para bendecir la vida de otros. Leíamos: “Les encargué que vayan y produzcan frutos duraderos…” Jesús nos elige con un propósito definido: llevar fruto: buenas obras para bendición, no solo para nosotros sino para los que se relacionan con nosotros. Igual que Jesús anduvo por el mundo haciendo viene, el seguidor de Jesús tiene un hermoso propósito de hacer bienes que le den toda la gloria a Dios: no se trata solamente de acciones puntuales, sino de un estilo de vida que corresponde a discípulos de Jesús que siguen Sus pisadas.
¿Qué camino vas a escoger? ¿Ya lo has escogido? ¿No es el que sigue las pisadas del Maestro? Todavía estás a tiempo: arrepiéntete, cambia de rumbo, busca a Dios, sigue a Jesús y encontrarás la buena ruta que lleva a la vida eterna. Que así sea.

martes, 7 de mayo de 2019

Hablar de Jesús

evangelismo, hablar de Jesús, aprovechar las puertas abiertas
El fin de semana pasado hemos disfrutado de un Retiro de Iglesia en el que se nos ha hablado sobre
Evangelismo.
Evangelismo es cumplir con el último mandamiento de Jesús que se conoce como “La Gran Comisión” y que se encuentra en el Evangelio de Mateo, capítulo 28 y versículos 18 al 20: “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”
Quiero ilustrar esta meditación con una historia que leí en el devocional “Nuestro Pan Diario”:
“El ex jugador de la liga profesional de béisbol de Estados Unidos, Tony Graffanino, habla sobre un ministerio en un país europeo. Cada año, su institución organiza un campamento de béisbol de una semana. Durante ese tiempo, también ofrecen un estudio bíblico diario. En los últimos años, el líder intentó encontrar maneras razonables de convencer a los campistas de que Dios existe, para que pusieran su fe en Él. Después de unos trece años, solo tres personas decidieron seguir a Jesús.
Entonces cambiaron su enfoque, Según Graffanino, en lugar de “intentar presentar hechos o ganar argumentos para debate”, sencillamente hablaron de “la vida y las enseñanzas maravillosas de Jesús”. Desde entonces, más campistas escucharon y decidieron seguir al Señor.
El apóstol Pablo dijo que cuando les hablamos a otros del evangelio de Jesucristo, tenemos que ofrecer una “…clara exposición de la verdad […]. No nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo como Señor” (2 Corintios 4:2, 5). Este era el estándar de Pablo para la evangelización: “…me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:2).
Tenemos que conocer la Biblia y las razones que sostienen lo que creemos; y a veces, es necesario explicar esas razones. Pero la historia más convincente y eficaz que podemos contar es la que coloca a Cristo en el centro.” JDB
El apóstol Pedro dice de los verdaderos cristianos que “sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; (1 Pedro 2:9).
Anunciar las virtudes de Jesucristo es comunicar con naturalidad nuestra fe a los demás, primero glorificando a Dios con nuestra vida (no se puede anunciar el mensaje del evangelio y vivir como si no lo conociésemos) y segundo compartiendo nuestra fe en todo momento, en todo lugar, algo que algunos no hacemos “en todo momento, en todo lugar” como debiéramos porque por, lo que yo llamo “temores infundados”, algunos nos quedamos mudos creyendo que, con que observen nuestra vida, será suficiente, pero la Palabra de Dios nos recuerda que eso no es suficiente, que el creer viene por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios (Romanos 10:17). Cuando Jesús está contando la historia del hombre rico y de Lázaro, dijo: “A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos… Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.” (Lucas 16:29, 31). Las personas se convierten por el oír, no solo por el ver.
En el Estudio que hicimos sobre este importante asunto, se nos enseñó que ¡hay un clamor en el Cielo respecto a esto! “¿A quién enviaremos?” (Isaías 6:8). Cuando Jesús se estaba despidiendo de sus discípulos, aquellos que fielmente le habían acompañado durante los años de su ministerio mientras estuvo en la Tierra, les dijo: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en todo Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:8). Más adelante el apóstol Pablo escribió: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7). Dios nos ha capacitado con el Espíritu Santo y Su Palabra para que “seamos testigos” hablando y compartiendo nuestra fe.
Que Dios nos ayude, guíe, anime y conforte para que le seamos fieles en nuestra obediencia como Sus embajadores. Amén.