miércoles, 18 de julio de 2018

¿Estamos solos en el universo?

solos en el universo
A punto de salir de vacaciones y por tanto entrar en ese exclusivo grupo de aquellos pocos y privilegiados que no tienen medios técnicos para escribir y publicar, afronto una pregunta más de lo que he dado en llamar la serie sobre las clásicas preguntas que todo el mundo se hace: “¿Estamos solos en el universo?”; “¿hay vida en otros planetas?”.
Teniendo en cuenta los miles de millones de planetas que se calcula que hay en el espacio se supone que sí, que debería haber vida en otros lugares, aunque hasta el momento no se haya encontrado. Por supuesto los evolucionistas aseguran que igual que en la Tierra se ha desarrollado la vida a través de un organismo microscópico, puede haber ese tipo de organismos latentes en otros planetas a la espera de otra hipotética evolución. Científicamente no hay nada probado, que yo sepa, por lo que la pregunta sigue ahí latente, más como una curiosidad ya que una respuesta negativa abriría las puertas a la imaginación y al suspense por saber cómo se desarrolla la vida en otros planetas por ahí perdidos.
Los astrónomos que se dedican a enviar y a rastrear señales procedentes del espacio exterior, cada vez están más desanimados y pesimistas en “contactar” con alguien ya que llevan más de 50 años haciéndolo y no hay respuesta; seguro que habrá optimistas que aún la esperen pero las distancias son tan grandes en esa “ventana silenciosa” a la que nos asomamos que, aunque le pongamos mucha ilusión, da la sensación de que recibir algún tipo de señal procedente de otra hipotética civilización, parece más que improbable.
Los cristianos buscamos respuestas en la Biblia: ¿hay algo sobre esto en la revelación dada por Dios a los hombres? No… ¿o sí? Con claridad, no, pero es evidente que la revelación divina va dirigida a nosotros, centro de la creación de Dios y que el plan de salvación elaborado desde antes del principio de los tiempos (2 Timoteo 1:9) es para nosotros a causa de que nos rebelamos contra el Creador queriendo ser independientes y autosuficientes. Si además pensamos que Jesucristo es el unigénito Hijo de Dios, Dios encarnado para habitar entre sus criaturas, ¿qué sucede en el resto de las civilizaciones? ¿ellos no se han rebelado? ¿se ha encarnado Dios en otro tipo de criaturas para vivir entre ellos? ¿no ha sido necesario? Temo entrar en algún tipo de blasfemia haciéndome este tipo de preguntas, así que me voy a centrar en la Escritura. ¿Qué dice? “En el principio, Dios creó los cielos y la tierra.” Aquí tenemos la primera pista. La tierra protagonista exclusiva de esta maravillosa creación. El resto… ¡los cielos! Y aquí entran los miles de millones de estrellas, planetas, galaxias, etc., una inmensa cantidad de materia en el universo de cuyas dimensiones nuestra mente es incapaz de plasmar en cifras. La sencillez del relato bíblico lo plasma así: “Dios hizo dos grandes luces: la más grande para que gobernara el día, y la más pequeña para que gobernara la noche. También hizo las estrellas.” (Génesis 1:16). Si nos fijamos, el relato está centrado en la tierra, en cómo iba a ser alumbrada, en cómo iban a entrar y salir las estaciones, en qué distancia exacta tendría que haber entre ella y el sol para que la creación fuese posible y las plantas y los animales no se abrasasen. Y lo más importante: “Dios creó a los seres humanos a su propia imagen…, hombre y mujer los creó” (Génesis 1:27). ¡Sublime! El Creador prepara el sitio, lo llena de plantas y animales y luego, como broche final, crea al hombre y a la mujer y luego, como Creador y Señor de toda la creación, los bendice y les da instrucciones: “Sean fructíferos y multiplíquense. Llenen la tierra y gobiernen sobre ella. Reinen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que corren por el suelo.” (Génesis 1:28). Esto es solo el inicio. Después la historia nos cuenta en que desencadenó el deseo del hombre y la mujer de ser “dioses” hasta el punto de que supimos que “Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:16). 
¡Dios amó al mundo! A mí no me cuadra que si hubiese otros mundos no lo supiésemos a través de la Biblia porque Dios desarrolla su inmenso plan de salvación por el mundo, este mundo que Él ha creado y al que ama tanto. No se atisban otros en estas palabras y menos pensando que el Hijo de Dios murió crucificado por los pecados de todo el mundo. Este mundo. El mundo en el que Dios nos ha puesto para que lo gobernemos. ¿Y qué hacemos, lo gobernamos o lo gastamos mal-usándolo? En nuestra soberbia, preferimos gastar miles de millones en buscar si hay agua en Marte o algún tipo de microbio que nos dé pie a pensar que la creación tal y como se relata en la Biblia es un mito, que realmente todo ha sido fruto del azar, mientras que en nuestro planeta hay millones de personas que se mueren de sed y de hambre ¿hay algo más sin sentido? Dicen que si encontramos agua en otro planeta por ahí fuera, tenemos más posibilidades de cambiarnos a él cuando la Tierra termine sus recursos. O sea, millones gastados en buscar una solución a un problema futuro que aún no se ha dado, solución que supongo sería para unos pocos escogidos, privilegiados y ricos, mientras aquí, ahora, se están ya muriendo por inanición.
A la luz de la Palabra de Dios, y dejando claro que en Ella no se dice nada al respecto, creo que sí estamos solos en el universo como civilización, como planeta habitado. Aunque hay un lugar en donde está Dios y miles de millones de criaturas suyas, ángeles, serafines, arcángeles, etc., que sí se mencionan en la Biblia, que en ocasiones están entre nosotros, y que más pronto que tarde conoceremos, cuando el fin de los tiempos se cumpla, según el reloj del Creador, Soberano, Rey y Señor.

viernes, 29 de junio de 2018

El Amor

que nuestro amor no quede solo en palabras
El amor es uno de los temas favoritos del apóstol Juan en sus cartas. Él lo lleva a la práctica; no habla en sentido poético, romántico… tampoco se refiere al amor “eros”, no, él habla del amor como aquello que tiene que fluir con naturalidad de un verdadero creyente, de un verdadero hijo de Dios, de alguien que tiene a Jesucristo como su Señor y Salvador, como su Modelo por excelencia, como su Maestro, aquel a quien quiere obedecer y seguir.
“Queridos hijos, que nuestro amor no quede solo en palabras; mostremos la verdad por medio de nuestras acciones”. Antes había escrito: “Si alguien tiene suficiente dinero para vivir bien y ve a un hermano en necesidad pero no le muestra compasión, ¿cómo puede estar el amor de Dios en esa persona?” Es fácil llenarse la boca de hermosas palabras; incluso auto engañarse con una supuesta piedad, fervorosa, devota. Pero el amor verdadero, no se puede expresar con palabras sino va acompañado de hechos. Jesús es un claro ejemplo de esto; el apóstol lo describe así: “Conocemos lo que es el amor verdadero, porque Jesús entregó su vida por nosotros”. Jesús habló mucho sobre el amor, y aconsejó sobre que incluso debemos amar a nuestros enemigos, pero evidentemente no se quedó solo con las palabras: lo expresó con hechos con la demostración más grande y sublime del amor divino, entregando su vida voluntariamente, en sustitución por la de los pecadores, muriendo por sus enemigos: “Casi nadie se ofrecería a morir por una persona honrada, aunque tal vez alguien podría estar dispuesto a dar su vida por una persona extraordinariamente buena; pero Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores… Pues, como nuestra amistad con Dios quedó restablecida por la muerte de su Hijo cuando todavía éramos sus enemigos, con toda seguridad seremos salvos por la vida de su Hijo.” (Romanos 5:7-8, 10).
Así que como Dios no sólo habla del amor sino que ama, igualmente sus hijos debemos amar con nuestros hechos: “Nuestras acciones demostrarán que pertenecemos a la verdad, entonces estaremos confiados cuando estemos delante de Dios.” “Pertenecer a la verdad” es, según la Biblia, ser ciudadanos del cielo, o lo que es lo mismo, pertenecer a Dios y obedecerle siguiendo a Cristo. Conocemos que “somos de la verdad” cuando en la práctica demostramos ese amor, primeramente a los hermanos en la fe y luego con nuestro prójimo en general: “Y su mandamiento es el siguiente: debemos creer en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y amarnos unos a otros, así como él nos lo ordenó.” Este mandamiento se repite en las cartas de Juan continuamente, prueba evidente de que al Juan discípulo se le habían grabado a fuego las instrucciones de Jesús: “Así que ahora les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros. El amor que tengan unos por otros será la prueba ante el mundo de que son mis discípulos.” (Juan 13:34-35). “Este es mi mandamiento: ámense unos a otros de la misma manera en que yo los he amado… Este es mi mandato: ámense unos a otros.” (Juan 15:12, 17).
Y en esa misma línea vemos como responden sus cartas: “Queridos amigos, sigamos amándonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama es un hijo de Dios y conoce a Dios; pero el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.” He ahí la clave, he ahí la evidencia sobre si la persona tiene comunión con Dios o no. El amor genuino tiene su origen en Dios; el amor forma parte de la naturaleza divina, no se trata de un atributo sino de lo que Dios es y el creyente recibe de ese amor en su corazón, según nos explica el apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “Sabemos con cuanta ternura nos ama Dios, porque nos ha dado el Espíritu Santo para llenar nuestro corazón con su amor.” De manera que los creyentes aman como impulsados por el sentimiento divino que Dios mismo produce en nosotros. “No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados.” Podría decir que esto es el broche de oro final. Aunque nosotros no éramos dignos de su amor, Él envió a su Hijo igualmente porque Él es Amor, tomó la iniciativa amándonos primero y proporcionándonos la manera de que pudiésemos tener relación con Él gracias a su Amor , Gracia y Misericordia. “Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento, para que podamos conocer al Dios verdadero. Y ahora vivimos en comunión con el Dios verdadero, porque vivimos en comunión con su Hijo, Jesucristo. Él es el único Dios verdadero y Él es la vida eterna.” (1 Juan 5:20).

lunes, 11 de junio de 2018

El prójimo

Colaboración de Manuel José Díaz Vázquez

Porción de la Escritura: Lucas 10:25-37
¿quien es mi prójimo?
Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?  Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? 
Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo. 

Cuando el intérprete del la ley le preguntó al Señor: “¿Y quién es mi prójimo?”, se encontraba lejos de sospechar que él mismo iba a contestar su pregunta, tan centrado estaba en su propia justificación cuando la hizo. 
No vamos a detenernos a estudiar toda la porción, sino, solamente, a extraer dos puntos esenciales acerca del término “prójimo”, que vienen a ser como las dos caras de una misma moneda. 
Cuando el Señor contesta al intérprete de la ley con esta parábola, a medida que la vamos leyendo tenemos la impresión de que el herido representa al prójimo y las personas que pasan a su lado expresan diferentes actitudes con respecto a él. Luego, vamos reflexionando acerca de los detalles: el sacerdote, el levita, el samaritano y lo que hacen cada uno de ellos, reparando en el hecho de que los dos primeros son judíos… Pero da la impresión de que la pregunta pasa a un segundo plano. Y sin embargo, ya está contestada. Mi prójimo es cualquiera: cualquier hombre. Haríamos mal en restringir el ámbito del término a los más próximos como se puede derivar de su etimología griega: familia, amigos, vecinos, conciudadanos, camaradas, compañeros, hermanos… El concepto incluye a cualquier hombre que nos encontremos en nuestro camino existencial, por decirlo así. Depende de mis movimientos. Si yo estoy en el local de la iglesia, mis prójimos son mis hermanos, pero si salgo de ella, mis prójimos son los transeúntes anónimos que me voy encontrando por el camino sean o no de mi raza o religión, y si estuviese en un país remoto que no tuviese que ver con las costumbres y la cultura del mío, la percepción es la misma. Es, en este sentido, un concepto universal… 
Pero es solo una cara de la misma moneda como dijimos anteriormente.  El Señor no se detiene aquí y hace una pregunta en el versículo 36 que vuelca la percepción anterior, o mejor dicho, la complementa. Sorprendentemente, el prójimo ya no es el herido, que no deja de serlo al mismo tiempo. El prójimo es el samaritano. ¿Cómo puede ser esto? Y es aquí cuando el intérprete de la ley da la respuesta definitiva a su propia pregunta, nos da una definición perfecta, llevado por el Señor, de quién es el prójimo: “El que usa de misericordia con los demás”. Ese es el verdadero prójimo. O sea, que ser prójimo viene definido por el interior, por el corazón, de si tenemos o no misericordia para con los otros. Misericordia práctica, se entiende. Es decir, una ternura entrañable hacia los demás que lleva a aliviar el sufrimiento ajeno. Prójimo es el que da y el que recibe. Y cada uno de nosotros puede estar en ambos puntos, aunque mejor es dar que recibir… Es un principio de identidad que nos iguala a todos.
Recordemos, para finalizar, otra porción en Mt 9:27, cuando dos ciegos le gritaban: “¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!”. El Señor fue el Prójimo de ellos, es el Prójimo de toda la Humanidad. 
Que Él nos ayude a tener misericordia de los demás. 

** Manuel es autor de las novelas "Queso fresco con membrillo", "A las vacas de la señora Elena no les gusta el pimiento picante", "La calavera de Yorick" (Ediciones Atlantis) y "Apuntes y memorias del peor estudiante del mundo" (Liber Factory).

domingo, 27 de mayo de 2018

Cuestión de valores

pérdida de valores en la sociedad actual
Hace unos día leí este comentario en la hoja del calendario de La Buena Semilla: “En el curso de una
entrevista, un editorialista declaró: “Hemos pasado a un período de incertidumbre en cuanto a nuestros valores”. Hablaba de nuestros valores morales, los que gobiernan nuestro comportamiento en la sociedad actual. En los países cristianizados estos valores se apoyaban en gran parte en la Biblia. Hoy todos esos valores son cuestionados porque Dios y su Palabra han sido dejados de lado o ignorados.”
Unos días más tarde, leyendo el libro “Verdad y transformación” de Vishal Mangalwadi, un destacado intelectual y conferenciante cristiano de la India, encontré un comentario muy similar: “La verdad se perdió por causa de la arrogancia intelectual que rechazó la revelación divina e intentó descubrir la verdad apoyándose exclusivamente en la mente humana… La Inglaterra del siglo XVIII estaba tan corrompida como mi país; fue transformada por el avivamiento religioso dirigido por John Wesley, fundador de la Iglesia Metodista.”
No es la primera vez que escribo sobre el tema de la “pérdida de valores en la sociedad actual”, pero es curioso que me lo encuentre continuamente, como si urgiera la necesidad de hablar de esta pérdida, básicamente por los inconvenientes que supone para esta sociedad postmoderna. Mires para donde mires, el comportamiento de las personas públicas que deberían ser un ejemplo para los demás, destaca una y otra vez por el escándalo, la corrupción, las malas maneras… y esto afecta a la sociedad en general que parecer amoldarse con demasiada velocidad, diría yo, a una forma de comportamiento que practica tanto el político más afamado como el niño en el patio del colegio o en el parque; las películas sobre el viejo oeste están de moda: “ciudad sin ley”. La repetición de conductas irresponsables sin tener en cuenta los principios más básicos de convivencia, están haciendo que la gente se acostumbre a que “eso” es normal y que la pérdida de valores en la sociedad sea un problema irremediable como el cambio climático, la contaminación de los mares o la desaparición de especies de animales. Lo que realmente alarma es que parece que nadie se da cuenta del alimento continuo que reciben nuestros jóvenes en la televisión y el cine para que desaparezca el gusto por la educación, el civismo, el respeto por los demás. Parece que es más interesante vivir al límite, buscar el enfrentamiento, conseguir las cosas que se desean sin esfuerzo, robando si llega el caso. Se oyen continuamente las formas de incumplir la ley sin que tenga consecuencias (“¡total no pasa nada!”). Se ufanan de “subir a la red” la última gamberrada, pelea entre jóvenes, etc.,  importándoles bien poco el hecho de que la misma policía pueda llegar a conocer la identidad de los infractores. Es como si la expresión “¡a donde vamos a llegar!” se le atribuyese a las personas mayores que “están pasadas” y no saben que los tiempos han cambiado y hoy está de moda romper con la rigidez de una sociedad caduca.
¿Se han perdido definitivamente los valores morales? No. Están a disposición de todo el que los quiera encontrar y ejercitar y todos estamos en disposición de potenciarlos si no queremos que este mundo se convierta en lo que pronostican las películas futuristas que auguran un mundo devastado y dominado por las armas, la violencia, la fuerza del más bruto, la corrupción desmedida y la injusticia.
“La Biblia fue la responsable de que el Occidente medieval fuera la primera civilización de la historia que no descansó sobre las espaldas de sudorosos esclavos.” escribe Mangalwadi. La Biblia sigue siendo desde hace miles de años, una guía segura. “Tu palabra es verdad”, dijo Jesús en su oración de Juan 17. “Si os mantenéis fieles a mis enseñanzas, seréis realmente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32). La vida cristiana ejercita y fomenta los valores morales de convivencia. El Señor nos pide que seamos luz y sal en este mundo; la luz despeja las tinieblas y el caos; la sal recobra el sabor de la vida sana y cívica. “Dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial”. Como seguidores de Jesucristo somos responsables de que esta sociedad no pierda “el sabor” de la vida abundante en el sentido de que la vida tiene un propósito y un valor que la apatía general y la desinformación está olvidando. Los creyentes tenemos un testimonio que habla de la esperanza que hay en Cristo y de la existencia real y inequívoca de Dios ante quien tendremos que rendir cuentas al final de nuestros días. No se trata de creer en temores y temblores para someter y paralizar a la gente, sino de todo lo contrario: ¡ser libres! ¿Por qué? Porque estando de parte de Dios estamos de parte del Creador, Soberano, Dueño y Señor de la creación, y no solo eso, también es nuestro Salvador y el que da  sentido a la vida, un propósito, una meta que afecta a nuestra manera de vivir de manera que nuestra conducta y testimonio ante los demás le da un sabor especial y agradable a la sociedad que nos rodea. El verdadero cristiano respeta las leyes vigentes y si detecta alguna injusticia o error en su aplicación, tiene valor y bases en las que afirmarse para protestar y exigir justicia en donde sea necesario. El verdadero cristiano procura el bien de sus conciudadanos, practica el civismo, su familia es ejemplo de amor y educación, es ejemplo de responsabilidad y profesionalidad en el trabajo… Sal, sabor en medio de una sociedad corrompida, mentirosa, avara, egoísta…

viernes, 4 de mayo de 2018

Esperemos

Serenidad, paz, ideal para esperar algo grandioso
Hace unos días, leyendo este antiguo dicho: “Dios tiene su hora y su demora”, me vinieron a la mente algunos de los textos que más me gustan y que, al mismo tiempo, más me impresionan por lo que revelan de la soberanía y la sabiduría de Dios. Por ejemplo el Salmo 37:7: “Quédate quieto en la presencia del Señor, y espera con paciencia a que Él actúe”. ¡Con lo que a mí me cuesta esperar! Como ya he comentado en más ocasiones, mi lucha personal (una de ellas), es contra la ansiedad y el consejo que me viene del Altísimo es… ¡que espere! El Salmo 46:10 sigue en la misma línea: “¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios!”. El gran evangelista Charles Spurgeon comentaba algunas cosas a propósito de estas palabras: “¡Sentaos y esperad con paciencia, creyentes!... Como nadie puede proclamar dignamente su naturaleza, que “el silencio exprese su alabanza”.
El pastor Joseph Caryl comentó a propósito de ese versículo: “Como si el Señor hubiera dicho: “Ni una palabra, no intentéis replicar; veáis lo que veáis, quedaos quietos, callad; sabed que yo soy Dios y no doy cuenta de ninguno de mis actos.” Cuando llegamos a la presencia de Dios, todas nuestras energías, nuestros impulsos, nuestra iniciativa, se queda como congelada ante Su magnificencia y se requiere una actitud de calma, quietud y espera… Desde las primera palabras de la Biblia, se nos indica, se nos pide que midamos nuestros movimientos y bajemos el tono de nuestra voz: “Oh naciones del mundo, reconozcan al Señor; reconozcan que el Señor es fuerte y glorioso. ¡Denle al Señor la gloria que merece! Lleven ofrendas y entren en su presencia. Adoren al Señor en todo su santo esplendor; que toda la tierra tiemble delante de Él. El mundo permanece firme y no puede ser sacudido” (1 Crónicas 16:28-30).
Solo atisbamos un poco de Su majestad, de Su grandeza… pero lo poco que se nos revela es suficiente para que reconozcamos que si nuestra vida está en Sus manos, gran parte de esa vida nos toca esperar… porque Dios nunca está apurado. Y es en esos momentos, en esos tiempos de oración cuando creemos que podemos apurar un poco las circunstancias y nos ponemos ansiosos porque la respuesta no llega en nuestro tiempo y, cuando nos llega, oímos: “Espera un poco, y verás lo que hago”. ¡Es maravilloso! Pero hay que saber oír esa voz, en toda su potencia, en toda su calma, en toda su portentosa realidad soberana… “sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” (Santiago 1:3-4). Saber esperar es un arte y, además, ejercita la paciencia. Además esperar que Dios obre es una bendita espera porque Él va a obrar en nosotros y a nuestro favor. La versión popular traduce así estos textos de Santiago: “Porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. Así que dejen que crezca, pero una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada”. El hermano David H. Roper escribe a propósito de esto: “Desarrollamos constancia: la habilidad de confiar en el amor y la bondad del Señor, aunque las cosas no salgan como nosotros queremos”. Salmo 70:5.- “En cuanto a mi, pobre y necesitado, por favor, Dios, ven pronto a socorrerme. Tú eres mi ayudador y mi salvador; oh Señor, no te demores.” Es grande saber que Dios nos acompaña mientras esperamos. Esperar, paciencia, perseverancia. Y el que persevera hasta el fin recibirá la corona de la vida. “Corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Esto lo hacemos al fijar la mirada en Jesús, el campeón que inicia y perfecciona nuestra fe” (Hebreos 12:2). “Con paciencia esperé que el Señor me ayudara, y Él se fijó en mí y oyó mi clamor” (Salmo 40:1).
La perseverancia permite ver el fin del propósito divino. En esa perseverancia paciente, Dios va madurando nuestra vida y nuestra experiencia espiritual (“…para que seáis perfectos y cabales”). No que lleguemos a una perfección absoluta, algo imposible en esta vida, pero sí se nos va dotando de lo necesario para caminar hacia esa perfección.
La paciencia es un fruto del Espíritu: “La clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio” (Gálatas 5:22). El pastor y conferenciante D. Samuel Pérez Millos escribe sobre esto: “Las manifestaciones del fruto del Espíritu son cualidades sobrehumanas del carácter. Ninguna de ellas puede producirse por habilidad o recursos del hombre natural… La paciencia solo es posible para quien anda en el Espíritu”.
Esperemos. El hecho de que tengamos que esperar pacientemente no significa que tengamos que resignarnos. Podemos esperar en actitud gozosa en el Señor tal y como sugiere el versículo 4 del Salmo 70: “Pero que todos aquellos que te buscan estén llenos de alegría y de felicidad en ti. Que los que aman tu salvación griten una y otra vez: “¡Grande es Dios!””. 
Amén. ¡Que así sea!