Mostrando entradas con la etiqueta sabiduría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sabiduría. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de febrero de 2024

La vejez

Mis padres ya pasan de los 90 años. Viendo su dependencia y degeneración me preguntaba por qué Dios
los deja vivir tantos años. Pero al momento recuerdo que ante Dios Nuestro Señor no debo de preguntar "¿por qué?" sino "¿para qué?" porque no conozco Sus propósitos; cuando normalmente permite algo es con un objetivo y a lo mejor es fortalecer mi fe, o mi confianza en Él, o mi paciencia o mi generosidad con mis padres, no lo sé pero me da tranquilidad saber que Él si sabe y que debemos de confiar en Él.

Me llama la atención la cantidad de versículos que hablan sobre la vejez: algunos son educativos fomentando el respeto de los más jóvenes ante la imponente imagen de las personas mayores: "Ponte de pie en la presencia de los ancianos y muestra respeto por las personas de edad. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor." (Levítico 19:32). En la época en la que se escribió este libro, los mayores eran los líderes, los sabios, los que tenían el conocimiento sobre las cosas, las experiencias, las plantas que servían para curar o para hacer remedios; ellos eran los jueces, eran el clan de los ancianos respetados y reverenciados y no levantarse o mostrar respeto ante ellos era un desafío a la autoridad que representaban: "La sabiduría pertenece a los ancianos, y el entendimiento a los mayores." (Job 12:12). 

No debemos olvidar que el respeto a los mayores y especialmente a nuestros padres forma parte de los Diez Mandamientos y es un mandamiento con bendición: "Honra a tu padre y a tu madre tal como el Señor tu Dios te lo ordenó. Entonces tendrás una vida larga y plena en la tierra que el Señor tu Dios te da." (Deuteronomio 5:16). Sobre este mandamiento habla Pablo después en su carta a los Efesios recordándonos que es un mandamiento con promesa ("tendrás una vida larga y plena en la tierra") aunque se entiende que aquí a Pablo no le interesa recalcar esa promesa para motivar, parece que su intención es recalcar que por medio de esa promesa Dios mismo le ha dado a ese mandamiento un vigor singular.

Es emocionante ver como Dios se preocupa muy especialmente de los mayores y de su cuidado, algo a tener en cuenta especialmente cuando, como yo, vemos a nuestros mayores muy mermados físicamente y, en algunos casos, entrando en la llamada "demencia senil", un concepto que según los entendidos no corresponde a ningún diagnóstico aceptado, ni por la comunidad médica ni por la científica, ya que ese nombre se suele emplear haciendo referencia a un deterioro cognitivo progresivo normal por la edad muy avanzada, aunque, el hecho del envejecimiento conlleva pérdidas, nunca, por sí mismo, es causa de demencia. La demencia no es una consecuencia inevitable del hecho de envejecer. 

Pero volviendo a lo que nos ocupa, voy a hacer referencia a esos textos que hablan del amor y de la preocupación de Dios por Sus mayores: "Yo seré su Dios durante toda su vida; hasta que tengan canas por la edad. Yo los hice y cuidaré de ustedes; yo los sostendré y los salvaré." (Isaías 46:4). Es conveniente aclarar que en el contexto Dios está hablando del cuidado especial de Su pueblo ("Yo los hice y cuidaré de ustedes; yo los sostendré y los salvaré"). Dios cuida de su pueblo desde la cuna hasta la tumba. Y a nosotros nos aplica al entender que los cuidados divinos nunca terminarán y que siempre estarán disponibles y muy especialmente en los años de nuestra vejez. Algo que me anima porque viendo cómo nuestros mayores se van haciendo tan mayores con los problemas físicos y de dependencia que ésto supone, podría pecar pensando que Dios no los está cuidando, cuando que, como he dicho al principio, Dios se ha comprometido a cuidarlos y si permite este tipo de cosas es algo que Él sabe para qué lo permite, siempre hay un propósito divino y soberano. El mismo David oraba sobre ésto: "Y ahora en mi vejez, no me hagas a un lado; no me abandones cuando me faltan las fuerzas." (Salmo 71:9). John Wesley, el gran predicador y teólogo anglicano británico, escribió en su vejez: "Hoy cumplo ochenta y seis años. Veo que soy un viejo: 1) Mi vista ha decaído y apenas puedo leer letra impresa y esto con mucha luz. 2) Mi fuerza ha decaído de modo que ando mucho más lento que hace algunos años. 3) Mi memoria para nombres, personas o lugares ha decaído, y tengo que esforzarme para recordarlos. Lo que tendría que temer, si pienso en el día de mañana, es que mi cuerpo se negara a servir a la mente y me hiciera obstinado, por mengua de mi comprensión, o difícil, por aumento de mis debilidades corporales; pero Tú respondes por mí, Señor mío y Dios mío." ¡Que confianza, que descanso en el Señor, que ánimo para los que vamos detrás y muy pronto llegaremos, si Dios no nos lleva antes, a esos temidos momentos! El gran predicador Charles Spurgeon escribía a raíz de este salmo: "La vejez nos quita la hermosura personal y nos deja sin fuerzas para el servicio activo, pero esto no disminuye nuestro amor y el favor de Dios."

Moisés, en el Salmo 90, hace esta reflexión sobre la vejez: "¡Setenta son los años que se nos conceden! Algunos incluso llegan a ochenta. Pero hasta los mejores años se llenan de dolor y de problemas; pronto desaparecen y volamos." (Salmo 90:10). Como decía alguien, la expresión "volamos" sugiere más una liberación que una derrota. Esto es lo que veo en mis mayores: molestia, trabajos... se llega a una edad en la que la vida es cansancio y molestia. Como dice el escritor de Eclesiastés: "Han llegado los días malos, no tengo placer en ellos." Un día el anciano cae dormido para despertar en la región de la perenne juventud. Aunque Moisés tenía ciento veinte años cuando murió, no se habían apagado sus ojos, ni había perdido su vigor.

La Biblia nos recuerda constantemente que la vida es breve. Hace unos días he visto a una anciana que tiene 100 años y me quedé impresionado de su vitalidad pero ella no podría resistir fácilmente si no tuviese el cuidado de las personas que tiene a su alrededor. Pero aún cien años, que a nosotros nos parecen una barbaridad, son pocos a la velocidad que pasa la vida: "Señor, recuérdame lo breve que será mi tiempo sobre la tierra. Recuérdame que mis días están contados, ¡y cuan fugaz es mi vida! La vida que me has dado no es más larga que el ancho de mi mano. Toda mi vida es apenas un instante para ti; cuando mucho, cada uno de nosotros es apenas un suspiro." (Salmo 39:4-5). Termino con las palabras de Charles Spurgeon sobre estos versos: "El Salmista quiere saber más de la brevedad de su vida... Dios es el mejor maestro de la filosofía divina que mira hacia un fin esperado. Los que ven la muerte a través del cristal del Señor ven una vista hermosa, que les hace olvidar el mal de la vida al prever el fin de su vida."

jueves, 29 de octubre de 2020

Lo verdaderamente importante

Hace unos días leí esta afirmación: “La riqueza tiene el poder de que estés mucho más ocupado con
aquello que es menos importante”. Y automáticamente pensé lo que creo pensamos todos los que no somos ricos: “Si fuese rico sabría en qué ocuparme”. Porque los que no somos ricos, estamos convencidos que si de repente lo fuésemos, sabríamos como administrar nuestra riqueza sin ningún problema. Luego lo pienso fríamente y me convenzo de que sí, tendría problemas nuevos, me digo en ese convencimiento.

Jesús contó una parábola que hace referencia a eso de “ocuparse en aquello que es menos importante”: “Luego les contó una historia: “Un hombre rico tenía un campo fértil que producía buenas cosechas.  Se dijo a sí mismo: “¿Qué debo hacer? No tengo lugar para almacenar todas mis cosechas”.  Entonces pensó: “Ya sé. Tiraré abajo mis graneros y construiré unos más grandes. Así tendré lugar suficiente para almacenar todo mi trigo y mis otros bienes. Luego me pondré cómodo y me diré a mí mismo: ‘Amigo mío, tienes almacenado para muchos años. ¡Relájate! ¡Come y bebe y diviértete!”.

“Pero Dios le dijo: “¡Necio! Vas a morir esta misma noche. ¿Y quién se quedará con todo aquello por lo que has trabajado?” (Lucas 12:16-21). “Así es, el que almacena riquezas terrenales pero no es rico en su relación con Dios es un necio”. ¿Qué es lo importante? Ser rico delante de Dios. ¿Y lo menos importante? “Acumular riquezas que no podrás mantener” porque no nos las podemos llevar con nosotros como pensaban los egipcios que amontonaban pertenencias en sus tumbas.

A veces conoces a alguien obsesionado con acumular riqueza, aún en su vejez, y no puedes menos que tener lástima de él. Es una obsesión como otra cualquiera, especialmente cuando el objetivo es vivir tranquilamente en el futuro, cuando que no sabemos cuántos años, meses o días nos quedan de vida. Ser conscientes de que nos podemos vivir en cualquier momento es ser realistas.

Hay un proverbio que dice: “Las riquezas no servirán para nada en el día del juicio” (Proverbios 11:4) ¿Por qué? Por que el día del juicio se nos van a hacer algunas preguntas del tipo: “¿Cuánto vale mi vida? ¿Para quién estoy realmente viviendo: para Dios y para mi prójimo o para mí mismo? ¿Cómo estoy contribuyendo?

Si eres rico, es posible que la riqueza no te de pie a pensar en este tipo de preguntas. Si no eres rico, si eres una persona que tiene que hacer números para llegar a final de mes, es posible que tampoco te hayas hecho este tipo de preguntas, pero creo que te aplican igual. Pero vayamos por partes: Dios no está en contra de la riqueza, en ningún momento le he oído decir que sea mala la prosperidad material, de hecho muchos de los personajes del Antiguo Testamento eran ricos (Abraham, Jacob, Lot, Job, etc.). Es más, creo que el deseo de Dios es que seamos prosperados en todo. De hecho siempre vemos su deseo con respecto a Su pueblo de que podría prosperar e irle bien si le obedeciese. Lo que sucede que sabe los peligros que esconde el dios dinero y por eso nos avisa de que tengamos cuidado con perder de vista la realidad: “Sin embargo, ¡ese es el momento cuando debes tener mucho cuidado! En tu abundancia, ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios al desobedecer los mandatos, las ordenanzas y los decretos que te entrego hoy. Pues cuando te sientas satisfecho y hayas prosperado y edificado casas hermosas donde vivir, cuando haya aumentado mucho el número de tus rebaños y tu ganado, y se haya multiplicado tu plata y tu oro junto con todo lo demás, ¡ten mucho cuidado! No te vuelvas orgulloso en esos días y entonces te olvides del Señor tu Dios, quien te rescató de la esclavitud en la tierra de Egipto. No olvides que él te guio por el inmenso y terrible desierto, que estaba lleno de escorpiones y serpientes venenosas, y que era tan árido y caliente. ¡Él te dio agua de la roca! En el desierto, te alimentó con maná, un alimento desconocido para tus antepasados. Lo hizo para humillarte y para ponerte a prueba por tu propio bien. Todo esto lo hizo para que nunca se te ocurriera pensar: “He conseguido toda esta riqueza con mis propias fuerzas y energías” (Deuteronomio 8:11-17). Y nos aconseja que lo “verdaderamente importante” es la prosperidad del alma porque es fácil, como decía antes, caer en la trampa de la obsesión por trabajar excesivamente para conseguir más y más y olvidarnos de Dios y de su provisión y misericordia, porque al fin de todo es Él quien nos da todo lo que tenemos, a pesar de que haya muchos que lleguen a estar convencidos de que son ellos mismos por su esfuerzo. Mira lo que le dice el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo: “Pero los que viven con la ambición de hacerse ricos caen en tentación y quedan atrapados por muchos deseos necios y dañinos que los hunden en la ruina y la destrucción. Pues el amor al dinero es la raíz de toda clase de mal; y algunas personas, en su intenso deseo por el dinero, se han desviado de la fe verdadera y se han causado muchas heridas dolorosas.” (1 Timoteo 6:9-10). Uno de los males más grandes que estamos ‘viviendo’ en estos tiempos es la obsesión por conseguir dinero sin esfuerzo, véase loterías, todo tipo de sorteos y lo que es peor últimamente: los juegos de apuestas que se convierten en una adicción y que llevan a la ruina y a la desesperación a los que se enredan en ellos. “¡Tengan cuidado con toda clase de avaricia! La vida no se mide por cuánto tienen” (Lucas 12:15). La avaricia y la ambición meten a las personas en un círculo viciosos que podría ser algo así: “He ganado más dinero, así que puedo gastar más. Al estar gastando más, tengo que mantener aquello en lo que he invertido, adaptarme a la sociedad en la que ahora me desenvuelvo, así que tengo que ganar más dinero”. En lugar de haber conseguido libertad y tiempo, te encuentras atado y cargado con un montón de nuevos problemas cuando que la perspectiva era de felicidad, acomodo y falta de preocupaciones. Parece que es al revés.

Quiera Dios que no queramos ser lo suficientemente necios como para caer en esa trampa y que nuestro objetivo sea hacernos ricos delante de Dios, que nuestra meta sea parecernos cada día un poco más a Jesús, quien “Aunque era rico, por amor a ustedes se hizo pobre para que mediante su pobreza pudiera hacerlos ricos.” (2 Corintios 8:9): Hacernos ricos espiritualmente para con Dios que, a la postre, es lo verdaderamente importante.

viernes, 4 de mayo de 2018

Esperemos

Serenidad, paz, ideal para esperar algo grandioso
Hace unos días, leyendo este antiguo dicho: “Dios tiene su hora y su demora”, me vinieron a la mente algunos de los textos que más me gustan y que, al mismo tiempo, más me impresionan por lo que revelan de la soberanía y la sabiduría de Dios. Por ejemplo el Salmo 37:7: “Quédate quieto en la presencia del Señor, y espera con paciencia a que Él actúe”. ¡Con lo que a mí me cuesta esperar! Como ya he comentado en más ocasiones, mi lucha personal (una de ellas), es contra la ansiedad y el consejo que me viene del Altísimo es… ¡que espere! El Salmo 46:10 sigue en la misma línea: “¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios!”. El gran evangelista Charles Spurgeon comentaba algunas cosas a propósito de estas palabras: “¡Sentaos y esperad con paciencia, creyentes!... Como nadie puede proclamar dignamente su naturaleza, que “el silencio exprese su alabanza”.
El pastor Joseph Caryl comentó a propósito de ese versículo: “Como si el Señor hubiera dicho: “Ni una palabra, no intentéis replicar; veáis lo que veáis, quedaos quietos, callad; sabed que yo soy Dios y no doy cuenta de ninguno de mis actos.” Cuando llegamos a la presencia de Dios, todas nuestras energías, nuestros impulsos, nuestra iniciativa, se queda como congelada ante Su magnificencia y se requiere una actitud de calma, quietud y espera… Desde las primera palabras de la Biblia, se nos indica, se nos pide que midamos nuestros movimientos y bajemos el tono de nuestra voz: “Oh naciones del mundo, reconozcan al Señor; reconozcan que el Señor es fuerte y glorioso. ¡Denle al Señor la gloria que merece! Lleven ofrendas y entren en su presencia. Adoren al Señor en todo su santo esplendor; que toda la tierra tiemble delante de Él. El mundo permanece firme y no puede ser sacudido” (1 Crónicas 16:28-30).
Solo atisbamos un poco de Su majestad, de Su grandeza… pero lo poco que se nos revela es suficiente para que reconozcamos que si nuestra vida está en Sus manos, gran parte de esa vida nos toca esperar… porque Dios nunca está apurado. Y es en esos momentos, en esos tiempos de oración cuando creemos que podemos apurar un poco las circunstancias y nos ponemos ansiosos porque la respuesta no llega en nuestro tiempo y, cuando nos llega, oímos: “Espera un poco, y verás lo que hago”. ¡Es maravilloso! Pero hay que saber oír esa voz, en toda su potencia, en toda su calma, en toda su portentosa realidad soberana… “sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” (Santiago 1:3-4). Saber esperar es un arte y, además, ejercita la paciencia. Además esperar que Dios obre es una bendita espera porque Él va a obrar en nosotros y a nuestro favor. La versión popular traduce así estos textos de Santiago: “Porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. Así que dejen que crezca, pero una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada”. El hermano David H. Roper escribe a propósito de esto: “Desarrollamos constancia: la habilidad de confiar en el amor y la bondad del Señor, aunque las cosas no salgan como nosotros queremos”. Salmo 70:5.- “En cuanto a mi, pobre y necesitado, por favor, Dios, ven pronto a socorrerme. Tú eres mi ayudador y mi salvador; oh Señor, no te demores.” Es grande saber que Dios nos acompaña mientras esperamos. Esperar, paciencia, perseverancia. Y el que persevera hasta el fin recibirá la corona de la vida. “Corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Esto lo hacemos al fijar la mirada en Jesús, el campeón que inicia y perfecciona nuestra fe” (Hebreos 12:2). “Con paciencia esperé que el Señor me ayudara, y Él se fijó en mí y oyó mi clamor” (Salmo 40:1).
La perseverancia permite ver el fin del propósito divino. En esa perseverancia paciente, Dios va madurando nuestra vida y nuestra experiencia espiritual (“…para que seáis perfectos y cabales”). No que lleguemos a una perfección absoluta, algo imposible en esta vida, pero sí se nos va dotando de lo necesario para caminar hacia esa perfección.
La paciencia es un fruto del Espíritu: “La clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio” (Gálatas 5:22). El pastor y conferenciante D. Samuel Pérez Millos escribe sobre esto: “Las manifestaciones del fruto del Espíritu son cualidades sobrehumanas del carácter. Ninguna de ellas puede producirse por habilidad o recursos del hombre natural… La paciencia solo es posible para quien anda en el Espíritu”.
Esperemos. El hecho de que tengamos que esperar pacientemente no significa que tengamos que resignarnos. Podemos esperar en actitud gozosa en el Señor tal y como sugiere el versículo 4 del Salmo 70: “Pero que todos aquellos que te buscan estén llenos de alegría y de felicidad en ti. Que los que aman tu salvación griten una y otra vez: “¡Grande es Dios!””. 
Amén. ¡Que así sea!

martes, 18 de julio de 2017

¿Existe Dios?

evidencias de la existencia de Dios
– “¿Existe Dios?”
– “Sí”.
– “¿Por qué estás tan seguro?”
– “Por las evidencias”.
– “¿Qué evidencias?”
– “Las evidencias que prueban su existencia. Es verdad que nadie ha visto a Dios (excepto Su Hijo), pero, utilizando el ejemplo más popular, cuando yo compro un reloj, aunque no haya visto al relojero que lo montó, la perfección de sus engranajes, su exactitud, su orden, su precisión, etc., son evidencias que me hablan de que hay alguien detrás que ha logrado eso que estoy viendo: el reloj, aunque yo nunca vea a su creador, veo, por las evidencias, la realidad de su existencia. François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, escritor, historiador, filósofo y abogado francés, famoso por su irreligiosidad, dijo: “Si un reloj prueba la existencia de un relojero, pero el universo no prueba la existencia de un gran arquitecto, entonces consiento en ser llamado loco”. 
A este argumento se le llama “argumento teleológico”: todo cuanto nos rodea y nuestro propio ser revelan orden y finalidad. Lo que vamos conociendo del universo, de la vida, de lo que se ve y de lo que no se ve, no demuestra ser fruto del azar como se nos quiere hacer creer. Otro ejemplo popular es el del cuadro: Ninguna obra de arte puede ser concebida sin un artista detrás de ella. Cuando tienes la oportunidad de estar en un lugar sin contaminación lumínica y puedes contemplar el cielo estrellado en toda su belleza, si no crees, sientes como muchos han sentido que “tiene que haber algo”.
Hay otros argumentos famosos como el cosmológico, el ontológico y el moral. El cosmológico se basa en el hecho de que todo cuanto se mueve ha de ser movido por la fuerza de otro ser diferente. Todo lo que existe y todo cuanto sucede se debe a una sucesión de movimientos o cambios; pero esa sucesión, considerada regresivamente, no puede ser infinita, ha de haber una primera causa no causada. Esa causa es Dios.
El argumento ontológico fue sugerido por Agustín de Hipona, doctor de la Iglesia Católica, y desarrollado por Anselmo de Canterbury, teólogo, filósofo y también doctor de la Iglesia, quien concibió a Dios como un Ser incomparable: “Nada puede concebirse mayor que Él”. La idea está basada en una realidad porque si el Ser perfectísimo solo existiese en el pensamiento y no en la realidad, ya no sería el Ser perfecto porque sería absurdo decir: “puedo pensar en un ser perfecto que no existe”.

lunes, 3 de julio de 2017

Distancias generacionales

“Oíd hijos, la enseñanza de un padre; estad atentos para adquirir entendimiento” (Proverbios 4:1)
El escritor de Proverbios entendía que el atender el consejo de un padre era un buen método para adquirir entendimiento, de hecho según aclara Malbim, la expresión de “un padre”, en contraste con 1:8 (“tu padre”), “insinúa que está impartiéndoles una instrucción paternal que él mismo había recibido de su padre”, lo que le da más fuerza a la idea pero, ¡qué poco valor se le da, en general, hoy en día a lo que un padre nos pueda aconsejar! Normalmente nos damos cuenta de lo que vale esta sentencia cuando ya tenemos la edad que nuestro padre tenía cuando nos quería aconsejar y de ahí que el escritor recuerde que “también fui hijo de mi padre” y “él me enseñaba y me decía: “Retenga tu corazón mis palabras; guarda mis mandamientos y vivirás.” (Pr.4:3-4).
Distancia generacional; nuestra vida es muy corta pero cuando queremos marcar distancias generacionales, parece que vivamos una eternidad, que los padres se han quedado a años luz de sus hijos, que ya no entienden nada, que están obsoletos, pasados, anticuados…
Es verdad que los avances tecnológicos van tan rápido que a determinada edad ya no asimilamos todo lo que llega, una porque no todo nos interesa y menos nos absorbe como lo hace con las nuevas generaciones, y otra porque nos faltan reflejos para captar tanto avance, pero la vida lleva una línea “clásica” en la que los valores, las verdades y las realidades son siempre parecidas, sino igual, a lo que hemos vivido los más mayores y los padres de ellos igualmente. Como dice el Predicador del Eclesiastés “Nada hay nuevo debajo del sol.” Y los consejos de un padre van por esa senda en donde abunda la sabiduría, el entendimiento, los dichos sabios de los antiguos, la disciplina, la rectitud…
“¡Adquiere sabiduría! ¡Adquiere entendimiento!... No la abandones y ella te guardará” (Pr.4:5) La sabiduría de la que se habla aquí es la sabiduría verdadera, la que nos recomienda a Dios, la que obra de manera tal que nos capacita para vivir una vida de acuerdo con las instrucciones del sabio Dios, da un sentido único a nuestra vida y nos embellece el alma de forma que nuestro rostro refleja esa belleza… Salomón sabe por su experiencia que todas las demás cosas del mundo son secundarias, apenas valen nada comparadas con la sabiduría que Dios nos puede regalar, porque Dios la da a quienes se la piden: “Y si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos con liberalidad y sin reprochar; y le será dada” (Santiago 1:5).
“No entres en el sendero de los impíos, ni pongas tu pie en el camino de los malos.” (Pr.4:14). Dos caminos: el de los justos y el de los impíos. ¿Qué extraño suena esto hoy, verdad? Salomón usa esta alegoría de los dos caminos en más ocasiones. En este capítulo 4 de Proverbios sobre el que estoy escribiendo, ya lo inicia en el verso 11 donde menciona el camino de la sabiduría, camino en el que el padre ha instruido a su hijo, camino que desea que no abandone; ese sería el de los justos. El de los impíos se asocia a la oscuridad y por tanto es un camino en el que se tropieza, porque no se ve en él; evidentemente, para un padre, es poco recomendable para su hijo. “Pero la senda de los justos es como la luz de la aurora que va en aumento hasta que es pleno día.” “Sobre tus caminos resplandecerá la luz”, se lee en Job. La luz se asocia con Dios, las tinieblas con el mal y sus secuaces. El padre amoroso anhela que sus hijos anden en luz, la luz que resplandece desde las Escrituras, la luz que también es Cristo nuestro Señor: “Jesús les habló otra vez: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue nunca andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Juan 8:12): ¡Que palabras más sublimes! ¡Qué hombre podía aseverar esto sino el Hijo del Hombre como le gustaba llamarse a sí mismo a Jesús! El Hijo de Dios, que provenía de Dios, quien a su vez afirma ser luz (1 Juan 1:5): “Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas.” El buen padre aconseja a su hijo el camino de los justos, el camino de la luz; ellos caminan guiados por la Palabra de Dios, la cual es luz para el camino, guía para saber dónde poner los pies: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sl.119:105).
“Hijo mío, pon atención a mis palabras; inclina tu oído a mis dichos” (Pr.4:20). Consejos, luz, justos, guiados por la Palabra… No deja de ser un contraste con lo que cualquier joven esté pensando hoy en día, guiado por lo que se ve en el cine, los video juegos, las modas, el avance de lo prohibido, la necesidad de vivir la rebeldía de la edad, los desafíos de los compañeros, ¿dónde cabe ahí la exhortación que puede sacarse de una Biblia? Solamente en un corazón cambiado por Cristo entran las palabras divinas como bálsamo, fuerza, guía, empuje. Conozco jóvenes criados en familias cristianas que conocen perfectamente la guía de la Palabra de Dios, como también he conocido jóvenes criados en ese tipo de familias que han decidido pasarse “al lado oscuro” por experimentar lo vetado, lo desconocido, el riesgo… Hay jóvenes que se encuentran con Jesús sin saber nada de Él anteriormente; los hay que ya lo conocían y prefieren dejarlo a un lado para vivir y saborear un poco “la oscuridad”.
La Biblia contiene la Palabra de Dios que es eterna: siempre ha sido, es y será. Y Ella envía el mensaje: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra… En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti” (Sl.119:9 y 11). Los consejos de un padre cristiano van en esa línea; por eso tiembla ante la otra perspectiva y se ve obligado a decírselo a su hijo: “Aparta tu pie del mal.” Los consejos están dichos. Ahora se trata del juicio del chico para que escoja los deseados.

lunes, 9 de noviembre de 2015

El carácter de Cristo

Colaboración de Manuel José Díaz Vázquez

“En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra,
Busquemos con todo nuestro ser la comunión íntima con nuestro Divino Salvador
porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. (Mateo 11:25-30)
Con unas palabras llenas de reverencia y reconocimiento, que es lo que envuelve la alabanza, señala el Hijo la total autoridad del Padre, quien reina sobre todas las cosas. Su poder es algo maravilloso e inefable: es el Creador, hace milagros, juzga con total justicia, para Él no hay nada imposible, todo está bajo su control…, y oculta con celo la verdadera sabiduría de aquellos que quieren apropiársela por caminos no dispuestos por Él (el único camino es Cristo) y se extravían. Porque es Dios mismo quien establece las normas para adquirirla. Él y solamente Él, estipula las reglas que rigen todo lo concerniente al verdadero conocimiento. Fijémonos en el contraste: “porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos…”. La palabra “esconder” conlleva un ocultamiento, un cubrimiento con defensa activa. Podemos hacernos una idea si pensamos en la espada encendida dispuesta para guardar el camino del árbol de la vida que se nos narra en el Génesis. El verdadero conocimiento está protegido, oculto, inaccesible, y es revelado solamente a aquellos que tienen una actitud adecuada para con Dios, en contraposición con los sabios y los entendidos, que representan, en líneas generales, a las personas soberbias y arrogantes en su propia opinión y que no tienen en cuenta a su Creador, que viven de espaldas a Él, y se creen sabios y entendidos en sí mismos.
Frente al Evangelio, todo hombre y mujer se encuentra en igualdad de condiciones, sea cual sea su grado de inteligencia, su nivel de estudios, su posición social, la educación recibida, el tiempo en el que ha vivido…, lo que determina si adquieren o no la verdadera sabiduría es la sencillez de corazón para aceptar de buen grado lo que Él tiene a bien decirles por medio de Su Palabra encarnada en Su bendito Hijo Jesucristo. 
Con el término “niños”, se  hace referencia a este grupo de personas, las sencillas de corazón, que creen en Él. Cristo representa el punto álgido, insuperable, de sencillez y nobleza de corazón, de madurez espiritual, que no está reñida con las otras características, porque la madurez se adquiere, aunque parezca una contradicción, de esta manera, porque son los “niños” (y no se refiere a los infantes), es decir, los sencillos de corazón, los pobres en espíritu, los que reconocen su necesidad delante de Dios, y son los que, (¡bendito sea el Señor!), alcanzan la verdadera madurez, dicho de otra manera, los que tienen conocimiento y discernimiento de estas cosas, porque les son reveladas. Padre e Hijo componen una unidad de amor y conocimiento, unidad a la cual se nos invita a unirnos…
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Este llamamiento, esta invitación (algún comentarista dice que es general, a todos los hombres, y pudiera ser, aunque por el contexto se vislumbra otra cosa), da la impresión de que es a los “niños”, aquellos que están dispuestos a aprender porque saben o intuyen de sus carencias, son los que quieren ser enseñados y están dispuestos a oír la enseñanza, por eso el Señor dice después: aprended de mí, a diferencia de los sabios y entendidos que confían en sí mismos y en su propio criterio. Evidentemente como se dice en Juan 6:37, “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera”, cualquiera, en un determinado momento, puede ser susceptible de aceptar esta invitación, y pertenecerá al grupo de “niños”, o las personas que son dadas de antemano por el Padre al Hijo, las que sola y exclusivamente tienen el privilegio de conocer estas cosas. El Padre ya las conoce y se las da al Hijo. (Léase Juan 17).
Los sencillos de corazón sufren ante las vicisitudes de la vida, porque son conscientes de su naturaleza que tiende al pecado, porque se llenan de dudas, perplejidades y temores, porque se agitan por las circunstancias tan cambiantes, porque se turban ante la presión legalista de la religión oficial, porque ven que la hipocresía, la mentira, la impiedad…, campan a sus anchas. “En el mundo tendréis aflicción…”, dice el Salvador, pero no estáis solos, es un compromiso personal mío el haceros descansar “yo os haré…” y os digo cómo, hacedme caso, sed como yo. Jesucristo es la persona más cercana al creyente, la más asequible… El alma se turba, los afanes de esta vida os acongojan, pero podéis descansar, haced lo que yo os digo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Es en la comunión con Él como se aprende, y como se adquiere su carácter, recordemos ese dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres”; el yugo es el símbolo de esa comunión. Es el maestro y tenemos que tener claro que la relación con Él es lo más importante de nuestra vida. La verdad nos libera, y nos indica la clave: la mansedumbre y la humildad, el tener claro que somos hechura de Dios, que dependemos absolutamente de Él; el tener una opinión cabal de nosotros mismos, ya que la mansedumbre y la humildad expresan una concepción de Dios y una concepción de uno mismo, de poner a cada quien en su lugar. Entramos en esa relación, en una disciplina amorosa, literalmente, se puede decir, que Él quiere domarnos, que nos refrena, que nos enseña a entrar y a vivir de una manera completamente diferente, elevada, en una nueva esfera que deja atrás todo lo anterior, conforme al ejemplo de Su Hijo. 
Estas cosas están escondidas, pero si miramos a Jesucristo y aprendemos de Él, hallaremos, encontraremos estas cosas que son especial tesoro. Algo esencial en la vida humana es el descanso del alma. La vida la agita continuamente, los afanes y las ansiedades la perturban… Y la receta es la humildad y la mansedumbre que llevan a confiar en Dios y en Su Hijo para encontrar la verdadera y genuina paz… Los padres enseñan a sus hijos a hacer muchas cosas en la vida. El Señor nos enseña las más importantes, las esenciales. Él es el creador de la vida y nos enseña a vivir, a vivir la vida eterna, que es el conocimiento de Dios. 
No se puede ser cristiano y no ser humilde. Porque la mansedumbre es una de las características del carácter cristiano. Un cristiano arrogante es una contradicción. Todos, no cabe duda, podemos tener malos momentos, pero la estela que debemos dejar, si nos decimos cristianos, es la de la humildad y la mansedumbre a imagen de Aquel que nos está enseñando a vivir la nueva vida. Si nos decimos cristianos, y no somos humildes, lo dejamos a Él en mal lugar. Al contrario, si somos como Él, demostramos quienes somos, teniendo Su propio carácter, estando en comunión con Él y damos, así, verdadero testimonio del Evangelio, y no olvidemos que la verdadera mansedumbre es fruto del Espíritu Santo, no un don natural…
Busquemos con todo nuestro ser la comunión íntima con nuestro Divino Salvador para mostrar al mundo la realidad de esta experiencia. Que Él nos ayude a ser sencillos, humildes y mansos de corazón a imagen de Su carácter, porque solamente los que son como Él, heredarán la tierra. 
Manuel José Díaz Vázquez

** Manuel es autor de las novelas "Queso fresco con membrillo", "A las vacas de la señora Elena no les gusta el pimiento picante" y "La calavera de Yorick" (Ediciones Atlantis).

lunes, 19 de mayo de 2014

Aceptando la sabiduría


La sabiduría divina no aplasta al espíritu humano, más bien participa en un desarrollo superior
He abierto el libro de Proverbios por el capítulo 2 y me he quedado ligeramente sobrecogido al oír ese “Hijo mío, si aceptas mis palabras…”, casi como implorando, rogando, urgiendo a la necesidad de que ese hijo escuche y absorba el consejo.
Si porque el párrafo anterior informa de los resultados de rechazar la sabiduría y en éste, en contraste, como hace muchas veces Proverbios, nos dice los resultados de aceptar la sabiduría.
Por eso el Padre anhela que su hijo escuche, asimile, acepte, atesore en su corazón y en su mente porque desea lo mejor para su hijo. Es un buen Padre y en su forma de hablar se nota el amor que tiene por su hijo.

Hijo mío, si aceptas mis palabras y atesoras mis mandamientos dentro de ti, si prestas oído a la sabiduría e inclinas tu corazón al entendimiento, si invocas a la inteligencia y al entendimiento llamas a gritos, si como a la plata la buscas y la rebuscas como a tesoros escondidos, entonces entenderás el temor de Jehová y hallarás el conocimiento de Dios.
¿Qué sabiduría no tendrá ese Padre para que considere Sus mandamientos como un tesoro? Mandamientos que esconden entendimiento, inteligencia… aglutinando esos conocimientos se llega, según este Padre, a un conocimiento mayor: El temor de Jehová, que en el capítulo uno se reconoce como el principio del conocimiento, la línea de partida, la base sobre la que construir.
¿Quién busca un propósito en la vida? Aquí lo ha hallado. “El temor de Jehovah es el camino que nos lleva a la felicidad, porque nos da la serenidad para vivir con propósito” leo en un comentario. ¿Qué padre no desea la felicidad para su hijo? Por eso el esfuerzo, por eso el consejo para tomar ese camino que está basado en el eterno conocimiento divino, no en el limitado conocimiento humano. Jehová da la sabiduría, y de su boca proviene el conocimiento y el entendimiento. Pablo escribe más adelante: “en Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Colosenses 2:3). Podemos quedarnos expectantes, temblorosos ante esta puerta al conocimiento y la sabiduría… ¿Te atreverás a entrar? No es necesario el atrevimiento porque acabamos de leer que Jehová da la sabiduría, y, si todavía tenemos dudas de que esto puede no ser interpretado así, Santiago nos anima: “Si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios… pero pida con fe, no dudando nada” (Stg. 1:5, 6).

Veo en Dios a mi Padre hablándome de esa manera tan cariñosa, tiernamente, preocupado por mí y por mis influencias: “¿De qué te estás llenando hijo mío? ¿De la televisión, del mundo, del pequeño conocimiento del hombre que a él le parece tan grande? Quiero que recuerdes esto: Jehová da la sabiduría. Ten cuidado con los cantos de sirena que escuches. Te asegurarán que ésa no es la sabiduría. Desearán que sigas la corriente de la mayoría y, observa, ¿a dónde conduce esa corriente? Porque Yo voy a insistir para que te salgas de esa corriente y busques el camino de la integridad, la senda del juicio, el camino de los piadosos.”
Entonces entenderás la justicia, el derecho y la equidad: todo buen camino.
Es demasiado bueno porque… es cierto. La cercanía con el Creador, el conocimiento de Él, sus palabras, sus promesas, todo lo que encuentro en Su Palabra, no sólo me llena de conocimiento de Él y me permite una relación sublime, sino que, además, me hace vivir en el perfecto equilibrio: el tan denostado buen camino. ¿Por qué denostado? Bueno, forma parte de nuestra naturaleza contaminada el desear ser buenos y el desear ser malos también ¡sino no tiene gracia! ¿Solamente piadosos? ¡Vaya aburrimiento! Ese es el comentario alentado por el Príncipe de este mundo y que nos predispone a sonreír un poco, así como maliciosamente, como demostrando que estamos “en la onda”, que sabemos también poner ese puntito de malicia para que el resultado sea picante y sabroso…
¡Cuánto se aparta esto de Dios y que fácilmente caemos en la trampa del mundo! El escritor de proverbios se da cuenta de nuestras dudas y le da otra vuelta a la tuerca para ver si entramos en razón: Cuando la sabiduría entre en tu corazón y el conocimiento sea agradable a tu alma, te guardará la sana iniciativa, y te preservará el entendimiento. ¡Resultados de aceptar la sabiduría! Esa sabiduría que proviene del Padre, que emana de Sus mandamientos, que nos dá Él desde Su infinita capacidad de discernir, de conocer, de prever…, esa sabiduría tiene que entrar en el corazón y en el alma, tiene que ser aceptada con el reconocimiento de la fe y la certeza de que todo lo que proviene de Él es bueno, está adobado con todo el amor y no puede fallar porque es de Dios, infinito, eterno, Creador, sabio, omnipotente. ¡Es para quedarse anonadado! Es Él el que nos ofrece llegar a esas cumbres, a ese ideal, a ese camino perfecto y… lo rechazamos con burla, con desprecio… ¡Ay hijo mío, si aceptas mis palabras…!
Si aceptas mis palabras entenderás al salmista cuando lleno de ese conocimiento que le estaba inspirando y guiando escribía: ¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra… ¡Cuánto amo tu ley!… Lámpara a mis pies es tu palabra y lumbrera a mi camino… Yo me gozo en tu palabra… ¡Lo estaba experimentando! ¡Algo real no efímero! ¿Cómo podré hacerte ver, hijo mío?
Me quedo con esta expresión del comentarista: “La sabiduría divina no aplasta al espíritu humano, más bien participa en un desarrollo superior.”

domingo, 13 de abril de 2014

Al borde del precipicio

La sabiduría llama en las calles; da su voz en las plazas.
La sabiduría de Dios nos advierte del peligro que corremos caminando hacia el precipicio eterno si no le permitimos que nos eche una mano.

Hace unos meses escribí sobre Proverbios 1:7 “El temor de Jehová es el principio del conocimiento; los insensatos desprecian la sabiduría y la disciplina.” Y en este mismo capítulo 1 de Proverbios, el escritor ‘inspirado’ personifica a la sabiduría llamando a la gente a que se despierte, a que salga de su letargo, a que mire en derredor suyo y adivine la cercanía del precipicio. ¿Quién está llamando?  ¿la sabiduría o Dios? ¿Dios es la sabiduría infinita? Tal vez la sabiduría nos está advirtiendo de lo peligroso que es no escuchar los avisos del Creador.

¿Hasta cuándo, oh ingenuos, amaréis la ingenuidad? ¿Hasta cuándo los burladores desearán el burlarse, y los necios aborrecerán el conocimiento?
Tres clases de personas amonestadas: ingenuos, burladores y necios. Los ingenuos amando la ingenuidad. Voy a mirar en el diccionario a ver que nos cuenta: ingenuidad
1   Falta de malicia, astucia o doblez al actuar: los timadores suelen aprovecharse de la ingenuidad de las personas. Candidez, candor, inocencia.
2   Acción o dicho que demuestra falta de malicia o de experiencia.
Ingenuo. Se aplica a la persona que es simple, fácil de engañar y está falta de malicia, astucia o doblez al obrar. Cándido, incauto, inocente.
Persona simple, fácil de engañar… Tengo que ver que palabra utiliza aquí la Reina Valera de 1909: “¿Hasta cuándo, oh simples, amaréis la simpleza?” Veis, esta es una de las razones por las que hay que mirar diferentes traducciones de la Biblia para enriquecer su significado y entenderla mejor. Siempre encuentro más acertadas las traducciones más antiguas, pero es sabio enriquecerse con todas las buenas traducciones. Porque hacia los simples y la simpleza va el enfoque de la llamada de la sabiduría.
Simpleza.
1   Falta de inteligencia y rapidez en una persona cuando razona.
2   Acto o dicho poco inteligente.
Esta es la clase de personas a las que la sabiduría reprocha en primer lugar, personas que prefieren no pensar demasiado en lo que la evidencia de lo que les rodea les está diciendo a gritos: ¡Un día emite sabiduría a otro día! ¡La creación habla de la existencia de Dios! Las consecuencias de la continua degradación del mundo ¿a dónde nos conducen? NO, no quieren usar la inteligencia que el Creador ha puesto en ellos, es mejor no usarla, es mejor dejarse llevar por la corriente de la mayoría, es más cómodo, y más fácil, no compromete, simplemente hacer las cosas lo mejor posible y ya está… ¿Qué hay un Dios? ¡A quién le importa! Vivamos la vida día a día lo mejor posible antes de que nos alcance la muerte. ¡Y no razonemos más ni veamos las evidencias! ¡Fuera problemas! Ya la vida nos trae suficientes problemas para que, aún encima, nos busquemos nosotros más… ¿Hasta cuándo amareis la simpleza?
Luego están los burladores. Los que se burlan tienen un punto de orgullo, del amor al yo, del amor a la capacidad del hombre, de su ciencia pero, en lo que respecta a Dios, religión, fe…, pueden hacer chistes de todo porque no encuentran motivo de respeto por lo religioso. Ellos se encuentran por encima y rebajan a todo lo que tenga que ver con la fe, la gracia, el plan de Dios. Y es preocupante, para un creyente, imaginarse su futuro y su encuentro cara a cara con Dios. ¿Dónde estarán entonces sus mentes, sus pensamientos, sus bases? “Bienaventurado  el hombre que  no anda según el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los burladores." (Salmo 1:1)

Y luego están los necios, los que practican y viven en la necedad odiando el conocimiento, odiando a los que enseñan y cerrando ojos y oídos a la verdad, a la sabiduría. En las versiones más antiguas les llama “insensatos” y creo que poca explicación precisa pero, ¿Cuánta gente lo hace? Gente que incluso tiene buenos estudios y son expertos o profesionales en su conocimiento. Pero… les hablas de Dios y parece que cae un velo delante de ellos.

La Palabra de Dios es clara y rotunda para decir a continuación las consecuencias de rechazar la sabiduría manteniendo estas actitudes: “Pero, por cuanto llamé, y os resististeis; extendí mis manos, y no hubo quien escuchara (más bien, desechasteis todo consejo mío y no quisisteis mi reprensión), yo también me reiré en vuestra calamidad. Me burlaré cuando os llegue lo que teméis, cuando llegue como destrucción lo que teméis, cuando vuestra calamidad llegue como un torbellino y vengan sobre vosotros tribulación y angustia.”
Parecería que después del aviso del mismo Dios serían muchos lo que se volviesen de su manera insensata de vivir ¿verdad? Sin embargo, solo le hacen caso unos pocos. Y los demás, la gran mayoría de los que no están haciendo caso de los avisos, se giran, miran a esos pocos que han creído a la Palabra de Dios y, a su vez, llaman insensatos e ingenuos a los que han hecho caso de la amonestación. ¿Qué hace la sabiduría al llegar a este punto? Avisa. ¡Atente a las consecuencias! ¿Cuándo os llamé os resististeis? ¿Extendí mis manos y no hubo quien escuchara? Bien, habéis llegado al precipicio… ¿lo veis?
El amor de Dios no puede soportar esta visión, pero Dios es Justo y no va a pasar por alto ninguna transgresión. No va a abrazar a ningún pecador que no haya reconocido delante de Él su pecado y haya decidido agarrar esa mano santa. Por eso no ha dejado de avisar. En ningún momento.
¿Pero qué puedo hacer yo Señor? Estoy ya al borde ¿estoy a tiempo de escuchar el clamor de la sabiduría?
Sí. Por nosotros no podemos hacer nada, pero si clamamos a Él no cierra nunca sus oídos al que se reconoce perdido sin Su ayuda. Dios responde. Él afirma que derramará Su Espíritu sobre ti. En un acto de gracia sublime, Dios derramará esa bendición a aquel que la busque porque se necesita esa gracia para una conversión sincera. Pero tiene que ser hoy, ahora, porque no sabemos de cuánto tiempo más disponemos para resistir al borde del precipicio. Situación peligrosa ¿verdad? Si lo es porque corremos el riesgo de morir sin Cristo. Ahora tenemos relativa tranquilidad, aún no han empezado las primeras gotas del diluvio; ahora estamos cómodos pero, en esa pereza nos advierte de “cuando llegue como destrucción lo que teméis”…"Entonces me llamarán, y no responderé; me buscarán con diligencia y no me hallarán, por cuanto aborrecieron el conocimiento  y no escogieron el temor de Jehovah. No quisieron mi consejo y menospreciaron toda reprensión mía.”
Ahora Dios está dispuesto a oír nuestra llamada pero cuando se cierre la puerta “del arca” entonces clamarán en vano…

¿Despreciamos la sabiduría? Seamos sabios porque si escuchamos la alarma encendida en las alturas podremos ver a dónde se encaminan nuestros pies; obedezcamos al Autor de la sabiduría, al Señor Jesús para disfrutar de la paz de conciencia que Él nos ofrece y de la seguridad y confianza que Su poder y Amor nos da desde hoy para siempre.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Sabiduría

“El temor de Jehová es el principio del conocimiento; los insensatos desprecian la sabiduría y la disciplina.” (Proverbios 1:7)
sabiduría, conocimiento, principios, valores, disciplina
Salomón es uno de los personajes más conocidos de la Biblia: el rey Salomón. Tengo que confesar que soy uno más de los admiradores de uno de sus libros: Eclesiastés, un libro por el que no pasan los años, que trata las experiencias de este rey como hechos de la más pura actualidad, experiencias que pueden ayudarnos a saber actuar sabiamente en el diario vivir.
Siempre me ha llamado la atención ese pasaje de la vida de Salomón en la que se presenta ante Dios, después de haber ofrecido 1000 holocaustos, que se dice pronto, y Dios se le aparece y le dice que le pida lo que quiera. Todos conocemos su respuesta: “Dame sabiduría y conocimiento.” Y Dios se la da porque no había pedido riquezas ni posesiones, llegando a ser tan popular su conocimiento que su fama traspasaba las fronteras y de ahí que ésta llega a los oídos de la reina de Saba, la misteriosa reina, musa inspiradora de muchas leyendas, la cual viajó hasta Jerusalén para averiguar en persona si esta fama estaba basada en algo real. Una vez que lo comprueba, dice: “¡Era verdad lo que había oído en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría! Yo no creía sus palabras hasta que vine, y mis ojos lo han visto. Y he aquí que no se me había contado ni la mitad de la grandeza de tu sabiduría.”
Y para saber actuar sabiamente en el diario vivir también escribió Proverbios. Hay un texto (1 Reyes 4:32) que dice que compuso 3000 proverbios y 1005 poemas (otras traducciones dicen ‘1005 canciones’), aunque conviene recordar que en el libro de proverbios también los encontramos de otros escritores, de los que se menciona a Agur y Lemuel, escritores de los que no se conoce su historia.

sábado, 16 de junio de 2012

TÚ CONOCES

Esta mañana he compartido asombro con el rey David porque me ha tocado leer algunos textos del Salmo 139, un salmo que se detiene a revelarnos algo de la omnipresencia y omnisciencia de Dios, atributos que el mismo escritor inspirado, reconoce no comprender porque exceden con mucho la capacidad de nuestra mente finita, pero que nos muestran cómo es Dios y, especialmente, el conocimiento que Él tiene de cada uno de nosotros.
Esta idea siempre viene a mi mente cuando disfruto con la vista privilegiada desde la ventanilla de un avión en tanto que no ha alcanzado su mayor altura de vuelo y podemos distinguir los pueblos, las ciudades, el conjunto de grupos de casitas que componen la extensión que vemos desde esa altura… y enseguida se me ocurre ¿cómo es posible que Dios nuestro Señor pueda conocer hasta el más mínimo detalle de mi vida cuando que soy menos que una hormiga en medio de la arena de una inmensa playa? Porque eso es lo que nos da a conocer el salmista, que Dios nos conoce al detalle, porque es DIOS. Que desde que nos estábamos formando en el embrión de nuestra madre, se estaba cumpliendo punto por punto lo “planeado” por Dios en “su libro” (v.16) respecto a cada cual, algo que de ninguna manera comprenderán muchos que tratan de razonar porqué Dios ha permitido que nazcan de tal o cual manera o forma, aunque los que creemos en Él, en Su poder, en Su conocimiento, en Su grandeza, tenemos que reconocer que, aunque no lo comprendamos, Dios está tan lejos de nuestro entendimiento, admitimos que Él sabe todo y conoce los porqués. Si nosotros los conociésemos también, estaríamos casi a su altura y seríamos pequeños dioses, pequeños y peligrosos dioses…