viernes, 30 de enero de 2026

Él sabía lo que había en el hombre.

En la segunda y de momento última Guerra Mundial (1939-1945), se estima que murieron entre civiles y militares entre 70 y 85 millones de personas, aproximadamente el 3% de la población mundial que había en esa época.

Hay una anécdota que cuenta que después de que sucedió esa terrible masacre, se le preguntó a un rabino si a pesar de eso todavía podía creer en Dios, a lo que el rabino contestó que la pregunta estaba mal hecha, que la verdadera pregunta era ¿Cómo podemos creer todavía en el hombre?

Ya lo he comentado en alguna ocasión: todavía escucho entre los contertulios en las emisoras de radio algunos comentarios optimistas de personas que dicen creer en el hombre, creen que él solo puede mejorarse y que la paz en el mundo es posible gracias a los esfuerzos humanos. La verdad que viendo los últimos acontecimientos con los presidentes de EEUU, Rusia, Corea del Norte, etc., no es para estar muy optimista, pero sí es verdad que siempre el hombre cuenta consigo mismo para hacer frente a todos sus problemas, aunque siempre se queda a medio camino de alcanzar la ansiada paz mundial. ¿Por qué normalmente fracasa? Se nos ocurren muchos motivos, aunque los más familiares podrían ser la ambición, el orgullo, el egoísmo…

Cuando Jesús estuvo en la tierra, los cronistas de la época registraron esta circunstancia: “Jesús no se fiaba de ellos… pues sabía lo que había en el hombre.” (Juan 2:24-25). Es una evidencia más de la deidad de Jesús, ya que solo Dios puede saber lo que hay en el corazón de las personas: “Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y sin remedio. ¿Quién lo conocerá?  Yo, Jehová, escudriño el corazón y examino la conciencia, para dar a cada hombre según su camino y según el fruto de sus obras.” (Jeremías 17:9-10). ¿Qué sería lo que Dios podría ver en los corazones de los que le rodeaban? Creo que lo primero que notaría sería que su corazón estaba lejos de Dios. El hecho de que Jesús sanase milagrosamente atraía a las masas y eso sería posiblemente lo que hiciese moverse a las personas como sucede en estos tiempos, tal vez ya menos, en Fátima y en lugares similares donde se dan supuestos milagros. No quita que otras muchas personas buscasen respuestas a su inquietud espiritual. Jesús podía decir: ¡Yo os conozco!

Hay unas palabras muy tristes en el Antiguo Testamento que resuenan a través de los siglos con un sonido misterioso: “El SEÑOR vio que la maldad del hombre era mucha en la tierra, y que toda tendencia de los pensamientos de su corazón era de continuo solo al mal.” (Génesis 6:5). Dios vio ¿qué es lo que vio? El corazón de los hombres y sus intenciones independentistas una vez que el pecado había creado una barrera infranqueable entre él y Dios. La frase es impresionante: “la maldad del hombre era mucha en la tierra”. Dios es Amor, es verdad, pero también es Justo y el Dios Justo era y es el que mira nuestro corazón para saber de qué viene cargado. Un simple vistazo nos muestra que la maldad se ha reproducido de una manera terrible; hay películas que la muestran que no soy capaz de ver; se me revuelve el cuerpo ante la negrura y corrupción que rezuman. En la época temprana en que Dios mira a la humanidad, ya allí en Génesis, cualquiera podía ver que la maldad era mucha pero Dios puede ver más al interior donde nosotros no llegamos: el texto dice que vio todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Dios vio sus planes y vio las ideas que imaginaban esos planes, planes malvados elaborados por corazones llenos de pecado y de maldad y lo hacían deliberadamente y con propósito dañino.

Lo grande de este pasaje es que Dios no vio al hombre como lo puede ver un espectador, sin intervenir. Dios vio al hombre en aquel momento igual que lo ve ahora: afectado por la enfermedad que la Biblia llama “pecado”, una enfermedad que nunca podremos curar por nuestros propios esfuerzos. Dios vio al hombre, ve al hombre, como un buen padre ve la testarudez y la necedad de un hijo rebelde y desobediente, algo que le da mucho pesar. La diferencia, claro está, en que Dios es Dios y nada puede perturbar Su mente y Su tristeza ante la complicidad del hombre con la maldad es una manera de indicar Su justo y santo rechazo ante el pecado y ante los pecadores, de hecho, Dios parece como si se arrepintiese de haber creado al hombre, sin embargo nunca vemos que se haya arrepentido de haberlo redimido.

Sí, Dios nos ha mirado y ha enviado un remedio para alcanzar paz con Él y entre nosotros: Su Hijo Jesucristo. Jesús, el Hijo de Dios vino a la tierra hace más de dos mil años como un hombre perfecto para salvarnos de un Juicio merecido que nos condena por pecadores y por no querer saber nada de Dios. Dios es tan bueno que por medio de la muerte y la resurrección de Jesús nos regala perdón, paz y ¡vida eterna!

Creer en Jesús quien murió en la cruz por mí y por ti, es el paso obligatorio e individual que debemos dar para ser totalmente perdonados del pecado y recibir la vida eterna. ¿Cómo se hace esto? Simplemente pidiéndoselo: ahora mismo, con un corazón arrepentido, queriendo que Jesús cambie tu vida, solo hay que, sinceramente y de corazón pedírselo: “Jesús, te pido que te muestres a mí, que me des tu perdón, reconozco que soy un pecador y que nunca he querido saber nada de ti, quiero pedirte perdón por mi vida y rogarte que seas mi Señor y mi Salvador personal. Amén.”

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