miércoles, 15 de marzo de 2017

El hospital

blanco de hospital
Lo evitamos pero no nos queda otra que ir cuando toca, sea por nosotros, por una persona querida, por un familiar... Es tan grande que te pierdes en sus laberínticos espacios, pasillos, escaleras, ascensores que no detienen su continuo trajín, un ir y venir de gentes de todas las edades, bueno, niños los menos, si no son ellos los protagonistas se quedan en el hall de la entrada como enmascarando con su alegre bullicio el triste rumor que sale de su insaciable boca. Mejor que no sean ellos los protagonistas; los que conocen el dolor antes que la vida... ¡que penita dan! ¡tan niños y tan mayores al tiempo! aceptando el dolor como algo normal que les ha "regalado" la vida, asumiéndolo con heroica resignación, mucho más valientes que nosotros, mucho más maduros.
El dolor fluye de sus paredes, está impregnado de dolor; lo ves en los ojos de los ocupantes de esos pares de camas, dos por habitación, dos mesitas, dos sillones duros de dolor para que el que se quiera dormir en ellos, no lo consigan y sí se lleven los huesos rechinando de quejumbrosos ayes para que se sientan partícipes y solidarios con los que se tienen que quedar allí, postrados por el dolor que no han pedido, que no han querido, pero que un día ha llamado a su puerta buscando un inquilino involuntario, con mirada aterrada, suplicante, ojerosa, triste...
El dolor pasea por aquellos largos pasillos; se ayuda de muletas, andadores, soportes de suero, orina o lo que sea, soportes con ruedas que son trasladados como repugnantes estandartes anunciando la vejación del que los porta. Se apoya en un brazo solidario, cariñoso, sufrido, con un andar parsimonioso, grave, sin prisa, aburrido, cansino. A veces se para para intercambiar grados de dolor con otros peregrinos del pasillo sin salida franqueable para los que lo arrastran. Los demás si tienen salida por una de esas bocas que escupen caras aliviadas, satisfechas del deber cumplido y de no tener que seguir paseando por esos pasillos atestados de dolor blanquecino, blanco de fluorescente, blanco de camas blancas que se cruzan con uno en dirección a... Blanco de batas blancas, de gorros blancos, de envases de jeringuillas blancos, de medicamentos, de algodón, de tela... blanca.
Van malvestidos, con pijamas arrugados y flojos, con camisones incompletos que a la mínima muestran las "vergüenzas", con batas gastadas del uso indiscriminado, para pasear, para estar en cama, para ir al baño, para visitar la sala de espera dónde se puede encontrar uno con conversaciones ajenas, historias nuevas, algo en la televisión... Los asientos también son incómodos allí, debe de ser para que no estén ocupados mucho tiempo, para que los dejen libres, para que lleguen otros. Es un lugar que da la sensación de movimiento, de una maquinaria que nunca se para, ni siquiera de noche. El dolor no tiene horas y entra y sale continuamente, incansable, buscando respuestas, una sonrisa, una lágrima, un abrazo, un consuelo...
Esta semana he visitado un hospital.

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